Fuego En El Agua by JK__Mendoza at Inkitt
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Fuego en el agua

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Summary

Asteria es un mundo dividido en ocho sectores bajo el puño de hierro del Dominio, un gobierno algorítmico y despiadado. Kael Veyron, un joven delSector rural de Sylva marcado por una misteriosa cicatriz en forma de estrella y el trauma de haber perdido a sus padres, es convocado al cumplir los diecisiete años para participar en la Evaluation Nacional: una competencia secreta de supervivencia donde solo participan treinta y dos jóvenes del país.Con una mochila y dos recuerdos prohibidos, Kael es trasladado a la imponente Academia Helix. Allí la tecnología del gobierno lee sus cuerpos en tiempo real a través de monitores biométricos subcutáneos, transformando el miedo y la ansiedad en variables numéricas expuestas ante los instructores. Sin embargo, el verdadero peligro para Kael no reside solo en los letales circuitos físicos o en las pruebas de asfixia mental en celdas aisladas, sino en los fantasmas de su propio pasado. Entre la multitud de rivales descubre a Lyra, la chica que alguna vez amó y que le abrió las puertas de sus lugares sagrados, junto a Tristán, el chico por el que ella lo traicionó. Atrapado en una competencia donde la empatía moral tiene un costo estratégico prohibitivo, Kael deberá aprender a leer el caos y liderar a su sector para demostrar que el valor de una vida humana jamás podrá ser calculado por un algoritmo.

Genre
Scifi
Author
JK__Mendoza
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Antes del amanecer

Hay noches en las que el pasado encuentra la forma de regresar.

Desperté sobresaltado antes de que el sueño pudiera terminar. Durante unos segundos permanecí inmóvil, con la respiración entrecortada y la mirada perdida en el techo de mi habitación. Allí, naciendo desde la pared completa, se extendía la gran sección de cristal que mi padre había construido para mí cuando cumplí los ocho años. El silencio volvía a ocupar cada rincón de la casa, pero mi cuerpo seguía convencido de que algo acababa de ocurrir. Siempre era igual. La pesadilla desaparecía demasiado rápido para recordarla por completo, aunque dejaba detrás la misma sensación de vacío y el idéntico dolor de todos los años.

Llevé la mano hasta el costado y deslicé los dedos bajo la camiseta. La yema recorrió la cicatriz con la naturalidad de un gesto aprendido a fuerza de repetirlo. Su contorno irregular conservaba una forma extraña, demasiado perfecta para haber sido obra del azar. Más de un médico insistió en que aquello no significaba nada. Yo nunca conseguí creerlo. Cada vez que la tocaba, tenía la impresión de estar siguiendo las puntas de una estrella grabada sobre mi propia piel.

Aparté la mano y dejé escapar el aire despacio. Dormir otra vez era inútil. Hacía tiempo que había aprendido a no luchar contra los recuerdos cuando decidían aparecer; cuanto más intentaba enterrarlos, con más fuerza regresaban. Algunas heridas cerraban; otras, simplemente, aprendían a esperar.

Me incorporé con cuidado y apoyé los pies sobre el suelo de madera. El frío atravesó las plantas de mis pies de inmediato. Crucé la habitación casi a oscuras bajo el gran ventanal del techo hasta llegar a la ventana de la pared. Al empujarla, una corriente de aire fresco entró de golpe, trayendo consigo el olor de la tierra húmeda, los pinos y el río que atravesaba el bosque. La noche todavía cubría las montañas, y la única luz nacía de una luna que apenas conseguía abrirse paso entre las nubes.

Desde allí podía distinguir el comienzo del sendero. No importaba cuánto cambiara mi vida; siempre terminaba conduciéndome al mismo lugar.

Tomé la chaqueta que descansaba sobre el respaldo de una silla y me la puse mientras avanzaba hacia la puerta. El arco seguía apoyado contra la pared, con exactitud donde lo había dejado la tarde anterior. Lo sujeté por pura costumbre antes de salir de la habitación y descendí las escaleras, procurando que ninguno de los peldaños crujiera más de la cuenta.

La casa permanecía por completo en silencio.

Giré el picaporte con cuidado y abrí la puerta apenas lo suficiente para deslizarme hacia el exterior. El aire era más frío de lo que había imaginado. Respiré hondo una sola vez y dejé que llenara mis pulmones. Después, comencé a caminar.

El bosque nunca realiza preguntas. Y, desde hacía muchos años, era el único lugar donde yo tampoco necesitaba responderlas.

La lluvia había empezado horas atrás. No era una tormenta; caía con una calma casi hipnótica, cubriendo las hojas de los árboles con un brillo tenue y convirtiendo el sendero de tierra en una delgada franja oscura que se perdía en la espesura. Cada gota encontraba un lugar distinto donde romperse: unas golpeaban las ramas más altas, otras resbalaban por los troncos cubiertos de musgo y muchas terminaban deshaciéndose sobre el río, donde desaparecían sin dejar rastro.

