Capítulo 1 • El vecino del 304
Nunca imaginé que mi vida cambiaría por culpa de una alarma contra incendios.
Tres meses atrás era un estudiante universitario común. Me preocupaban los exámenes, las entregas de fin de semestre y llegar a tiempo a mi trabajo de medio tiempo en una cafetería. Lo más complicado de mi vida era decidir si comprar ramen instantáneo o ahorrar ese dinero para el transporte de la semana.
Ahora mi mayor preocupación era criar a un niño de cuatro años.
La muerte de mi hermana había sido tan repentina que apenas tuve tiempo de comprender lo que estaba ocurriendo. En cuestión de días, los papeles del hospital se convirtieron en documentos legales, y antes de darme cuenta ya era el tutor de Leo.
No me arrepentía.
Jamás podría hacerlo.
Pero había noches en las que el peso de aquella responsabilidad me aplastaba el pecho.
Miré el reloj de la cocina.
Las siete de la tarde.
—Leo, la cena estará lista en cinco minutos —anuncié.
—¡Está bien! —respondió desde la sala.
Sonreí.
Al menos hoy parecía de buen humor.
Abrí el refrigerador y contemplé su contenido.
Dos huevos.
Una cebolla.
Medio paquete de salchichas.
Y un arroz que, según internet, era “imposible de echar a perder”.
—Bueno... ¿qué tan difícil puede ser?
Treinta minutos después descubrí la respuesta.
Muchísimo.
El humo comenzó a salir de la olla mientras yo agitaba el arroz desesperadamente.
—¡No, no, no!
Intenté apagar la estufa.
Demasiado tarde.
¡Piiiiii!
La alarma del departamento comenzó a sonar con una fuerza ensordecedora.
Leo apareció corriendo con un dinosaurio de peluche entre los brazos.
—¿Otra vez?
Agaché la cabeza.
—...Otra vez.
El pequeño suspiró como si cargara con décadas de experiencia.
—Creo que eres malo cocinando.
—Gracias por tu sinceridad.
—De nada.
Abrí las ventanas mientras agitaba una toalla para sacar el humo.
Cinco minutos después, cuando el ruido finalmente cesó, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes secos.
Mi corazón dio un vuelco.
—Ya voy.
Al abrir, me encontré con un hombre alto de expresión tranquila.
Cabello negro perfectamente peinado.
Gafas rectangulares.
Suéter azul marino sobre una camisa celeste.
Y entre sus manos...
...una olla.
Nos observamos durante unos segundos.
—Hola... —saludé con cierta vergüenza.
Él desvió la vista hacia el humo que aún escapaba por la ventana.
—Se incendió otra vez.
No sonó como una pregunta.
—Fue un pequeño accidente.
Levantó una ceja.
—El tercero esta semana.
Quise desaparecer.
—Lo siento mucho si hice ruido.
Él guardó silencio unos segundos antes de extender la olla.
—Preparé estofado de más.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Puedes quedártelo.
Negué enseguida.
—No, no puedo aceptar eso.
—Entonces tendré que tirarlo.
Miré la olla.
Luego mi cocina.
Después el arroz carbonizado.
La decisión fue bastante sencilla.
—...Gracias.
El hombre asintió.
—Adrián.
—¿Qué?
—Mi nombre.
—Ah... Yo soy Gael.
Antes de que pudiera decir algo más, una pequeña cabeza apareció detrás de mis piernas.
Leo sujetaba a su dinosaurio con fuerza mientras observaba al desconocido.
Adrián se agachó hasta quedar a su altura.
—Hola.
Leo no respondió.
Lo examinó durante unos segundos con absoluta seriedad.
Entonces dio un paso al frente.
Y otro.
Hasta quedar justo frente a él.
—¿Tú eres el señor que siempre sale muy temprano?
Adrián pareció sorprendido.
—Sí.
—¿Y también el que lee en el balcón?
—También.
Leo asintió satisfecho.
—Te ves menos serio de cerca.
No pude evitar cubrirme la cara con una mano.
—Leo...
—¿Qué?
—No puedes decir eso.
Adrián soltó una risa baja.
La primera expresión diferente que veía en su rostro.
—No se equivoca.
Leo sonrió.
Después, sin previo aviso, levantó ambos brazos.
—¿Me cargas?
Abrí los ojos como platos.
—¡Leo!
Esperaba que Adrián rechazara la petición.
Después de todo, era un completo desconocido.
Sin embargo, él dudó apenas un instante antes de levantar al pequeño con cuidado.
Leo acomodó la cabeza sobre su hombro con total naturalidad.
Como si lo conociera desde siempre.
Los tres permanecimos en silencio.
—Vaya... —murmuré.
Adrián observó al niño, que ya parecía completamente relajado.
—Creo... que le agrado.
—Eso parece.
Leo levantó la cabeza para mirarlo.
—Hueles rico.
Me llevé una mano a la frente.
—Perdón, todavía no aprende que algunas cosas solo se piensan.
—No importa.
—¿Qué hueles? —preguntó Leo con curiosidad.
Adrián olió distraídamente el cuello de su suéter.
—Supongo que al jabón.
—No.
El pequeño negó con energía.
—Hueles como cuando llueve y luego sale el sol.
Por primera vez vi a Adrián quedarse sin palabras.
Después de unos segundos, sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Discreta.
Pero suficiente para cambiar por completo su expresión.
—Es un cumplido muy original.
—Siempre digo la verdad.
Lo decía con tanta convicción que ambos terminamos riendo.
Hacía semanas que no escuchaba una risa llenar el departamento.
Y, por primera vez desde que llegamos al edificio, aquel lugar dejó de sentirse tan vacío.
Adrián dejó la olla sobre la mesa antes de acomodar nuevamente a Leo en el suelo.
—Deberían cenar antes de que se enfríe.
—En serio... gracias por esto.
—No fue nada.
Se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, volvió la cabeza apenas un poco.
—Departamento 304.
Fruncí el ceño.
—¿Perdón?
—Si vuelves a incendiar la cocina...
Sus labios dibujaron una leve sonrisa.
—...toca mi puerta antes de que la alarma despierte a todo el edificio.
Lo vi alejarse por el pasillo hasta desaparecer tras la puerta marcada con el número304.
Cerré lentamente.
Leo tiró de mi pantalón.
—¿Podemos invitar al vecino a comer algún día?
Miré el estofado que aún desprendía un aroma delicioso.
Luego el arroz completamente negro que seguía dentro de la olla.
Solté una carcajada.
—Primero tendré que aprender a cocinar.
Leo sonrió de oreja a oreja.
—Entonces tendremos que verlo muy seguido.
En ese momento no lo sabía.
Pero el vecino del 304 estaba a punto de convertirse en la persona más importante de nuestras vidas.








