Obertura
"Omnes angeli, boni et Mali, ex virtute naturali habent potestaten transmutandi corpora nostra" (Todos los ángeles, buenos y malos tienen el poder de transmutar nuestros cuerpos) Santo Tomas de Aquino
OBERTURA
Este relato quizás te resulte demasiado melodramático, acaso excesivo en su lirismo, incluso incómodo. No me disculparé por ello. Esta es la única forma que tengo de hablar sin romperme. Y si has llegado hasta aquí, quizá haya algo en ti que también necesita oír esta historia.
Mi nombre es Luna aunque todos me llamaban Mary Lu, como aquella vieja canción no como aquel personaje de pelicula de horror. Era 1969 año en el que Neil Armstrong se convirtio en el primer hombre en poner un pie en la luna. Bueno...eso es lo que cuentan.
Los 70s para mi fueron una epoca monotona. Un mundo domestico y cerrado. La infancia se sentia como una carcel silenciosa.Y en las calles habia una austeridad latente donde el tiempo no pasaba sino que arrastraba.
Recuerdo haberme deslizado por las manos de los adultos como si fuera agua. Nunca supieron sostenerme. Nunca encontraron la forma correcta de abrazarme. Siempre era demasiado: demasiado sensible, demasiado callada, demasiado diferente.
Nadie se sentaba conmigo... no realmente. Nadie se quedaba a escuchar lo que me pasaba por dentro. A veces me miraban, pero nunca me veían. Yo quería hablar, lo juro, pero cada palabra se quedaba atorada en mi garganta como si hubiera espinas. Terminé creyendo que estaba hecha para el silencio, que eso era lo que se esperaba de mí. Un mundo entero gritándome encima... y yo sin voz.
Desde el principio, supe que algo estaba mal conmigo. No era solo el entorno; era el temblor en el aire, el filo invisible de una maldición tejida en silencio por generaciones. Vine al mundo entre sangre y fuego, justo cuando el país se devoraba a sí mismo en las entrañas de la represión y la intolerancia. Mi primer arrullo fueron las constantes discusiones de mis padres.
Los vecinos nos arrojaban huevos a la puerta. Decían que mi padre, abogado, era un soberbio porque no regalaba su trabajo, porque no podía -o no quería- defender causas de forma gratuita, ni siquiera a quienes decían no tener nada. Eso bastó para convertir la casa en un blanco. Cada impacto contra la madera era un recordatorio de que no éramos bienvenidos, de que la justicia también se castiga cuando no se reparte como limosna.
Fui criada en una casa donde el miedo era religión y el amor tenía más que ver con el castigo que con el afecto. Joe mi padre, católico devoto, se creía el oráculo de la verdad. Machista hasta los huesos, creía que las mujeres solo debían obedecer, parir y rezar. Para él, pensar era un acto peligroso. Y yo... yo siempre pensaba demasiado.
Mi madre, Marcela, era una mujer opaca, desdibujada por las decisiones que no pudo tomar. Sus ojos estaban siempre nublados por las pastillas que ocultaba en la alacena detrás de los frascos de arroz. Vivía con resentimiento y culpas heredadas. Me enseñó que la culpa era femenina, que el cuerpo era impuro, que la libertad era una amenaza. Siendo fanatica de la familia Ingalls me vistió con modestia, como si tapar mi piel evitara el pecado de existir.
Ah! si, olvide mencionar al unico hermano que tuve. Un ser insoportable al que poco a poco ire narrando.
El mundo afuera me parecía un lugar inalcanzable, lleno de colores que no podía tocar. La moda se inclinaba hacia trajes entallados y camisas de cuellos gigantes, mientras el soul y el funk llenaban los bailes comunitarios. Las niñas hablaban de cumpleaños, columpios y caramelos. Y en las iglesias hablaban sobre el diablo y las tentaciones del mundo. Yo tenía una muñeca rota y un rosario con cuentas sueltas. Creo que nunca se me permitió soñar en voz alta. Mi infancia se sentia como un invierno prolongado donde las estaciones pasaban sin dejar huella.
