Prólogo
20 de noviembre de 2018
Nunca pensé que una caja de cartón tan pequeña pudiera pesar tanto.
No es grande, ni siquiera está llena hasta el borde. Apenas ocupa la mitad de la mesa de la cocina. Sin embargo, al apoyarla sobre la superficie de madera, el golpe sordo que produce
me hace vibrar el pecho, como si acabara de descargar el peso muerto de más de una década de silencios.
Llevo lo que se sienten como horas parada frente a ella, con los brazos cruzados sobre el pecho, incapaz de dar el primer paso.
Afuera, la lluvia de la media noche golpea los cristales con una cadencia perezosa, constante, arrastrando el frío contra el vidrio. La casa entera esta sumergida en una quietud absoluta. Un silencio tan denso que casi puedo escuchar el tic-tac del reloj de pared, contando los segundos que me separan de mi propio pasado.
Estiro la mano despacio, casi con miedo de que el contacto físico desvanezca la ilusión, y deslizo las yemas de los dedos por la tapa de la caja. En el lateral derecho, una cinta de carrocero amarillenta muestra cuatro números escritos con rotulador negro que el tiempo
ha desgastado hasta volver gris:
1998
Solo cuatro dígitos. Una coordenada temporal tan breve y, aun así, con la fuerza suficiente para hacer que el suelo bajo mis pies desaparezca, borrando de un plumazo la mujer que
soy ahora para devolverme a la que fui.
Respiro hondo, llenando los pulmones de un aire que de repente me falta, y levanto la tapa.
El olor me alcanza antes de que mis ojos puedan enfocar el contenido. Es un aroma húmedo, antiguo, una mezcla de papel viejo, tinta seca y la vaga fragancia de lavanda que mi madre solía meter en los armarios aquel verano. Dentro, ordenados con una pulcritud que me rompe un poco el corazón, descansan los fragmentos de una vida anterior: un par de libros de bolsillo con las cubiertas descoloridas, un plano de un pueblo dibujado a mano sobre una cartulina que ahora cruje al tacto, una fotografía de fotomatón donde apenas se distingue la silueta de un lago cubierto por la niebla del amanecer...y un fajo grueso de sobres atados con una cinta de raso azul. Una cinta cuyo color ha perdido intensidad, pero que conserva el nudo intacto.
No necesito desatarla para saber de quién son. No necesito leer el remitente.
Reconozco esa caligrafía al primer vistazo. Una letra un tanto caótica, de trazos rápidos y firmes, con las vocales ligeramente inclinadas hacia la derecha. Después de todos estos
años, después de haber rehecho mi vida palmo a palmo, sigo estando segura de que podría reconocer esa forma de escribir entre un millón de cartas anónimas.
Tomo el primer sobre del montón. El papel ha perdido su blancura original, adoptando un tono sepia en los bordes, y las esquinas están desgastadas, por el roce de haber esperado demasiado tiempo en un cajón que nadie abría. Lo giro en mis manos sintiendo su ligereza.
Durante años, la explicación más lógica fue también la más dolorosa. Pensé que, simplemente, se había cansado de escribir. Después, con la crueldad con la que la distancia
cura las heridas de la adolescencia, me convencí de que había dejado de quererme. Terminé construyendo un muro mental, repitiéndome que algunas historias nacen con fecha de
caducidad y que lo nuestro solo había sido eso: un romance de estación, algo que dura lo que duran las vacaciones de verano.
Qué asombrosamente fácil resulta aceptar una mentira cuando es la única herramienta que tienes para evitar que el orgullo se rompa.
Con los dedos temblorosos, tiro de un extremo de la cinta azul. El nudo cede sin resistencia, con un leve susurro, y las cartas se deslizan sobre la mesa de la cocina, esparciéndose como un abanico.
Son muchas. Demasiadas.
Todas llevan mi nombre de soltera escrito en el centro. Todas y cada una de ellas permanecen cerradas, con el sello intacto, protegiendo las palabras que nunca llegaron a su destino.
Nadie las abrió. Nadie permitió que cruzaran la distancia que nos separaba.
Apoyo la palma de la mano sobre el primer sobre, sintiendo el relieve del papel contra mi piel. Siento un vértigo terrible en el estómago. No tengo la menor idea de que voy a encontrar cuando rasgue el papel. No sé si tengo la madures suficiente para leer lo que
alguien de dieciocho años intentó decirme con desesperación mientras yo, al otro lado del mapa, lloraba su ausencia.
Pero hay preguntas que no mueren por el hecho de ignorarlas. No desaparecen con el paso de los inviernos; solo aprenden a sentarse en silencio, esperando el momento exacto en que tengas el valor de mirarlas de frente.
Deslizo el dedo por el borde superior y rasgo el papel. El sonido del desgarro rompe la quietud de la cocina.
Y de pronto, la lluvia de afuera deja de ser una tormenta de invierno. Vuelvo a tener dieciocho años y la piel templada por el sol de julio. Vuelvo a caminar por las calles empedradas de aquel pueblo del norte, a sentir el olor a madera encerrada de aquella
librería y a escuchar el eco de una risa que creía haber olvidado, pero que estaba guardada en el rincón más seguro de mi memoria.
Sé que duele, sé que da miedo, pero al desplegar esa primera hoja entiendo una verdad universal: algunas historias no terminan cuando la distancia se impone, ni empiezan el día en que dos personas cruzan sus miradas por primera vez.
Empiezan de verdad el día en que alguien, en mitad de la noche, decide tener el valor de recordarlas.








