Prólogo
PRÓLOGO
Existen historias que no se planean; irrumpen. Son ráfagas de lucidez que, si no las atrapamos al vuelo, se esfuman para siempre. Este libro nació de una de esas ráfagas
una verdad personal, urgente, que pidió a gritos ser compartida.
No soy hombre de desnudar mis vivencias. Pero hay veces en que una experiencia deja de ser solo tuya. Se convierte en un eco que reconoces en los silencios ajenos, en una sombra familiar en la mirada del otro. Algo me dice que esto que guardé tanto tiempo, en realidad pertenece a todos.
Por eso te lo entrego, lector. No como un autor a su público, sino como un compañero de viaje a otro. Porque estoy seguro de que pasajes de este relato te resultarán profundamente familiares. A mí me ha pasado: leer una historia y sentir el sobresalto de lo reconocido, pensar “Yo ya vi esto, ya lo viví“. Aunque suene extraño, es real. Y es el hilo más fuerte que nos une.
Este libro no pretende ser más de lo que es: un testimonio. Un testimonio de que lo inusual ocurre. De que la frontera entre lo que llamamos “realidad” y “misterio” es más porosa de lo que creemos. De que el amor y la sabiduría ancestral pueden tener la fuerza de un milagro. Me alegrará, más que cualquier elogio literario, saber que he llegado a quien, en algún momento, se sintió solo con su verdad. Que alguien pueda señalar estas páginas y decir, por fin: “Mira. Para que sepas. No solo a mí me ha pasado”. Darle poder a una verdad compartida es el primer paso para sanar la incomprensión.
El relato que sigue puede parecer, en apariencia, desordenado. La vida rara vez se presenta en capítulos perfectos. Pero si atas los cabos conmigo, si recorres este camino en la forma correcta, verás que todo encaja. Cada experiencia, por dispar que parezca, nos conduce al mismo centro: a entender que hay más luces de las que nos atrevemos a ver.
Mi mayor deseo es que, en algún pasaje de este viaje, la descripción sea tan nítida que puedas sentir el aroma del campo, el frescor del agua en la gruta, la textura de las hojas en la huerta, o la calma determinada en la mirada de una abuela. Si logro transportarte así, aunque sea una vez, mi misión estará cumplida.
Porque, en definitiva, esto no es solo mi historia. Es una invitación a recordar la tuya. A honrar tus propias “rarezas”, tus propios ángeles silenciosos, tus propias curaciones inesperadas.
Te doy la bienvenida. Espero que disfrutes el paseo… y que, en él, te encuentres a ti mismo.
El autor