Recuerdo el preescolar como una serie de imágenes quebradas: sillas pequeñas color naranja, plastilina endurecida, un olor persistente a leche agria y desinfectante. Me dejaban allí como quien deja una prenda olvidada. Horas. Días enteros, quizás. Perdía la noción del tiempo en medio de otros niños que reían con bocas demasiado abiertas, que corrían como si no temieran nada. A mí me temblaban las piernas al oír una voz grave. Al ver un cinturón colgando en una percha. Al escuchar una oración.
Mi madre decía que yo era "demasiado sensible". Que debía endurecerme. Pero el alma no se endurece. Se fragmenta.Y cada fragmento encuentra su forma de gritar.
Mi primer día de escuela fue una sentencia. Caminamos hasta el viejo barrio de San Sebastián, cruzando un puente oxidado con olor a herrumbre. Las vías del tren parecían susurrar secretos de otros tiempos. Al ver la fachada del instituto, algo en mi pecho colapsó. Un pánico antiguo me asfixió. Intenté resistirme. Pero mi madre me empujó sin mirarme siquiera y murmuró entre dientes:-Camina. Que no se diga que mi hija es una cobarde.
Las paredes de la escuela rezumaban humedad. Las monjas, vestidas con sus hábitos como trajes de guerra, nos inculcaban una mezcla indigesta de temor y servidumbre. Dios era una figura ausente y colérica, que castigaba más de lo que perdonaba. La Madre Trinidad, directora del plantel, me miró desde el primer día como si hubiese nacido rota. Y quizás lo estaba. Había dos opciones con ella: o eras su amiga o su enemiga; si elegías ser su amiga el requisito era que debías ser mi enemiga. Algo que le molestaba era que yo cuestionara absolutamente todo aunque ese fuese mi modo en que yo buscara una razón para todo en mi afán por aprender para ella significaba una sola cosa desacato a la autoridad:
"¿Porque debemos orar? ¿Porque hay niños muriendo de hambre en paises como africa? ¿Si los santos eran buenos porque los castigaron? ¿porque Dios no hace nada si todo lo ve?"
Aquel edificio era un lugar enorme, bueno... así me lo parecía, con ventanas pequeñas que vibraban al paso imponente y ruidoso de la locomotora en mi mente se creaba la imagen de que eran los pasos de un gigante devora niños o de un demonio que venia por mi. Sus muros internos color rojo pero con mucha pintura que en varios sitios se chorreaba y brillaba parecido a la sangre obviamente hecho por algún novato pero el clima que creaban las paredes aunado a las características de un edificio muy antiguo como sombrío a la vez. En el patio principal había decoraciones donde la pintura se desprendia lentamente por la falta de mantenimiento y la interacción despiadada del sol, la lluvia y el viento, al centro había una enorme fuente de cantera, los bebederos dónde nos cepillábamos los dientes después del almuerzo y los nauseabundos baños. Las niñas fueron muy amables invitandome a unirme a jugar rayuela o al escondite aunque desde un principio mis diferencias eran demasiado obvias que en lugar de ayudarme integrarme pararecia que era mas facil apartarme del resto como un bicho raro comiendo un sandwich frio, galletas humedas dentro de una bolsa y un jugo tras los columpios con rastros de oxido pintados como el arcoiris viendo como los demas brincaban llantas semienterradas en el patio de juegos, hacian maniobras con un Yo-yo o bien se descalabraban.
Ahhh tantos juegos que hoy en dia ya nadie recuerda.
Pero volviendo al tema... ah! Si Malditas monjas! Le tenia mas miedo a esas brujas que a la guerra nuclear que sonaba en la radio.