Subí la capucha de la chaqueta y continué andando sin prisa. Conocía aquel camino desde mucho antes de poder recorrerlo solo. Había aprendido dónde sobresalían las raíces, qué piedras se volvían resbaladizas cuando llovía y en qué parte del sendero el bosque comenzaba a cerrarse sobre sí mismo hasta ocultar por completo el cielo. No necesitaba pensar hacia dónde iba; mis pies siempre encontraban el camino antes que yo.

El aire olía distinto después de la lluvia. La tierra húmeda, la madera empapada y el aroma de los pinos se mezclaban formando un perfume que ninguna ciudad habría conseguido imitar. Inspiré a fondo mientras el sonido del agua acompañaba cada uno de mis pasos. Era curioso: mucha gente encontraba inquietante el silencio de una montaña durante la noche, pero yo nunca lo había entendido.

Porque el bosque jamás dejaba de hacer ruido. Bastaba con detenerse unos segundos para descubrirlo.

El agua descendía por el cauce del río con una cadencia constante. El viento hacía que las ramas chocaran unas contra otras con un susurro apenas perceptible. A lo lejos, un búho rompía la oscuridad con un canto breve antes de que todo volviera a fundirse en aquella extraña armonía que solo existía lejos de las ciudades.

Reduje el paso hasta detenerme por completo. Cerré los ojos. Durante unos instantes no hice nada más que escuchar.

Con el tiempo había comprendido que cada sonido ocupaba un lugar preciso. Si el río cambiaba su fuerza, la lluvia lo hacía notar. Si el viento giraba hacia el norte, los árboles ponían su propia voz. Incluso los animales parecían respetar un orden invisible que solo podía entenderse cuando uno dejaba de intentar imponerse sobre la naturaleza y empezaba a formar parte de ella.

Abrí los ojos despacio. Frente a mí, el sendero comenzaba a ascender hacia un pequeño claro oculto entre los pinos. Sin darme cuenta, había llegado al mismo lugar al que siempre terminaban llevándome mis recuerdos.

El claro seguía igual. Los años habían dejado su huella en algunos árboles; una rama caída descansaba junto a una roca cubierta de musgo y el viento había ensanchado el espacio entre dos viejos pinos, pero el lugar conservaba esa extraña sensación de permanecer al margen del tiempo. Como si el bosque hubiera decidido proteger aquel rincón de todo lo que ocurría más allá de sus límites.

Me acerqué hasta la roca donde solíamos sentarnos. La superficie estaba húmeda por la lluvia, así que apoyé el arco contra el tronco de un pino y limpié el agua con la manga de la chaqueta antes de tomar asiento. Desde allí apenas podía verse el cielo. Las nubes cubrían casi por completo las estrellas y la lluvia seguía cayendo con la misma paciencia de siempre, dibujando pequeños círculos sobre los charcos que empezaban a formarse entre las raíces.

Bajé la cabeza. Era curioso: durante años había venido hasta aquel lugar buscando respuestas, y el bosque nunca me había dado una sola. Lo único que hacía era escuchar, y quizá por eso siempre terminaba regresando.

Inspiré a fondo y cerré los ojos. Todavía podía imaginar la voz de mi padre mezclándose con el sonido de la lluvia. No importaba cuánto tiempo hubiera pasado desde la última vez que lo escuché; había recuerdos que se negaban a desaparecer. Permanecían escondidos en los lugares más simples, esperando el instante adecuado para volver a la superficie.

Abrí los ojos despacio y levanté la vista hacia el cielo. Las nubes comenzaron a desplazarse con lentitud, empujadas por el viento. Poco a poco dejaron al descubierto pequeños fragmentos de oscuridad, y, entre ellos, aparecieron las primeras estrellas de la noche.

No eran muchas. Bastaban.

Sin darme cuenta, una vieja pregunta regresó a mi memoria.

—¿Sabes por qué brillan?

La voz no se escuchó en el bosque; sonó dentro de mí.

Y, por un instante, dejé de tener diecisiete años. Volví a ser aquel niño que caminaba entre los árboles, convencido de que su papá conocía respuestas que nadie más podía encontrar.

Mi padre tenía una solución para casi todo. Si llegaba a casa con las rodillas raspadas, decía que las cicatrices eran la forma que tenía la piel de recordar que habíamos sido valientes. Si una tormenta me despertaba en mitad de la noche, apagaba la lámpara de mi habitación, tomaba una linterna y me preguntaba si quería salir a caminar. Nunca esperaba mi respuesta; sabía que, antes de que él terminara la frase, yo ya estaba poniéndome las botas.

