Corazones Cautivos by Caro at Inkitt
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Corazones cautivos

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Summary

En el vibrante y convulso Chicago de principios de siglo, Clara ve truncado su futuro con Arthur por las intrigas de la ambiciosa Eloise. Despojada de sus ilusiones y atrapada en una red de manipulación, se ve obligada a refugiarse en un matrimonio inesperado con James, el enigmático bastardo del clan Stone. Lo que comienza como un pacto de supervivencia pronto se transforma en un polvorín. Entre los rígidos estándares de la alta sociedad de Chicago y los oscuros pasillos de la mansión Stone, los secretos familiares más enterrados y las traiciones más crueles están a punto de estallar. En una red de pasiones prohibidas y lealtades rotas, el destino obligará a tío y sobrino a enfrentarse cara a cara, dispuestos a todo por el amor de una sola mujer. Dos mundos. Dos corazones. Un amor que desafía todo lo establecido.

Genre
Romance/Drama
Author
Caro
Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

La opulencia de la finca de los Stone en Lake Forest no solo era un reflejo de su inmensa fortuna en el Chicago de principios de siglo, sino también un monumento a las estrictas apariencias. El clan de los Stone y sus ramas familiares, los Cole, se regían por un severo código de estatus. En este entorno se encontraba Clara, una pequeña de apenas seis años y pariente lejana de la familia que, tras quedar huérfana, había sido formalmente acogida por los Cole. Aunque la casa la trataba con el decoro y los privilegios que correspondían a su apellido, el verdadero calvario de Clara provenía de la convivencia diaria con sus primos.

Aquella tarde de primavera, la armonía de los jardines se vio empañada por la crueldad de los hermanos Cole, quienes no soportaban compartir su espacio con ella.

—¡Eres una arrimada, Clara! ¡Las niñas sin padres no deberían tocar nuestros juguetes! —chilló Eloise Cole, de su misma edad, arrebatándole una muñeca con una soberbia implacable.

—¡Siempre anda llorando! —añadió Julian, el hermano de Eloise, quien a sus ocho años ya mostraba el carácter altanero de su rama familiar. Con un empujón malintencionado, hizo que Clara cayera de rodillas sobre la hierba.

Clara corrió sin mirar atrás. Dejó atrás los cuidados jardines franceses y se internó en la colina boscosa que coronaba la propiedad de Lake Forest. El viento de la tarde agitaba las hojas de los grandes robles, creando un murmullo que competía con sus propios sollozos.

Se dejó caer de rodillas bajo la copa de un árbol majestuoso. Escondió el rostro entre los brazos, avergonzada de sus propias lágrimas, repitiéndose a sí misma que debía ser fuerte, que no podía permitir que los comentarios de sus primos la derrumbaran.

—Llorar por personas que no entienden el valor de tu sonrisa es un desperdicio de lágrimas, pequeña.

La voz era profunda, serena y extrañamente cálida. Clara ahogó un hipido y levantó la cabeza de golpe, parpadeando para limpiar las lágrimas de sus grandes ojos verdes.

Frente a ella, apoyado con elegancia natural contra el tronco del roble, se encontraba un joven de diecisiete años. Tenía el cabello claro, de un rubio ceniza que brillaba bajo los rayos del sol que se colaban entre las ramas, y vestía un traje de montar impecable que denotaba su alta cuna. Pero lo que verdaderamente cautivó a la niña fue su mirada: unos ojos claros, llenos de una sabiduría y una amabilidad que jamás había visto en la mansión de los Cole.

Clara se apresuró a restregarse las mejillas con el dorso de la mano, cohibida.

—No... no estaba llorando —mintió con la voz rota, intentando adoptar una postura digna a sus seis años—. Solo... me cayó algo de tierra en los ojos.

Arthur soltó una risa suave, un sonido limpio que pareció disipar la tensión del ambiente. Se agachó despacio, reduciendo la distancia entre ambos para quedar a su altura, y sacó del bolsillo de su chaqueta un pañuelo de seda blanca con las iniciales del clan bordadas en hilo de oro.

—Ya veo. La tierra de Lake Forest suele ser muy caprichosa en primavera —siguió el juego con una ternura infinita, mientras estiraba la mano para secar con extrema suavidad el rastro húmedo de las mejillas de la niña—. Pero las señoritas valientes no se esconden en las colinas por un poco de tierra. ¿Cómo te llamas?

—Clara —susurró ella, hipnotizada por la cercanía del joven—. Clara Hill... Bueno, la tía Sarah dice que soy una pariente lejana, pero Eloise dice que soy una arrimada.