Esas mujeres unas más jóvenes y amistosas que otras, todas sin excepción traían su parafernalia como símbolo de su fé; nunca estuve segura de que lo usaran por devoción o solamente formaba parte de un simbolismo institucional a pesar de la confianza que las religiosas intentaban transmitir desesperadamente, no importaba que el sol brillara encima de nosotros el ambiente siempre permanecia helado y nunca me sentí a salvó, sobre todo al termino de cada dia que como de costumbre era la ultima alumna a la que su madre recogía tenia tiempo suficiente para explorar cada rincón del lugar, analizaba cada insignificancia con todos mis sentidos con mi curiosidad en su máximo esplendor, las ilustraciones dentro de cada aula de los animales de la selva, los desniveles de las paredes que formaban diferentes rostros, la punta de los lápices de colores para ver si tenia sabor frutal, los suaves que eran los pinceles que utilizaba como mini escobas jugando a buscar huesos de dinosaurios en las jardineras, el sonido del agua en el lavamanos, tocando texturas en el baul de juguetes viejos donde guardaban disfraces y objetos perdidos que para mi era como el tesoro de un barco pirata tarde o temprano me atrapaba la Directora diciendo que dejara de usmear donde no debía asi que heme ahí aburrida contando los recuadros en el piso que parecía un tablero de ajedrez mientras las religiosas de cabello corto pasaban lista a los niños, por alguna razon me costaba prestar atencion y no escuchaba cuando me llamaban ni tampoco comprendia con que facilidad todos podian hacer amigos y para mi parecia una tarea imposible de realizar, era como si viviera en una realidad totalmente alterna a la del resto, no hablaba mucho a pesar de que comprendia a la perfeccion todo lo que me decian creo que por lo mismo me catalogaron como "tonta" simplemente por no hacer contacto visual, guardar silencio para no incomodar con mis preguntas y por sentir intolerancia ante cualquier contacto fisico.
Aunque a paso lento intentaba adaptarme a aquel lugar, se me consideraba demasiado atrasada para ir al mismo paso que el resto, y había cosas que definitivamente eran imposibles a las que acostumbrarme por ejemplo la pequeña capilla tras las aulas de clases donde a todos nos llevaban a orar en algún momento del día, era sombrio y muy poco alcanzaba a entrar la luz por los vitrales. Poner un pie sobre ese viejo tapete manchado que llevaba al enorme Cristo de madera enegresida, con expresión resignada emanando sangre de sus heridas no era algo que un niño se deleitara de ver sin embargo me causaba curiosidad y nostalgia al mismo tiempo. Recuerdo haber pasado mis pequeños dedos sobre sus pies y lo mire con la interrogante en mi rostro:¿Porque alguien haría algo tan cruel a una persona?. En ese momento tuve mi primera visión: Vi su sangre tan viva como yo misma, gota a gota de sus temblorosos pies derramarse sobre la tierra y cubrir las rocas que rodeaban la madera. Retire la mano aterrorizada expresando mi miedo que la madre superiora tomo como una falta de respeto a partir de ahi me negue a volver a entrar a aquel lugar que me aterraba con su olor a cera quemada y los retratos de martirés torturados, escenas que no se borraban de mi mente con facilidad, escuchando las alabanzas que me provocaban escalofríos, para mi era como escuchar un coro de almas en pena suplicando piedad a un tormentoso castigo que me impulsaban a cubrirme los oídos para no escuchar mas aquel doloroso sonido infernal, aquello hacia enardecer a las monjas obligándome a bajar las manos con el golpe de una bara en los brazos, infundiéndome temor con la mirada para que llorara y asi aprender a respetar la solemne eucaristía; me cuestione una y mil veces el porque se comportaban así conmigo si Dios dice que debemos amar,en ese momento deje el anonimato para ser el principal blanco de sus ataques creo que en el sorteo de enemigos de la madre superiora mi nombre había sido premiado!
No encajaba. No sabía jugar. No soportaba que me tocaran. Mi mente se fragmentaba con el ruido: el chirrido de las bancas, los rezos mecánicos, las canciones religiosas cantadas con voz temblorosa. El mundo era una agresión constante. Yo vivía dentro de una cúpula invisible. Todo dolía.