Mi madre fingía enfadarse cada vez que nos veía cruzar la puerta.

—Algún día los dos van a volver con un resfriado.

Mi padre levantaba una mano sin dejar de caminar.

—Ese es un problema del futuro.

—Pues dile al futuro que también lave la ropa.

Su voz siempre nos alcanzaba antes de que la espesura terminara por tragarse el sendero. Él soltaba una carcajada, y yo intentaba contener la mía para que mi madre creyera que, al menos uno de los dos, estaba de su lado. Nunca lo conseguía.

El camino se hacía más corto cuando iba con él. Conocía cada árbol, todas las rocas y cualquier curva del sendero como si hubiera crecido a la par de las raíces que ahora pisábamos. A veces se detenía para enseñarme el rastro que dejaba un ciervo sobre el barro; otras, me hacía guardar silencio porque aseguraba que la naturaleza hablaba mejor cuando nadie intentaba interrumpirla.

Aquella noche la lluvia también nos acompañaba. Caía despacio, igual que ahora, golpeando las hojas con una suavidad que convertía el entorno en un lugar del todo distinto. Mi padre nunca le tuvo miedo al mal tiempo. Decía que había personas que solo salían cuando el cielo estaba despejado y, por eso mismo, se perdían la mitad de la belleza del mundo.

Después de casi media hora de caminata, el sendero terminó abriéndose frente a nosotros. El claro apareció entre los árboles como si hubiera estado esperándonos desde siempre.

Mi padre levantó la vista y sonrió.

—Llegamos justo a tiempo.

—¿Para qué?.

No respondió de inmediato; se limitó a señalar hacia arriba. Aquella fue la primera vez que entendí que algunas noches bastaba con alzar la mirada para sentir que el universo era mucho más grande de lo que había imaginado.

Miles de estrellas ocupaban la oscuridad con una claridad que nunca había visto desde el cristal de mi habitación. Parecían infinitas. Algunas brillaban tanto que no podías dejar de mirarlas; otras apenas se veían, escondidas en esa inmensidad, como si esperaran con calma a que alguien las notara.

Permanecí en silencio. No porque él me lo hubiera pedido, sino porque no encontraba las palabras.

Él dejó escapar una pequeña sonrisa al notar mi expresión y tomó asiento en la roca más alta del claro. Dio un par de palmadas sobre la piedra, invitándome a hacer lo mismo. Corrí hasta sentarme a su lado, fascinado por el firmamento.

—Es enorme… —murmuré.

—Más de lo que alcanzaremos a conocer.

El viento recorría el lugar con suavidad. La lluvia casi había desaparecido y solo quedaban algunas gotas deslizándose desde las ramas. Todo parecía haberse detenido alrededor de nosotros, como si el bosque también hubiera decidido mirar hacia arriba.

Mi padre apoyó los antebrazos sobre las rodillas y permaneció unos instantes contemplando las luces antes de hablar.

—Mi abuelo solía traerme aquí cuando tenía tu edad.

Giré la cabeza hacia él.

—¿También te contaba historias?.

Asintió despacio.

—Todas las que conocía… y las que se inventaba por el camino.

—¿Funcionaban?.

Una risa breve escapó entre sus labios.

—Tan bien que terminé haciendo lo mismo contigo.

Lo observé unos segundos.

—Entonces… ¿Las historias no son verdad?.

Mi padre desvió los ojos hacia el vacío estrellado.

—Depende de lo que entiendas por realidad.

Aquellas palabras solo consiguieron despertar más dudas. Él parecía disfrutarlo; siempre decía que las mejores respuestas eran las que te obligaban a seguir pensando. Después, levantó un brazo y señaló un punto brillante sobre nuestras cabezas.

—¿Sabes por qué nunca me canso de venir aquí?.

Negué con la cabeza.

—Porque hay preguntas que solo se pueden hacer cuando uno se siente pequeño.

Y aquella noche, bajo un firmamento infinito, yo me sentía más diminuto que nunca. Durante un largo rato ninguno de los dos dijo nada.

El viento seguía desplandando las nubes con lentitud, dejando que nuevas estrellas aparecieran donde unos instantes antes solo había oscuridad. Yo intentaba contarlas una por una, pero siempre terminaba perdiéndome a mitad del camino. Cada vez que creía haber encontrado un orden, otra luz aparecía un poco más arriba y me obligaba a comenzar de nuevo.

Mi padre parecía divertirse al verme tan concentrado.

—Es imposible, ¿verdad?.

Aparté la vista para mirarlo.

—Sí.

—Eso mismo pensaba yo a tu edad.

Volví a levantar la cabeza.