El rostro de Arthur se ensombreció apenas una fracción de segundo al escuchar el nombre de Eloise, pero la calidez regresó de inmediato a sus ojos al mirar a la pequeña. Le dio un suave toque en la punta de la nariz con el pañuelo.

—No escuches a Eloise, Clara. Tu presencia es tan buena como la de cualquiera en esa mansión. Y déjame decirte algo... —Arthur sonrió, una sonrisa tan radiante y protectora que el pecho de la niña se llenó de un calor desconocido—. Eres mucho más linda cuando sonríes. No dejes que nadie te quite esa sonrisa.

Clara se quedó sin habla. El dolor de las rodillas raspadas y la humillación de la muñeca rota desaparecieron por completo, borrados por la presencia de aquel joven que la miraba como si fuera el tesoro más valioso de la finca. En su mente infantil, imbuida de los cuentos de hadas que solía leer, la elegancia, la nobleza y la bondad de aquel muchacho cobraron una forma mítica.

Para ella, él no era simplemente un chico de diecisiete años; era un caballero de ensueño, un protector divino.

—¿Eres... un príncipe? —preguntó Clara en un susurro inocente, con los ojos abiertos de par en par.

Arthur volvió a reír, esta vez con una mezcla de diversión y melancolía, contemplando la pureza de la niña. Se incorporó a medias, mirándola con curiosidad. Clara, dándose cuenta de que jamás lo había visto en las pocas semanas que llevaba viviendo en la propiedad, ladeó la cabeza y se animó a preguntar con timidez:

—¿Tú... vas a vivir con nosotros en la casa de los Cole? Nunca te había visto antes.

Arthur suavizó la mirada. Su propia realidad dentro de la familia era compleja, siendo el hermano menor de la recién fallecida Rosemary y manteniéndose siempre un poco al margen de la pomposidad de sus parientes Cole.

—No, pequeña. Yo pertenezco a la casa principal de los Stone —respondió él con suavidad, dándole un par de palmaditas cariñosas en la cabeza—. Pero esta colina es mi lugar favorito para escapar cuando el mundo de los adultos se vuelve demasiado aburrido. Así que es muy probable que nos volvamos a cruzar por aquí.

El joven se puso de pie por completo con parsimonia, guardando el pañuelo en su chaqueta de montar, y le guiñó un ojo antes de darle la espalda al sendero.

—Tal vez, después de todo, solo soy el caballero de esta colina —añadió con un tono misterioso—. Recuerda lo que te dije, Clara. Sonríe.

El joven comenzó a descender la pendiente con paso firme, perdiéndose entre el follaje hacia la biblioteca de la mansión. Clara se puso de pie rápidamente, estirando el cuello para no perder de vista su silueta. Se llevó las manos al pecho, sintiendo cómo el corazón le latía con una fuerza desconocida. Aquel encuentro había sellado su destino. Desde ese preciso segundo, y durante los doce años siguientes, su corazón quedó completamente prendado de su caballero de la colina, convirtiéndolo en el faro de todos sus pensamientos y deseos.

Mientras la pequeña Clara se quedaba en la colina con el corazón lleno de ilusiones, los pasos de Arthur lo llevaron de regreso al ala principal de la mansión. Su sonrisa se desvaneció por completo en cuanto cruzó el umbral. El ambiente en la casa principal de los Stone siempre se sentía denso, como si las paredes de caoba y los retratos de los ancestros vigilaran cada respiración para asegurarse de que nadie rompiera las reglas de la etiqueta.

Arthur buscaba a su sobrino James, de ocho años. El pequeño era su adoración y su mayor responsabilidad moral. James era el hijo de Rosemary, la amada hermana mayor de Arthur, quien un año atrás había fallecido dejando un vacío imposible de llenar. Rosemary había desafiado al clan al enamorarse y casarse en secreto con un marino mercante, un hombre de mar noble, pero sin títulos ni la fortuna que los Stone exigían. Para la alta sociedad de Chicago, aquella unión había sido un escándalo; para la Tía Margaret, una deshonra que debía enterrarse. Con el padre de James de vuelta en alta mar intentando asimilar el luto, el niño había quedado temporalmente en Lake Forest, encontrando en su tío Arthur al único aliado que lo trataba con verdadero amor filial.

Al acercarse a las pesadas puertas de roble de la biblioteca, Arthur se detuvo en seco. Las voces en el interior eran inusualmente duras. Pegando el oído a la madera tallada, descubrió que se trataba de una junta de emergencia de los adultos del clan, presidida por la gélida matriarca.