Los años siguientes fueron un desfile de abusos normalizados. Palabras como:"Incompetente.Retrasada.Malcriada."Golpes disimulados. Silencios que pesaban más que los gritos. Y cada vez que intentaba alzar la voz, alguien la enterraba bajo un rosario. Pero no era que no supiera como hablar conocia el vocabulario, de hecho tenia mis palabras preferidas y las usaba platicando mentalmente con mis muñecas, esas que cuando las recuestas cierran los ojos y su pelo huele a plastico dulce.
Y sin embargo...yo amaba la música.
No la que ponía mi padre con su copa de wisky.Yo amaba esa otra.La que no venía de la radio, sino de adentro.Esa música que emergía como una criatura salvaje desde lo más profundo de mi pecho cuando imaginaba sostener un violín entre mis brazos mas que un instrumento. Podia asegurar era un órgano vital no visible una extensión de mí misma, que si cerraba por un momento los ojos el mundo parecia desaparecer. Desde entonces, supe que mi cuerpo recordaba cosas que mi mente no podía explicar, senti una conexion con algo mas alla de mi entendimiento como si algo me llamara desde algun rincon y yo queria ir a ese lugar no importaba si era dentro de la pagina de un libro transportandome a un reino magico donde yo era un hada o talvez una de esas princesas perdidas en una tierra sombria.
Creo que la musica a formado parte de mi desde que tengo memoria, ayudandome,trasladandome a un lugar mas agradable, me reconfortaba dandole sentido a todo, como si mi cabeza fuese una constante radio encendida con la antena en su maximo alcance captando estaciones por doquier, musicalizando cada momento ya sea bueno o malo, en mi rocola mental asi que no tenia necesidad de llamar a la estacion desde una cabina telefonica para hacer una peticion especial aunque debo admitir que en ocasiones alguna basura auditiva se colaba entre mi fina coleccion de sonidos que solo podia imaginar un gran incendio para asi sacarme de la cabeza algo que no vibrara con mi esencia..
Y justo cuando crei nadie escuchaba mis plegarias surgio aquella voz que me hablo con calma. Me preguntaba cosas que nadie más preguntaba:-¿Qué soñaste anoche? ¿A qué le temes más? ¿Cual es tu helado favorito?
Sus palabras abrían portales. No enseñaba. Despertaba.
Era... ¿un maestro? ¿Un guía? ¿Un recuerdo? o ¿un angel talvez?
A veces me encontraba con libros en los rincones de la casa. Historias para niños: de aventuras, de bosques encantados, de piratas y ballenas gigantes. Yo sabia quien me los habia traido. El. No lo sabía aún, pero él no era humano.Tampoco yo del todo.
Fragmentos de algo anterior.De un alma partida. De un exilio cósmico.
Lo supe cuando durante el campamento en aquel colegio, mientras todos dormian dentro de sus sacos y yo apenas y tenia un colchoncillo viejo perteneciente a mi cuna de cuando era bebe, me levante en silencio semi dormida arrastrando una manta que mi puño sujetaba, camine por los pasillos y en la penumbra una sombra gigante susurró tocando mi frente con su mano fría:
-Tú y yo hemos sido uno antes. Un dia lo seremos de nuevo.El fuego no olvida a quien lo encendió.
-...si - Balbucee sin razonar aquellas palabras bajo una especie de hipnosis.
Desde entonces, mi vida comenzó a doblarse sobre sí misma.
Los días se volvieron borrosos. Las noches eran más reales que la vigilia.Los sueños... se poblaban de árboles negros, lagos de sangre, ruinas antiguas, un espejo roto.Mi reflejo... a veces tenía ojos que no eran míos.
Y en lo más profundo del caos,yo comencé a recordar. Porque hay sonidos que no desaparecen nunca.
No importa cuántos años pasen, siguen allí, latentes, escondidos en el sótano de la mente, esperando un resquicio para colarse en la conciencia y susurrarte al oído que no estás a salvo. Son los sonidos de la infancia enferma: puertas cerrándose con rabia, gritos amortiguados por las paredes, el golpe seco de un cinturón contra la carne desnuda.