—Entonces… ¿Por qué seguimos intentándolo?.

Él entrelazó las manos sobre las rodillas y permaneció unos segundos en silencio. Nunca contestaba deprisa; era como si quisiera asegurarse de que cada palabra encontrara su lugar exacto.

—Porque hay cosas que no están hechas con el propósito de entenderlas, Kael. Se encuentran para recordarnos lo pequeños que somos.

Fruncí el ceño.

—No me gusta ser chico.

Aquella confesión le arrancó una sonrisa sincera.

—Lo sé. Pero algún día descubrirás que no tiene nada de malo. Las personas empiezan a perderse cuando creen que son más grandes que el mundo.

No entendí por completo lo que quería decir.

Aun así, seguí escuchando.

—¿Ves todas esas estrellas?

Asentí.

—Cada una está tan lejos que su luz tarda años en llegar hasta nosotros. Algunas incluso dejaron de existir hace mucho tiempo, pero seguimos viéndolas porque su rastro continúa viajando por el firmamento.

Guardé silencio. La idea me parecía imposible.

—Entonces… ¿Es capaz de desaparecer una estrella sin que nadie lo note?

Mi padre volvió la vista hacia la inmensidad.

—Puede extinguirse una estrella, o podrías perder a un ser amado. Lo único que decide cuánto duran no es el tiempo… sino la luz que dejan detrás.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre nosotros mientras el bosque recuperaba su voz. El río seguía corriendo con la misma tranquilidad de siempre y la lluvia terminaba de apagarse entre las hojas. Ni él ni yo volvimos a hablar durante varios minutos. No hacía falta.

Apoyé la cabeza sobre su hombro sin separar los ojos del cielo, y sentí cómo su brazo rodeaba el mío con naturalidad.

—¿Crees que algún día yo también tendré una estrella? —pregunté en voz baja. [1]

Mi padre no respondió enseguida. Esperó hasta que una última nube abandonó el cielo y dejó la noche del todo despejada. Entonces levantó una mano y señaló el lugar donde cientos de puntos brillantes titilaban al mismo tiempo.

—No, hijo.

Lo miré confundido. Él sonrió con esa calma que solo parecía existir cuando estábamos allí.

—No algún día. La estás construyendo desde hoy. Cualquier decisión que tomes, cada persona a la que ayudes y toda vida que cambies será un pedacito de esa claridad. Las estrellas no aparecen cuando morimos; empiezan a nacer mucho antes.

Y, sin saber por qué, aquella respuesta consiguió que dejara de hacer preguntas. Por primera vez, sentí que el cielo era un poco menos inmenso. Y mucho más cercano.

El recuerdo comenzó a desvanecerse con la misma suavidad con la que había llegado. La voz de mi padre fue perdiéndose entre el murmullo del viento hasta confundirse con el rumor de la naturaleza. Lentamente, el claro de aquella noche dejó de pertenecer al pasado y volvió a convertirse en el lugar donde me encontraba ahora, muchos años después, sentado sobre la misma roca.

Abrí los ojos despacio. La lluvia había cesado por completo.

Las gotas que aún colgaban de las ramas caían de vez en cuando sobre la tierra húmeda, rompiendo un silencio que nunca llegaba a ser absoluto. El río seguía su curso al pie de la montaña y una brisa fresca recorría el claro, moviendo la hierba con una delicadeza que hacía difícil creer que el mundo, más allá de la arboleda, nunca dejaba de correr.

Levanté la vista. Las estrellas continuaban allí. Tal vez no eran las mismas; es posible que algunas de aquellas luces se hubieran extinguido mucho antes de mi nacimiento, dejando solo el viaje tardío de su brillo en mis ojos. Pensé en las palabras de mi padre y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de encontrarles una explicación. Bastaba con recordarlas.

Me acomodé sobre la roca y crucé los brazos detrás de la cabeza. La humedad atravesaba la tela de la chaqueta, pero el frío ya no me molestaba. Había pasado tantas noches en aquel rincón que el bosque terminó convirtiéndose en el único lugar donde el silencio no pesaba sobre mis hombros.

Inspiré a fondo. El aire olía a lluvia, a pino y a tierra mojada. Cerré los ojos solo un instante, dispuesto a descansar antes de regresar a casa.

El murmullo del río comenzó a mezclarse con mi respiración. Después desapareció el viento; luego, las ramas. De a poco, todos los sonidos fueron alejándose hasta convertirse en una única melodía que me resultaba familiar. Sin darme cuenta, el sueño terminó venciendo al insomnio.

Aquella noche no hubo pesadillas. Solo el firmamento lleno de estrellas velando en silencio sobre el bosque. Y, por primera vez en muchos años, el bosque consiguió aquello que el tiempo nunca había podido: darme una noche de paz.


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