El Despertar de Naín
Cuentan los antiguos, que hace mucho tiempo existían siete entidades de gran poder conocidos como los “verdugos”, que juzgaban a las almas en su camino al más allá, el lugar donde los hacían lo llamaban el caudal del río, los siete verdugos dividían el río en siete caminos diferentes, aquí cada alma era enjuiciada dependiendo a su pecado las cuales se encontraban, la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia, y la pereza, las almas que eran sentenciadas por algunos de los verdugos quedaba en un limbo y era condenada a estar ahí eternamente pagando su pecado.
Es así como el mundo se rigió a las leyes de los verdugos y vivían tratando de no caer en estos pecados, y así llegamos a una pequeña aldea donde vivía un pequeño niño llamado Naín que vivía con su abuelita llamada Nora, sus condiciones de vida no eran las mejores, pues eran agricultores y el clima no les favorecía, una sequía azotaba el pequeño pueblo y sus cosechas eran cada vez menos.
Naín era un pequeño que se encargaba de la casa, una pequeña choza, trataba de mantenerla muy limpia y cocinaba todos los días, su abuelita se encargaba del campo y sus productos, era un trabajo pesado, pero no le importaba con tal de ver a su ñeto feliz y sano, así vivían sus días era común ver a la abuelita en el campo y a Naín en la casa, sin embargo, una noche que Naín estaba cocinando escucho pequeños quejidos desde afuera, rápidamente identifico que era su querida abuela, y con desesperación abrió la puerta y vio a la anciana muy roja y cansada, pero con una suave sonrisa
-Abuelita, ¿Qué te pasó? —dijo Naín mientras corría a sostener a su abuela.
-Pequeño, no te preocupes, estoy bien – decía mientras, daba pequeñas palmadas en la espalda de Naín, sin olvidar de sonreír.
Así que los dos entraron en casa, Naín recostó a su abuela en una desgastada estera en el suelo y la tapó con una manta mientras trataba de quitar la comida del fuego, sirvió rápidamente la comida en un pequeño plato y se lo dio a su abuelita.
-Abuelita toma este plato de sopa, tal vez así recuperes un poco tu fuerza.
-Hijo, no te preocupes, estaré bien, ven a comer, conmigo
-No, abuela, necesito ir por agua, dijo el pequeño mientras tomaba dos baldes vacíos
-Pero, ¿Qué dices?, Naín, no te preocupes.
-No, abuelita, iré al río y regresaré pronto. La necesito para poder bajar tu fiebre
Sin más, el niño tomó sus baldes y salió corriendo hacia el río. No estaba muy lejos, pero la obscuridad en su camino lo hacía complicado llegar.
No era mucho que caminaba cuando el cielo se llenó de nubes oscuras
-No puede ser, me mojaré con esta lluvia —decía Naín mientras ponía un balde encima de su cabeza; sus pies no dejaban de moverse en dirección al río.
Cuando llego al caudal estaba totalmente cubierto de lodo, era resbaloso y había crecido demasiado, pero no le importo a Naín decidió meterse al río para llevar los baldes , sacando con dificultad sus baldes llenos de agua a la orilla, cada vez el río enfurecía más y él no podía con el peso de su cuerpo, intento varias veces subir hacia el camino, pero no podía se resbalaba, sus pies aunque intentaban sostenerse no le daban las fuerza, en eso su mala suerte, el río fue más fuerte tomando al niño y arrastrándole rio adentro.
Naín intentó nadar hacia la orilla, pero sus fuerzas no daban a más, cada vez su cabeza se iba hundiendo y sus ojos cerrando, cayendo en un sueño profundo, mientras dormía sentía mucho frío en sus sueños vía a su abuela quien corría en dirección hacia él con una gran sonrisa, su cara con sus características arrugas y sus ojos denotaban amabilidad, recibió un abrazo sintiendo calidez y paz a la vez.
Poco a poco la luz llegaba a sus ojos y con ello los cálidos rayos de sol llegaban a su rostro, el pequeño Naín despertó exaltado, pues no sabía dónde estaba y ni siquiera era un lugar que él reconociera, su cuerpo estaba totalmente mojado, pero su cuerpo no sentía frío, solo sentía los tibios rayos solares.
