El precio del desprecio
La luz del reflector me daba directo en la cara, pero no agaché la cabeza. Si parpadeaba, toda esa cuerda de hipócritas con máscaras de oro sentados en las butacas del teatro iban a pensar que me habían quebrado.
Estaba de pie en medio del escenario, incómoda con el traje sastre gris que me había puesto para ir a la oficina esa mañana. Lo único que me mantenía firme era el peso del cuaderno de notas contables que apretaba contra mi pecho; era mi realidad, mi escudo contra el absurdo de la situación.
Abajo, el público murmuraba mientras me escaneaba de arriba abajo como si fuera un caballo en venta.
—Damas y caballeros —el animador habló por los altavoces, usando ese tono falso y melodramático que me revolvía el estómago—. Pasamos al lote número cuatro. Una oportunidad excepcional. Veintidós años, apellido de alta alcurnia por parte madre y una educación impecable.
«Alta alcurnia». Qué maldita mentira.
Miré de reojo hacia las cortinas rojas del palco principal. Ahí estaba mi madre, con la cara lavada y esa expresión de piedra que siempre usaba cuando tomaba una decisión fría. A su lado, mi hermana menor jugaba con su vestido de marca, mirando la escena como quien ve un espectáculo aburrido. Mi propia madre me había metido en esta subasta clandestina para pagar sus deudas de juego. Para ella, yo solo era el estorbo que nació de su peor desgracia, la hija que nunca quiso. Venderme para salvar sus privilegios era su jugada maestra.
Me tragué las ganas de gritar y obligué a mi mente a hacer lo que mejor sabía hacer: calcular.
—Arrancamos la puja en trescientos mil dólares —anunció el tipo del micrófono.
Un tipo gordo de la tercera fila levantó su paleta. Por el anillo enorme que llevaba, supe que era de los contrabandistas del puerto. «Si me voy con él, termino muerta antes del próximo mes», pensé, manteniendo la respiración estricta.
—¡Quinientos mil! —gritaron desde el fondo.
—¡ochocientos mil!
El ambiente se puso pesado, denso por el olor a humo de tabaco. El gordo del puerto volvió a levantar la paleta con una sonrisa que me dio asco.
—Un millón de dólares a la de una... a la de dos... —el animador levantó la mano.
Apreté el cuaderno con tanta fuerza que los dedos me quedaron blancos. Busqué mentalmente una fórmula, un balance, cualquier porcentaje contable que me alejara de ese momento.
—Cinco millones. Y nadie más habla.
La voz no vino de abajo, sino del palco más alto y oscuro. Era un tono seco, arrastrado, con una calma que congeló el ruido de la sala al instante.
El animador se quedó inmóvil. Los hombres de traje negro que vigilaban las puertas se pusieron rígidos.
Un tipo se apoyó en el borde del palco. Alexei. El nuevo jefe de la organización. Llevaba un traje oscuro impecable, sin adornos vulgares, y una camisa negra que hacía juego con la frialdad de sus ojos grises. Tenía las manos tatuadas sobre la barandilla, moviendo los dedos con total tranquilidad. No necesitó gritar ni hacer un escándalo; su sola presencia cortó el oxígeno del lugar.
El gordo de la tercera fila bajó su paleta de inmediato. Nadie era tan estúpido como para pelearle una oferta al hombre que manejaba la ciudad.
Desde arriba, esos ojos grises bajaron directamente hasta dar conmigo. Seguro esperaba que me pusiera a llorar o a suplicar como las demás. En lugar de eso, acomodé los hombros y le mantuve la mirada. Si un monstruo me iba a comprar, que supiera desde el primer segundo que no se llevaba a una víctima sumisa.
A Alexei se le dibujó una mueca rápida, casi divertida.
—Cinco millones a la de una, a la de dos... vendida al palco principal. —El animador cerró el trato sin perder tiempo.
Las luces del escenario se apagaron. Dos tipos enormes aparecieron a mis lados y uno de ellos me señaló la salida con un gesto seco.
—Camine derecho —me ordenó en voz baja—. Al jefe no le gusta perder el tiempo.
Di el paso hacia el pasillo oscuro, dejando atrás la silueta de mi madre, sabiendo que mi verdadera pelea acababa de empezar.








