PRÓLOGO
—Amaia, sube las cajas al auto — pidió mi padre por tercera vez en menos de una hora, pero yo seguía ignorándolo.
Estábamos en medio de una mudanza, una que no pedí y que, por supuesto, no quería. Permanecí sentada en el columpio colgado de un árbol viejo, observando a Tonatiuh, mi hermano, arrastrar cajas desde la entrada de la casa hasta el auto.
— Son ustedes quienes quieren mudarse. No tengo por qué mover un dedo — me quejé.
Me arrepentí de inmediato al ver a mi padre acercarse.
— Hija, sabes por qué esta mudanza es necesaria. Tu hermana duerme en el cuarto con nosotros, pero pronto necesitará su propio espacio — intentó explicarme mientras sostenía a Malinali en brazos—. Vamos, pídeme lo que quieras para la nueva casa y lo tendrás.
Miré a mi alrededor tratando de pensar en una buena idea; en ese momento vi un cachorro al otro lado de la carretera. Se veía limpio, pero vivíamos en las afueras de Amuzgo, así que probablemente no tenía dueño. Mi padre siguió mi mirada y al instante comprendió lo que quería.
Con Malinali en brazos, cruzó la calle para recoger al cachorro y regresó con él. Mi madre puso los ojos en blanco al ver que mi papá volvía a cumplir uno de mis caprichos.
Yo estaba a punto de acercarme a la carretera cuando un claxon me hizo detenerme.
No alcancé a registrar todo lo que sucedía entre el ruido y el ruido.
Un camión fuera de control se desvió del camino y se estrelló contra mi padre, Malinali y el cachorro. Tonatiuh corrió hacia ellos de inmediato, seguido por mi madre. Yo me quedé inmóvil.
Todo había sucedido demasiado rápido y, al mismo tiempo, parecía transcurrir en cámara lenta. No reaccioné hasta que alguien me sacudió por los hombres.
— ¿Qué esperas? ¡Llama a la ambulancia! — me gritó Tonatiuh en la cara.
Pero mi cuerpo no respondía.
Mi madre lloraba. Gritaba. Y entonces me señaló con el dedo entre lágrimas.
Era mi culpa.
Mi padre, Malinali, incluso el cachorro.
Todos murieron por mi culpa. Por no aceptar una mudanza.








