inserte título que no fue único
El rugido del helicóptero hacía imposible mantener una conversación normal, las luces rojas bañaban el interior mientras los Marines repasaban por última vez su equipo.
-Treinta segundos.
La voz del piloto apenas logró abrirse paso entre el ruido de las hélices, Martínez terminó de ajustar el arnés de uno de los soldados más nuevos.
-¿Listo?
-Sí, señor.
-Respira. Es igual que en el entrenamiento. Sólo que ahora disparan de vuelta.
Un par de risas nerviosas recorrieron la cabina, eso ayudaba, siempre ayudaba. Martínez tenía ese extraño talento de hacer que una misión imposible pareciera un martes cualquiera, del otro lado del helicóptero, Muñoz revisaba por tercera vez el mapa táctico.
-Revisen frecuencias.
Todos obedecieron de inmediato.
No porque gritara, sino porque cuando el capitán Muñoz daba una orden, nadie pensaba en cuestionarla, era de esos oficiales que parecían haber nacido con uniforme.
Seco.
Directo.
Preciso.
Martínez sonrió apenas, nada había cambiado, seguía siendo exactamente igual que cuando ambos eran reclutas, sólo que ahora llevaban más cicatrices... y muchas más personas dependiendo de ellos.
-Diez segundos.
Los Marines comenzaron a levantarse, mosquetones, cuerdas, armas.
Todo en orden.
Muñoz caminó hasta Martínez para revisar por última vez su equipo, era rutina, al menos eso parecía. Le acomodó una correa del chaleco, apretó un seguro del arnés y dio un pequeño tirón a las correas para comprobar que resistieran. Martínez rodó los ojos con una sonrisa paciente. Bajo el casco, algunos mechones negros se escapaban sobre su frente sudada, y el sol terminaba de oscurecer una piel que llevaba años acostumbrada al campo.
-Ahora sí.
Muñoz levantó apenas la vista, era ligeramente más alto que él, de hombros anchos y movimientos contenidos, de esos hombres que parecían ahorrar cada gesto, su expresión seguía siendo la misma de siempre: seria, casi impenetrable.
Martínez soltó una risa baja.
-¿Sigues creyendo que no sé ajustar mi propio equipo?
-Sigo creyendo que eres distraído.
-Llevo quince años escuchando eso.
-Y quince años comprobándolo.
Martínez rodó los ojos con una sonrisa, nadie les prestó demasiada atención, era normal, los dos llevaban toda la vida discutiendo por tonterías.
La luz cambió a verde.
La compuerta comenzó a abrirse, y el viento golpeó con fuerza el interior.
-¡A posiciones! -gritó Muñoz.
Todos se acomodaron.
Martínez quedó primero en la fila, antes de dar el paso hacia el vacío sintió un ligero tirón en el guante.
Volteó.
Muñoz.
No dijo absolutamente nada, sólo sostuvo su mano un segundo, lo suficiente para que Martínez entendiera el mensaje.
Regresa.
Martínez respondió con una pequeña presión de los dedos.
Siempre.
Un instante después la mano desapareció.
-¡SALTO!
Uno tras otro, los Marines desaparecieron entre las nubes, Muñoz fue el último, mientras caía, alcanzó a distinguir el paracaídas de Martínez abriéndose unos metros más abajo.
Sonrió apenas.
Tan poco que cualquiera habría pensado que sólo era una sombra causada por el casco, en la radio sonó la voz tranquila de Martínez.
-Ángel Uno en descenso. Sin novedades.
Muñoz respiró por primera vez desde que el helicóptero había despegado.
-Ángel Dos, recibido.
Y como había ocurrido incontables veces desde que eran apenas dos reclutas soñando con llegar lejos...
Los dos descendieron hacia la guerra sabiendo que, mientras el otro siguiera respondiendo por la radio, todo estaría bien








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