Capítulo 1. El color de las flores
-¿Blancas o color marfil?
Joshua sostenía dos catálogos abiertos sobre la mesa del comedor. En una página había un elegante arreglo de rosas blancas; en la otra, peonías color marfil acompañadas de eucalipto. Había pasado casi una hora comparando fotografías, leyendo opiniones y haciendo anotaciones con pequeños adhesivos de colores.
Frente a él, David apenas levantó la vista del portátil.
-Las dos se ven bien.
Joshua sonrió con paciencia.
-Sí, pero ¿cuáles prefieres?
David observó las imágenes apenas unos segundos.
-Las que te gusten.
La sonrisa de Joshua se mantuvo en su rostro, aunque perdió un poco de brillo.
-Bueno... entonces seguiré buscando.
-Está bien.
El sonido de las teclas volvió a llenar el apartamento.
Joshua cerró despacio el catálogo y tomó otro. Desde que se habían comprometido, seis meses atrás, aquella escena se había repetido demasiadas veces.
El menú.
Las invitaciones.
La música.
Las mesas.
Las flores.
Todo terminaba igual.
“Como tú prefieras.”
Al principio lo había interpretado como una muestra de confianza. David siempre decía que tenía buen gusto y que confiaba plenamente en sus decisiones. Era bonito... hasta que dejó de sentirse como un cumplido.
Porque una boda debía pertenecer a los dos.
No solo a uno.
-¿Qué te parece si ponemos centros de mesa altos? -preguntó de nuevo, intentando involucrarlo.
-Si a ti te gustan.
Joshua respiró hondo.
-¿Y si son bajos?
David apartó por fin la vista de la pantalla y lo miró con una pequeña sonrisa.
-Joshua...
-¿Sí?
-Cualquier opción que elijas va a ser bonita.
Joshua sonrió otra vez.
-Gracias.
Pero esa respuesta tampoco era la que esperaba.
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Dos días después visitaron el salón donde celebrarían la recepción.
Joshua caminaba de un lado a otro con una emoción difícil de ocultar.
-Aquí estaría la pista de baile.
Señaló el centro del enorme salón.
-Las mesas irían alrededor... y la mesa principal estaría frente al ventanal.
El encargado asentía mientras tomaba notas.
David lo seguía con las manos dentro de los bolsillos.
-¿Qué opinas? -preguntó Joshua.
David observó el lugar.
Era amplio.
Elegante.
Con un jardín precioso al fondo.
-Me gusta.
Joshua esperó unos segundos.
-¿Qué es lo que más te gusta?
David parpadeó.
-Todo.
-¿Algo en especial?
Él sonrió con cierta incomodidad.
-No sé...
El techo es bonito.
Joshua soltó una risa.
No porque le hubiera hecho gracia.
Sino porque necesitaba reír para no sentirse decepcionado.
El encargado intervino.
-Podemos adaptar la decoración al estilo que prefieran.
Joshua volvió a mirar a David.
-¿Moderno o clásico?
-El que tú quieras.
Aquella respuesta cayó como una pequeña piedra dentro de su pecho.
No dolía demasiado.
Pero empezaba a acumularse.
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Aquella noche cenaron comida china sentados en el sofá.
Era una costumbre que mantenían desde que comenzaron a vivir juntos.
David apagó el televisor durante la publicidad.
-Hoy te veías muy feliz.
Joshua sonrió.
-Me encantó el salón.
-Se nota.
-¿De verdad te gustó?
-Claro.
-No pareció.
David frunció ligeramente el ceño.
-¿Por qué dices eso?
Joshua jugó con los palillos.
-Porque siento que todo te da igual.
Hubo unos segundos de silencio.
David dejó el vaso sobre la mesa.
-No me da igual.
-Entonces ayúdame a decidir.
-Lo hago.
Joshua levantó la mirada.
-¿Cómo?
-Confío en ti.
Joshua bajó la vista otra vez.
-A veces no necesito que confíes en mí.
David esperó.
-Necesito que participes.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.
David tardó unos segundos en responder.
-Pensé que era lo mismo.
Joshua negó con una pequeña sonrisa.
-No lo es.
David asintió despacio.
-Lo intentaré.
Joshua quiso creerle.
De verdad quiso hacerlo.
Porque conocía a David desde hacía cuatro años.
Sabía que era un hombre bueno.
Responsable.
Paciente.
Nunca olvidaba cargar gasolina si él tenía que usar el coche al día siguiente.
Siempre dejaba café preparado antes de salir temprano al trabajo.
Le enviaba un mensaje cada vez que llegaba a una reunión importante para avisarle que había llegado bien.
Nunca olvidaba comprar su chocolate favorito cuando iba al supermercado.
David lo amaba.
Joshua nunca había dudado de eso.
Lo que empezaba a dudar era si David deseaba casarse con la misma ilusión con la que él lo hacía.
Y esa diferencia, por pequeña que pareciera, comenzaba a doler más de lo que estaba dispuesto a admitir.
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Esa noche, cuando David ya dormía, Joshua abrió el cajón de su escritorio.
Sacó un cuaderno de tapas azules.
En la primera página había escrito meses atrás:
Nuestra boda.
Pasó lentamente las hojas.
Había dibujos.
Presupuestos.
Fotografías.
Ideas para los centros de mesa.
Canciones.
Recuerdos de su primera cita.
Una lista con las comidas favoritas de David para elegir el menú.
Incluso una nota escrita en una esquina:
“Nada con nueces. Sigue siendo alérgico, aunque diga que ya no es para tanto.”
Sonrió con ternura.
Luego tomó un bolígrafo.
En la página correspondiente a las flores escribió una única frase:
“Todavía no sé cuáles elegir.”
Después de unos segundos añadió otra, con una letra mucho más pequeña.
“Ojalá algún día deje de sentir que estoy organizando esta boda yo solo.”
Cerró el cuaderno con cuidado para no despertar a David.
Lo guardó en el cajón.
Apagó la lámpara.
Y, antes de acostarse, miró durante unos instantes el anillo que brillaba en su mano izquierda.
Siempre había imaginado que preparar su boda sería una experiencia compartida.
Aún faltaban tres meses para el gran día.
Todavía había tiempo para que las cosas cambiaran.
Eso fue lo que se repitió antes de cerrar los ojos.
Porque, en el fondo, seguía creyendo que caminarían juntos hasta el altar.
Aunque, por primera vez desde que se comprometieron, sintió que él llevaba varios pasos de ventaja... mientras David parecía caminar sin darse cuenta de la distancia que comenzaba a separarlos.








