Un viaje inolvidable
“La felicidad no siempre llega cuando termina una historia. A veces, comienza cuando por fin podemos vivirla junto a quienes amamos.”
La luz de la mañana entraba suavemente por los enormes ventanales de Franshesca Couture, iluminando el elegante atelier en el corazón de Milán.
El lugar estaba más tranquilo que de costumbre.
Las máquinas de coser permanecían en silencio.
Los maniquíes lucían las últimas creaciones de la nueva colección.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Franshesca no pensaba en telas, bocetos ni desfiles.
Estaba terminando de cerrar una gran maleta color marfil.
—Creo que ya llevo demasiados vestidos… —dijo entre risas mientras intentaba cerrar la cremallera.
Alessandro, apoyado en la puerta de la habitación, negó con una sonrisa.
—¿Demasiados? Conociéndote, todavía falta la mitad.
Franshesca soltó una pequeña carcajada y le lanzó un cojín.
—Muy gracioso.
Él caminó hasta ella y, sin decir una palabra, tomó la maleta y logró cerrarla con facilidad.
—Listo.
—Gracias.
Alessandro besó su frente.
—Te hacía falta descansar.
Ella lo miró durante unos segundos.
Era verdad.
Los últimos meses habían estado llenos de trabajo, viajes y nuevos proyectos.
Pero esta vez sería diferente.
No habría reuniones.
Ni entrevistas.
Ni desfiles.
Solo unas vacaciones.
Y, lo más importante…
Toda su familia estaría reunida.
A miles de kilómetros de allí, el sol iluminaba los ventanales de un elegante apartamento en Dubái.
Nefera terminaba de guardar unos libros en su equipaje mientras Liam revisaba los pasaportes y los boletos de avión.
—¿Lista? —preguntó él.
Nefera sonrió.
—Llevo esperando este viaje desde hace meses.
Liam caminó hasta ella.
Tomó su mano con delicadeza.
—Creo que estas serán las mejores vacaciones de nuestras vidas.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Lo serán.
Sin que Nefera lo notara, Liam sonrió para sí mismo.
También llevaba semanas preparando una sorpresa.
Y haría todo lo posible para que saliera perfecta.
Los primeros rayos del sol atravesaban las cortinas blancas del dormitorio universitario, iluminando suavemente la habitación.
El lugar estaba en silencio.
Solo se escuchaba el canto lejano de algunos pájaros y el viento moviendo las hojas de los árboles del campus.
Sacha abrió lentamente los ojos.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro al sentir unos brazos rodeando delicadamente su cintura.
Giró apenas la cabeza.
Anderson seguía dormido a su lado.
Su cabello negro caía desordenadamente sobre la frente y una expresión tranquila descansaba en su rostro.
Sacha no pudo evitar sonreír.
Con cuidado, apartó un mechón de cabello de su cara.
Anderson abrió los ojos lentamente.
—¿Hace mucho despertaste? —preguntó con la voz aún adormecida.
Ella negó con una sonrisa.
—Solo unos minutos.
Él levantó una mano y acarició suavemente su mejilla.
—Buenos días, hermosa.
Sacha sintió cómo sus mejillas se sonrojaban.
—Buenos días.
Anderson se inclinó despacio y dejó un tierno beso sobre sus labios.
Un beso corto.
Lleno de cariño.
Cuando volvió a separarse, apoyó su frente contra la de ella.
—Hoy empieza oficialmente nuestras vacaciones.
Sacha soltó una pequeña risa.
—Llevo semanas contando los días.
—Yo también.
Durante unos segundos permanecieron en silencio, disfrutando de aquel momento.
No había entrenamientos.
No había clases.
No había competencias.
Solo ellos.
Y un viaje que llevaban mucho tiempo esperando.
Sobre el escritorio descansaban dos pasaportes, varios boletos de avión y unas gafas de sol.
Al lado de la cama, dos maletas completamente listas esperaban junto a la puerta.
Sacha se incorporó lentamente.
—Si no nos levantamos ahora, vamos a perder el vuelo.
Anderson sonrió.
—Cinco minutos más.
Ella cruzó los brazos fingiendo estar seria.
—Eso dijiste hace diez minutos.
—Ahora sí hablo en serio.
Sacha tomó una almohada y se la lanzó.
Él la atrapó entre risas.
—¿Así empiezan las vacaciones?
—Tú las empezaste.
Ambos rieron.
Después de unos minutos, comenzaron a preparar todo para salir.