Y entre todos esos ecos...el mío.
Mi propia voz ahogada.Mi propio llanto enterrado.Mis oraciones sin respuesta, dirigidas a un Dios que parecía mirar a través mío con un desprecio indiferente.
A veces sentía que había algo allá arriba, más allá del cielo gris y de las antenas oxidadas, algo que me observaba sin amor. Como si los días fueran páginas de un libro ya escrito por alguien que no cree en el perdón.
No sabía su nombre, pero lo sentía. Como un frío antiguo que me rozaba el cuello en la iglesia vacía, o como el sonido de una tiza arañando piedra cuando me equivocaba al rezar.
La escuela se había vuelto una extensión de la casa: otra prisión más, solo que pintada de gris. El vestido de flores que mamá elegia era tan falso como su devoción a la Virgen. Tela barata. Colores chillones. Rayas y círculos que pretendían alegría, pero que en mi cuerpo parecían luto disfrazado de primavera.
Me observaban.Siempre me observaban.
Las monjas, los niños, los adultos en la calle. Sus ojos no eran humanos: eran lupas, bisturís, agujas. El mundo me tocaba sin permiso. Cada roce, cada palabra, era una herida nueva. Aprendí a sostener el aliento cuando alguien pasaba junto a mí, a no hacer contacto visual, a vivir como una sombra paralizada.
Siempre fui una niña torpe. De esas que tropiezan con las esquinas de las mesas, que chocan con las paredes sin querer, como si mi cuerpo fuera un estorbo que no supiera habitar. Me olvidaba de todo: los libros, los recados, incluso lo que acababa de decir hacía un momento. Siempre me descubrían frotando mis dedos entre sí, rozando el pulgar contra cada uno como un tic nervioso que no podía controlar. Caminando en circulos pensando en lo que me rodeaba. Todo parecía absorberme hasta perderme. A veces me sentía como si no fuera yo la que vivíera dentro de este cuerpo. Era raro. Como si me observara desde afuera, como si fuera una extraña siguiendo cada movimiento, sin poder encajar del todo en esta piel que me tocó. Una sombra en mi propia vida.
No entendía por qué era diferente. Solo sabía que lo era.Y que eso... me condenaba.
Mi madre decía que debía aprender a comportarme. Que "la niña buena se calla, se sienta derecha y agradece". Pero yo no agradecía. Tenia miedo de crecer, de olvidar la magia de las cosas y volverme como esos adultos amargados, preocupados por cosas mundanas y superficiales.
El me hablo mientras todos corrían al recreo, yo me escondí entre las sábanas secas del cuarto de lavado porque me gustaba el olor a cloro, me hacía pensar en una pureza que nunca había tenido. Me arrimé a la pared y cerré los ojos. Entonces, lo sentí de nuevo. Una presencia. No una visión, no un fantasma. Algo más profundo. Como si alguien me hubiese mirado desde el reverso del tiempo.
No lo vi.Lo sentí.
Sus ojos... como dos clavos cruzando mi alma. Su voz no se oyó, pero me habló:
"No estás sola. El dolor es un idioma, y tú... ya sabes hablarlo."
Desde entonces, las cosas se torcieron más.Comencé a oír cosas que los demás no oían.
El crujido de los árboles afuera de la capilla.El zumbido de las veladoras apagadas.Susurros detrás del confesionario, como si las paredes supieran secretos que los humanos no podían soportar.
En los años setenta, el miedo tenía nombre y ritual. Los exorcismos y las posesiones se habian puesto de moda, como si el mal hubiera decidido mostrarse en horario estelar. La sociedad, ya de por sí supersticiosa, comenzó a ver demonios en cada grieta, en cada sombra.
La Madre Trinidad dijo que yo hablaba con el demonio.Mi madre dijo que era mi imaginacion.Papá solo golpeó la mesa.
Pero yo sabía que era algo más.Algo sagrado y maldito al mismo tiempo.