Capitulo I La tarde cambio todo
Era una tarde de primavera cuando salí a hacer mi caminata terapéutica, la única forma que tengo de sobrellevar el trauma de haber perdido a mi familia.
Aún recuerdo esa noche.
Habíamos salido a cenar para celebrar el primer cumpleaños de mi sobrino. Se veía adorable. Lo único que quería era estar en los brazos de mi hermana, jugando con su osito de peluche. Todo era perfecto… hasta que dejó de serlo.
Un camión apareció de la nada.
Lo último que recuerdo es el rostro del conductor: un chico joven, de pelo negro, con una cicatriz que le cruzaba la cara desde la frente hasta la comisura de los labios. Tenía la mirada perdida… vacía.
Después, todo se volvió oscuridad.
Cuando desperté en el hospital, recibí la noticia que destruyó mi vida: solo mi sobrino y yo sobrevivimos.
Desde entonces, soy yo quien se encarga de él.
Estudio, trabajo, cuido a un bebé… y apenas tengo tiempo para respirar. Esta caminata es el único momento que tengo para mí.
Y como si no fuera suficiente, el asesino no fue declarado culpable… y estudia en mi escuela.
Mi caminata se interrumpió cuando alguien me jaló del brazo hacia atrás. Estaba tan perdida en mis pensamientos que no vi que estaba a punto de caer en una alcantarilla abierta.
Me giré para agradecerle… pero cuando lo vi, todo dentro de mí se rompió.
—Tú… en serio… ¡SUÉLTAME, MALDITO ASESINO! —grité mientras lo empujaba.
—Feli, por favor, déjame explicarte…
—¡No tengo nada que hablar contigo, asesino de mierda!
—Feli, ¿cuántas veces tengo que decirte que no quería que esto pasara?
—¡No te quiero escuchar! ¡Me quitaste a las personas que más amaba en este mundo! —dije mientras las lágrimas comenzaban a caer.
—De verdad lo siento… y créeme que quiero borrar mi pecado.
—¡DIJE QUE NO TE QUIERO ESCUCHAR!
Comencé a caminar de regreso a casa, pero él me siguió.
—Feli, espera —dijo Jake mientras me agarraba del brazo.
—¡DÉJAME IR! ¡AUXILIO! —grité, intentando soltarme.
—Felicia, escu—
No terminó la frase. Mi mano impactó contra su rostro en una fuerte cachetada. Aproveché para liberarme y corrí desesperada hasta casa.
Cuando llegué, mis manos temblaban tanto que apenas podía abrir la puerta. La llave casi se me cae. Finalmente logré entrar y cerré todo: puertas, ventanas… por si él me había seguido.
Entonces lo escuché.
Tap… tap… tap…
Pasos pequeños, desordenados.
—Eli… eli…
Me giré.
Ahí estaba Eliot, mi sobrinito.
Me agaché y lo tomé en brazos.
—Hola, peque —susurré.
Su carita se iluminó de alegría mientras me sujetaba el rostro con sus pequeñas manos.