—Es la única solución viable —sentenció la voz de la Tía Margaret, resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. La presencia de James en Chicago es un peligro constante para nuestro estatus. Los rumores ya han comenzado en los clubes de Prairie Avenue. Los Cole no tienen por qué cargar con las habladurías, y los Stone menos. El niño es, a ojos del mundo, un bastardo. El fruto del error de Rosemary con ese marinero de poca monta.

Arthur apretó los puños, sintiendo cómo la rabia le subía por el pecho.

—Mañana mismo —continuó la anciana con una frialdad que congelaba la sangre—, James será enviado a un internado militar estricto en Inglaterra. Se mantendrá allí bajo estricta reserva hasta que tenga la edad suficiente para valerse por sí mismo en el extranjero. Su existencia debe ser borrada de la vida social de esta familia. Es por el bien del apellido.

La indignación superó cualquier rastro de prudencia en el joven de diecisiete años. Arthur empujó las puertas de golpe, haciéndolas chocar contra las paredes de la biblioteca. Las miradas severas de los adultos y de los abogados de la familia se clavaron en él de inmediato.

—¡No es justo! —exclamó Arthur, con la voz temblando por la furia contenida mientras caminaba hacia el centro de la sala—. ¡James es solo un niño de ocho años! Es de nuestra sangre, es el hijo de mi hermana. Su lugar está aquí, conmigo. Yo puedo hacerme cargo de él, puedo criarlo en la casa principal. No tienen por qué exiliarlo y encerrarlo en un internado al otro lado del océano como si fuera un criminal, solo para proteger sus malditas apariencias.

La Tía Margaret se levantó despacio de su sillón de terciopelo, apoyando con fuerza su bastón con empuñadura de plata contra la alfombra persa. Sus ojos grises, desprovistos de cualquier rastro de piedad, miraron fijamente a su sobrino menor.

—Mide tus palabras, Arthur —siseó la matriarca—. Solo eres un muchacho de diecisiete años que no entiende nada de la realidad del mundo. No tienes voz ni voto en este consejo. El destino de esta familia ya está trazado: el heredero universal y futuro jefe designado de todo el clan Stone es Alistair. Él ha sido educado para ello y las familias han firmado el acuerdo. Todo lo que hacemos es para asegurar que la fortuna y el honor de Alistair no se vean salpicados por los pecados del pasado. James se va. Y tú guardarás silencio.

Arthur dio un paso atrás, apretando los puños con una mezcla de furia e impotencia. Miró a los adultos de la sala, dándose cuenta de que no podía salvar a su sobrino del exilio, pero en ese mismo instante tomó una decisión que cambiaría su propio destino: no dejaría que la Tía manejara su vida, ni tampoco la de la pequeña niña que acababa de conocer en la colina. Si el clan quería centrar toda su atención en moldear a Alistair como el futuro heredero, él usaría esa falta de interés para quedarse en Chicago, estudiar bajo sus propios términos y convertirse en el protector de Clara.

Al día siguiente, bajo un cielo gris que amenazaba tormenta, un carruaje cerrado esperaba frente a la escalinata de la mansión. James, vistiendo un traje oscuro demasiado formal para sus ocho años, subió los peldaños del carruaje. Su mirada, idéntica a la de su madre, ya no tenía la inocencia de un niño; se había vuelto distante, endurecida por el rechazo de una familia que lo repudiaba.

Arthur se acercó a la ventana del carruaje, poniendo una mano sobre la del pequeño.

—Perdóname, James... No pude detenerlos —susurró Arthur, con el corazón roto.

El pequeño James miró a su tío y, con una madurez forzada por la tragedia, forzó una pequeña sonrisa desapegada.

—No es tu culpa, tío Arthur. Yo tampoco quiero estar en un lugar donde tengo que pedir perdón por existir. El mar es más grande que esta casa. Volveré con mi papá en cuanto pueda.

El carruaje arrancó, perdiéndose por el sendero arbolado de Lake Forest. Arthur se quedó allí de pie, bajo la llovizna, juró no olvidar aquella injusticia.

Cuando el carruaje de su sobrino se perdió a lo lejos, Arthur se dio la vuelta y vio a Clara a lo lejos, observando la escena con timidez desde el jardín. El joven caminó hacia la pequeña, le dedicó una sonrisa cálida y supo que, a partir de ese día, se encargaría de que nadie volviera a apagar esa sonrisa.

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