1._Descripción demasiada detallada de mi persona
Una luz parcial entraba por la blanca habitación; un leve olor a incienso se percibía en el ambiente. Las sábanas estiradas sobre la cama amplia, las estanterías sin una pizca de polvo y el suelo reluciente; todo se encontraba demasiado ordenado para ser una adolescente. Una figura femenina estaba sentada frente a un escritorio, escribiendo de manera calmada, con una mirada tan filosa como su concentración.
—Mi nombre es Cosette Williams, nací el 31 de enero. Tengo 15 años y mido 1.68 m.
Su mano se movió con confianza.
—Me gusta el café negro, el color celeste...
Una mueca se formó en su rostro, como si no pareciera convencida con lo escrito. En un rápido movimiento, dejó el bolígrafo y se llevó las manos al pelo, acariciándolo. Su espalda se arqueó y suspiró de frustración.
—No me convence.
Se puso de pie, dispuesta a ir al baño para iniciar el día.
[Tras una ducha, Cosette se preparó para el día.]
En el comedor, su padre tomaba café negro mientras miraba su celular. Cosette desayunaba frente a él, un hombre alto, con la cabellera negra y un semblante imponente. Sin embargo, un suspiro salió de sus labios y dejó el teléfono.
—Disculpa.
Se recompuso en la silla mientras procedía a desayunar. Cosette se limitó a decir un simple:
—Descuida.
—¿Cómo va tu proyecto?
Cosette respondió de inmediato:
—No encuentro algún inicio que me convenza —dijo, dándole un sorbo a su café—. Sueno como un reporte policial: fecha de nacimiento, estatura, color favorito. Es plano.
La figura masculina soltó una pequeña carcajada.
—Supongo que es difícil, es algo personal. Pero... —el hombre acercó su mano y dejó ver un anillo con una gema roja— no te apresures, lo mejor es dejar que salga natural.
Cosette pareció pensar un poco su respuesta, como si tuviera tantas cosas que decir... pero la que más le generaba curiosidad era:
—¿Cómo se siente?
—Te sientes vulnerable —respondió con sinceridad mientras acariciaba el anillo—. Cuando desperté mi NOvA, recuerdo que dormí casi 16 horas seguidas.
Cosette ni se inmutó, solo observó la joyería con cierta curiosidad.
—¿Quieres escuchar la historia de vuelta?
Cosette alzó una ceja.
—Ya no soy una niña.
El padre rio y negó, mientras hacía un gesto con la mano.
—Tonterías... Todo comenzó cuando conocí a tu madre, era la mujer más cálida y amable que había conocido en mi corta vida. Y ahí estaba yo, alguien demasiado común, aburrido y simplón... tu madre era popular y yo no existía...
Hasta que un día, andaba caminando de vuelta a mi casa. Y la vi... la joven más bella de la escuela estaba en una fuente de la plaza, recogiendo los cuadernos que flotaban en ella. Me acerqué para preguntarle si estaba bien, a lo que ella me miró con... esos ojos... Sus ojos eran tan serenos en un momento tan extraño —el padre lo recordó mientras daba una sonrisa—. A partir de ahí, empecé a tener más confianza; cuando ella me veía, sentía que mi vida tenía sentido... y cuando al fin llegué a declararme, ahí fue cuando algo en mi cuerpo, literalmente, explotó. Ráfagas de energía se condensaron en esto —se sacó su anillo y lo puso en la mesa—. Ese momento fue muy especial para mí...
Cosette miró el anillo, casi pensativa.
—Esa historia es hermosa...
El padre sonrió y ladeó un poco su cabeza.
—Las NOvAs son personales, no todos tienen las mismas experiencias y el mismo crecimiento. Lo tuyo puede ser cualquier cosa, así que, como dije, no lo fuerces, solo experiméntalo.
Cosette asintió mientras se levantaba de la mesa, recogiendo los platos para llevarlos al lavaplatos.
—Saldré un momento, tengo varias cosas que pensar.
El padre asintió mientras se levantaba con su taza de café.
—Está bien, con mucho cuidado; creo que el pueblo está raro.
—¿Por qué lo dices? —preguntó mientras el agua escurría por sus manos al agarrar la esponja, dispuesta a lavarlos.
—Ya sabes cómo son los locales, aún no parecen acostumbrarse y... no sé, siento el ambiente más pesado.
Cosette solo soltó un pequeño sonido; parecía entender las implicaciones de vivir en un pueblo tan tradicional como Shirakawa-go, un pueblo ubicado en la prefectura de Gifu, alejado de grandes capitales.
—Pensaría que ya se acostumbraron a nuestra presencia.
El padre caminó y se sentó en su escritorio de trabajo.
—No lo digo por nosotros, al parecer hay gente que se está mudando.
Cosette detuvo el agua, salpicando las manos.
—¿En serio?
—Sí, incluso vi a un chico que no es de aquí.
Cosette se quedó callada mientras se alejaba.
—Curioso.