Naín observó todo el lugar se dio cuenta de que era un lugar hermoso con montañas unas más arribas que otras, animales elegantes y que denotaban orgullo a su andar, mientras su vista se maravillaba de tan perfecto paisaje, cerca de la una pequeña cueva que estaba cubierto por vegetación y alado un mayor sentando en una piedra con una barba larga que llegaba al suelo, su rostro era arrugado, pero tenía unos ojos muy gentiles.
-Pequeño, ¿Cómo llegaste ahí? —dijo el mayor mientras se paraba e iba donde el niño
-Disculpe, abuelito, pero no sé qué me pasó, desperté y ya estaba aquí —dijo Naín mientras le entregaba una cálida sonrisa al señor.
-No te preocupes, ven, iremos adentro.
-¿A dónde iremos? —preguntó incrédulo el niño
-Adentro de la cueva pequeña, vamos no tengas miedo.
El niño, sin más preguntas, siguió al mayor adentro de la cueva. Al ingresar, los ojos de Naín quedaron maravillados, pues por adentro no tenía nada de cueva. Era un lugar muy limpio y pulcro, con sus paredes de una caoba brillante, el lugar era muy hermoso.
-¿Dime hijo, que haces un niño como tú en un lugar como este? —preguntó mientras embozaba una enorme sonrisa en su rostro
-No señor, no es que yo quiera estar aquí. Mire, quiero ir donde mi abuelita, ella está muy enferma y necesito que estar con ella, no quiero que se enferme más de lo que ya está.
El anciano, viendo la mirada de desesperación y tristeza que mostraba el rostro del niño, no preguntó más.
-Mira, hijo, el lugar donde quieres volver está muy lejos de aquí, y es muy peligro— El anciano lo guio hacia un cómodo sofá y le dio paso a que se sentara mientras él seguía hacia el sillón opuesto.
-No me importa —interrumpió el niño—, quiero ver a mi abuelita, ella está sola y quiero cuidarla—, dijo Naín mientras lágrimas caían de su rostro
El mayor, viendo la escena, se enterneció y decidió ayudar al pequeño niño
-Mira, pequeño, quiero presentarte a un buen amigo, su nombre es Nion —decía el abuelo mientras agitaba su mano como si llamara a alguien.
De repente se escuchó un pequeño rugido de detrás del niño. Naín, sorprendido, giró hacia esa dirección y vio a un enorme león con un pelaje perfecto, un cuerpo que mostraban fuerza y poder al mismo tiempo y unos ojos serios.
El niño, en toda su inocencia, se acercó al león y con una sonrisa le acarició el pelaje mientras el gigante gato ronroneaba como si se trataba de un pequeño cachorro.
-¡Ja ja, parece que se cayeron muy bien! Veo que no tienes ninguna maldad en tu corazón pequeño, por eso el Nion no te ha comido
El niño reaccionó a lo dicho por el anciano exaltando sus ojos
-Ja. Ja. Ja no te preocupes, pequeño, no te hará daño, es más, él es quien te ayude en tu camino.
-¿Me ayudarás, abuelito? —dijo el pequeño mientras sonreía al mayor.
-Claro que sí pequeño vamos.
El anciano llevó al niño junto al león hacia una entrada de un bosque muy frondoso. El anciano, con su mano, acarició al león y le dijo
-Querido Nion ayuda a este pequeño a cumplir su deseo
El león, como si entendiera cada palabra, asintió con la cabeza y se dirigió hacia el niño, sentándose junto a él, invitándolo a que suba a su lomo. El niño confundido vio al mayor
-Vamos pequeño, Nion te está invitado a ir en su lomo. Es muy amable de su parte hacer ese gesto hacia ti
El niño feliz se subió en el animal y agarró fuertemente su pelaje con cuidado de no hacerle daño. El anciano se acercó a él y le dio un pedazo de pan en una bolsita pequeña que colgaba del cuerpo del niño. Era algo para el camino, lo que el niño agradeció atentamente.
El león, viendo que estaba seguro, corrió con fuerza hacia el interior del bosque.
-Ve, pequeño, cumple con tu último deseo —decía la mayor mientras que veía al león desaparecer junto al niño en el abundante bosque.
Así fueron los dos a toda velocidad, corriendo por el bosque, siguiendo el caudal del río, sin perderlo de vista ni un instante. El niño disfrutaba del viento pegar en su rostro, y disfrutaba del bosque, aunque sea un poco oscuro, tenía una belleza inigualable; era sublime ante la vista del menor.








