La orden
Lunes. 7:58am.
Castillo Group. Piso 60.
El ascensor olía a café caro y a poder.
Valeria apretó la carpeta contra el pecho. Traje negro, pelo recogido, tacones que no hacían ruido.
Respira. Solo es un trabajo. Solo 3 meses. Solo para pagar la deuda del hospital.
Las puertas se abrieron.
50 empleados. Vidrio. Acero. Y al fondo, el escritorio más grande que había visto.
Y en el corralito al lado: una niña de 1 año.
Rulos negros. Vestido blanco. Chupándose el dedo.
Lucía.
Se le paró el corazón.
Es ella. Es mi hija.
Señorita Méndez?
La secretaria la sacó de su trance.
El señor Castillo la espera. No le gusta esperar.
Valeria caminó. Cada paso pesaba.
Alejandro Castillo no levantó la vista del laptop. Traje negro impecable. Reloj caro. Mandíbula tensa.
27 años. Y todo el peso de una empresa en los hombros.
Valeria: Señor Castillo. Soy Valeria Méndez. Diseño.
Alejandro: Déjalo ahí.
Señaló el escritorio sin mirarla.
Valeria dejó la carpeta.
El silencio solo lo rompía el tuc tuc de Lucía gateando.
Y entonces pasó.
Lucía levantó la cabeza. Vio a Valeria.
Sus ojos se abrieron enormes. Iguales a los de Valeria.
Y gritó con toda su fuerza:
Lucía: ¡MAMÁ!
Se congeló el piso 60.
Los teclados pararon. Las llamadas se callaron.
Alejandro levantó la vista. Lento. Peligroso.
Alejandro: ¿Qué?
Su voz era baja. Pero cortaba.
Valeria sintió que se moría.
Valeria: N-no señor. Debe estar confundida. Los niños a esta edad-
Alejandro se levantó. 1.85m. Se le acercó.
Olía a perfume caro y a café.
Alejandro le tomó la barbilla con dos dedos. No le hizo daño. Pero no la dejó moverse.
Alejandro: Mírame.
Valeria lo miró. Ojos negros. Fríos. Cansados.
Alejandro: ¿La conoces?
Valeria: No señor. Se lo juro.
Alejandro: Mientes muy mal.
Soltó su cara. Caminó hasta Lucía. La cargó.
Lucía en cuanto lo vio a él se puso a llorar. Estiraba los bracitos hacia Valeria.
Lucía: ¡Mamá! ¡Mamá!
Alejandro frunció el ceño. Miró a Valeria. Miró a Lucía.
Alejandro: Lucía no le habla a nadie. Y en un año nunca ha dicho mamá.
Dio un paso hacia Valeria.
Alejandro: ¿Tienes hijos, señorita Méndez?
Valeria: N-no.
Alejandro: ¿Estás segura?
Valeria asintió. La mentira le quemaba la garganta.
Alejandro dejó a Lucía en el corralito. Se giró completo hacia Valeria.
Alejandro: Escúchame bien porque solo lo voy a decir una vez.
Alejandro: Regla número 1. Nadie toca a mi hija sin mi permiso.
Alejandro: Regla número 2. Desde hoy tu puesto cambió. Ya no eres diseñadora.
Valeria: ¿Qué?
Alejandro: Eres la niñera personal de Lucía. 24 horas, 7 días.
Valeria: Pero yo estudié diseño, yo-
Alejandro: ¿Te estoy preguntando?
Silencio.
Alejandro: Regla número 3. Te mudas hoy a mi casa. Para cuidar a Lucía de noche también.
Valeria: Señor, yo tengo mi apartamento-
Alejandro: Lo cancelas. Mi casa, mis reglas. ¿Entendiste?
Valeria tragó saliva.
Valeria: Sí... señor Castillo.
Alejandro: Más fuerte.
Valeria: ¡Sí, señor Castillo!
Alejandro asintió. Satisfecho.
Alejandro: A las 8pm. En mi casa. Si llegas tarde, estás despedida.
Valeria: Sí señor.
Se dio la vuelta y volvió al laptop. Como si nada.
Como si no acabara de cambiarle la vida.
7:50PM - LA MANSIÓN
La mansión era blanca, gigante, fría. Como él.
Portón. Guardias. Jardín que parecía de revista.
Valeria tocó. 8:05pm. 5 minutos tarde.
La puerta se abrió.
Alejandro. Corbata floja. Mangas arremangadas. Ojeras.
Alejandro: Tarde.
Valeria: Perdón, el tráfico en-
Alejandro: No me importan las excusas. Pasa.
La casa por dentro era peor. Minimalista. Sin fotos. Sin color.
Solo un corralito en la sala y juguetes tirados.
Alejandro: Este es tu cuarto.
Abrió una puerta. Cama king, baño, closet.
Alejandro: Al lado del de Lucía. Para que la escuches.
Valeria: Gracias.
Alejandro: No me des las gracias. Trabaja.
Cenaron en silencio. Él en una punta de la mesa de 12 personas. Ella en la otra.
Lucía en su sillita, tirando comida.
Alejandro: ¿Sabes cambiar pañales?
Valeria: Sí.
Alejandro: ¿Sabes hacer leche?
Valeria: Sí.
Alejandro: Bien. Porque si Lucía llora a las 3am, tú te levantas. No yo.
Valeria asintió. El nudo en el estómago no se le quitaba.
2:47AM
Llanto. Desgarrador.
Valeria salió corriendo en pijama.
Lucía tenía fiebre. 38.5. Lloraba y llamaba: papá... mamá...
Valeria la cargó. Le puso compresa fría. Le cantó bajito:
Duérmete mi niña, duérmete ya...
La misma canción que le cantaba cuando nació.
La puerta se abrió.
Alejandro. Solo con pantalón de pijama y una camiseta blanca. Pelo revuelto.
Vio la escena. Valeria meciendo a Lucía. Cantando.
Lucía se fue calmando poco a poco hasta dormirse en el pecho de Valeria.
Alejandro no dijo nada. Se acercó.
Le quitó a Lucía de los brazos con cuidado.
Alejandro bajito: Yo me quedo.
Valeria: Yo puedo-
Alejandro: Dije que yo me quedo.
Se sentó en la mecedora. Lucía en su pecho.
Le pasó la mano por la espalda. Exacto como Valeria lo hacía.
Alejandro sin mirarla: ¿Dónde aprendiste esa canción?
Valeria se heló.
Valeria: En... en internet. Hay muchas de cuna.
Alejandro: Hmm.
Se hizo silencio. Solo el respirar de Lucía.
Alejandro: Si le haces algo... si la lastimas...
Su voz se volvió hielo.
Alejandro: Te juro que te arrepientes de haber nacido, Valeria.
Valeria tembló.
Alejandro: Pero si la cuidas... si la haces reír...
Bajó la voz. Casi un susurro.
Alejandro: Entonces no te dejo ir. Nunca.
Se levantó con Lucía dormida y salió.
Cerró la puerta.
Valeria se quedó sola, con las manos temblando.
Él era dominante. Frío. Peligroso.
Y acababa de amenazarla y prometerle quedarse... en la misma frase.
Y lo peor:
Lucía le había dicho mamá.
Y él lo escuchó.