Se retiró de la cocina hacia su habitación, alistándose como todos los días para salir a caminar un rato.
—Vuelvo al almuerzo, que te vaya bien —mencionó mientras salía por la puerta.
—Cuídate —respondió el padre sin apartar la vista del monitor.
Cosette caminaba por las calles. Vivía en un vecindario común y corriente; la atmósfera tradicional, junto con el paisaje verde del pasto y las plantas, se unían en un pueblo acogedor y relajante. El viento revolvía levemente el cabello de la chica mientras caminaba con postura recta y firme por el pueblo. Aunque algo se robó su atención: un grupo de personas rodeadas alrededor de una casa, pero algo le sorprendió, y era la propia estructura.
—¡No, no, no podemos permitir que exista esta falta de respeto! —exclamó un habitante mientras observaba a una familia encerrada, el señor ya irritado se acarició su frente—. El techo de paja es tradición aquí; si no quieres seguir teniendo problemas, lo mejor es que nos hagas caso.
—No voy a seguir eso, estoy pagando por la propiedad y tengo derecho a ella. Por eso les pido que se retiren —explicó el hombre desesperado.
—¡Ustedes no entienden nada, los techos hechos con Kaya (茅) tienen un significado!
—¡No me importa si es una tradición! ¡Lárguense!
La figura femenina apretó suavemente sus puños, respirando y suspirando. No podría hacer mucho... La joven siguió su camino, aún pensativa ante la situación.
Mientras caminaba, decidió ir a una pequeña tienda ubicada en el pueblo, un lugar donde solía ir para comprarse algo de comer.
—Buenos días —dijo Cosette.
La dueña respondió con gracia, con una voz dulce y atenta:
—¡Buenas, mi niña! Espero que estés bien. Hay mucha gente que está algo agresiva —dijo mientras recibía el dinero que Cosette sacó de su bolsito.
—Sí... lo he notado. Esperemos que no se dé a mayores —la voz de Cosette era calmada mientras agarraba el maní confitado; una leve sonrisa salió de sus labios.
Aunque, de repente, un joven alto entró a la tienda. Cosette se volteó a mirarlo con confusión; se notaba que no era de por aquí. El joven se puso a su lado con unos pequeños pasos, con una sonrisa algo enérgica; además, buscaba algo en su bolsillo.
—Un chocolate, por favor —esbozó con una gran sonrisa.
La diferencia de estatura, lado a lado, era cuanto menos llamativo. Cosette misma se dio cuenta de que miraba mucho, por lo que solo dio media vuelta y salió. El chico recibió el chocolate y, con una pequeña reverencia, se despidió. Cosette iba a seguir su camino hasta que una voz la interrumpió:
—¡Oye, oye!
La cabeza de Cosette giró lentamente. Un leve mechón de pelo se posó alrededor de su ojo izquierdo; ladeó un poco la cabeza y, con un suave movimiento, se lo acomodó. El joven dio unos pasos y luego sonrió; parecía estar divirtiéndose.
—Perdóname, solo quería preguntarte algo.
La duda en Cosette aumentó. Miró levemente de pies a cabeza al chico: ropa normal, cabello rojizo y unos ojos llenos de brillo. Tras eso, solo soltó un:
—¿Ujum?
El joven se acomodó y se enderezó para hacer la pregunta; extendió una mano y la dejó en el aire.
—¿De casualidad has visto algo extraño?
Sí, definitivamente se había dado cuenta; no era un secreto para nadie.
—Como recomendación, te diría que sigas las tradiciones del lugar —se enderezó mientras lo miraba cara a cara con ojos firmes y seguros—. La gente del pueblo es bastante tradicional.
El joven pareció notar el cambio de actitud, tanto que parpadeó una y otra vez; bajó la mano y negó levemente.
—No vivo aquí, tranquila. Igual... gracias por el consejo.
Cosette ladeó su cabeza para hacer su pregunta; había algo que aclarar.
—¿Turista?
Él volvió a negar con una mueca en sus labios. Cosette ahora sí que estaba confundida, pero había algo que debía decir. Su cuerpo dio una pequeña reverencia y dijo:
—Disculpa por asumir esas cosas.
Lo confesó sinceramente con una voz monótona, tanto que eso sacó un poco de onda al chico; él río nerviosamente y empezó a negar, moviendo sus manos de un lado a otro.
—Descuida, descuida... ¿Puedo preguntar cómo te llamas?
—Cosette.
La joven se puso derecha y extendió su mano en señal de respeto. El chico seguía un poco confundido.
—Ren.
Los dos se dieron un suave apretón de manos; algo a destacar es que Ren mantenía esa sonrisa cálida y Cosette su mirada de indiferencia. Al deshacer el apretón, Cosette tomó la iniciativa:
—¿Entonces... por qué estás aquí?
Ren, de una manera orgullosa, se llevó las manos a la cadera e infló su gran pecho; esbozó una gran sonrisa y, con un pulgar arriba, respondió:
—¡Por una misión!