Mientras Sacha terminaba de guardar su cámara fotográfica en la mochila, Anderson abrió discretamente el cajón de la mesa de noche.
Dentro descansaba una pequeña caja de terciopelo azul oscuro.
La observó durante unos segundos.
La tomó con cuidado.
Y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta de viaje.
Nadie podía verla.
Todavía no.
Porque había esperado demasiado tiempo para aquel momento.
Y quería que fuera perfecto.
Sacha apareció detrás de él.
—¿Listo?
Anderson cerró rápidamente la chaqueta y sonrió con total naturalidad.
—Más que listo.
Ella tomó su mano.
—Entonces… vámonos.
Sin imaginarlo, aquel viaje no solo reuniría nuevamente a toda la familia.
También traería de regreso personas del pasado.
Nuevas amistades.
Viejos sentimientos.
Y una promesa capaz de cambiar sus vidas para siempre.
El destino ya había comenzado a escribir una nueva historia.
Y esta vez…
Lo haría bajo el mismo cielo azul que los esperaba al otro lado del océano.
Sacha entrelazó sus dedos con los de Anderson mientras salían del dormitorio universitario.
El campus ya estaba lleno de estudiantes que caminaban de un edificio a otro.
Algunos corrían para llegar a clase.
Otros conversaban sentados bajo los árboles.
Para ellos, era un día cualquiera.
Pero para Sacha, aquel sería el inicio de unas vacaciones que llevaba meses esperando.
—¿Crees que Nefera ya esté en el aeropuerto? —preguntó mientras caminaban.
—Si Liam organizó el viaje, seguramente llegaron antes que todos.
Sacha sonrió.
—Eso es cierto.
Atravesaron el enorme jardín central de la universidad.
El viento movía suavemente el cabello crespo de Sacha.
Anderson la observó durante unos segundos.
Aún le parecía increíble que aquella joven de sonrisa dulce, que había conocido años atrás, siguiera siendo capaz de hacer que su corazón latiera con la misma fuerza.
—¿Qué pasa? —preguntó ella al notar que la miraba.
—Nada.
—Sí pasa.
Él sonrió.
—Solo estaba pensando en lo mucho que te amo.
Sacha sintió un agradable calor recorrer sus mejillas.
—¿Así de repente?
—Así de siempre.
Ella soltó una pequeña risa y se puso de puntillas para darle un beso.
—Yo también te amo.
Caminaron unos metros más hasta llegar al estacionamiento.
Anderson abrió la puerta del automóvil para que ella subiera primero.
—Toda una caballero —bromeó Sacha.
—Siempre.
Mientras ella acomodaba la mochila en el asiento trasero, Anderson volvió a comprobar discretamente que la pequeña caja de terciopelo seguía guardada en el bolsillo interior de su chaqueta.
Respiró aliviado.
Todo estaba saliendo exactamente como lo había planeado.
Al otro lado del mundo, en Dubái, Nefera terminaba de cerrar su maleta.
Liam apareció en la habitación con dos tazas de café.
—¿Lista para escapar unos días del trabajo?
Nefera aceptó la taza y sonrió.
—Más que lista.
Hace mucho necesitábamos unas vacaciones.
Liam dejó un beso sobre su frente.
—Y esta vez no habrá reuniones.
Ni llamadas.
Ni compromisos.
Solo playa.
Mar.
Y familia.
Nefera tomó su mano.
—Eso suena perfecto.
En Milán, Franshesca recorría por última vez su atelier.
Observó cada vestido cuidadosamente cubierto.
Cada mesa de trabajo.
Cada rincón que había construido con esfuerzo durante tantos años.
Alessandro apareció detrás de ella.
—Todo seguirá aquí cuando volvamos.
Franshesca sonrió.
—Lo sé.
Pero será la primera vez que me aleje tantos días.
Él rodeó su cintura con un brazo.
—Entonces aprovecha.
Tus hermanas te necesitan.
Y tú también necesitas disfrutar de ellas.
Franshesca apoyó la cabeza sobre su hombro.
Todavía le parecía un sueño poder decir aquellas palabras.
“Mis hermanas.”
Después de tantos años…
Por fin eran una familia.
Horas más tarde…
Tres aviones, procedentes de distintos lugares del mundo, volaban hacia el mismo destino.
Sin saberlo, todos llevaban consigo ilusiones, secretos… y sorpresas.
Muy pronto, bajo el mismo sol y frente al mismo mar, sus caminos volverían a cruzarse.
Y el destino, una vez más, demostraría que todavía tenía muchas páginas por escribir.








