Prólogo
EL DÍA QUE TODO CAMBIÓ
Tenía nueve años cuando comenzó la guerra.
Aunque, si le preguntas a mi madre, la guerra había comenzado mucho antes.
Solo que nosotros aún no lo sabíamos.
Aquella mañana todo era común. No había nada en especial.
Mi madre preparaba el desayuno en la cocina.
Mi padre leía el periódico sentado junto a la ventana.
Y yo estaba tratando de convencer a mi hermano de que me diera su último trozo de pan.
—Es mío —dijo.
—Pero tú ya comiste.
—Este es el mío.
—Mamá.
Mi madre ni siquiera se giró.
—Compartan.
—Él no quiere.
—Entonces quédate sin pan.
Eso hizo que dejara de discutir inmediatamente.
Mi hermano me miró con una sonrisa.
Lo odiaba cuando hacía eso.
Ahora, cuando recuerdo aquella mañana, me cuesta entender cómo podíamos preocuparnos por algo tan pequeño.
Un trozo de pan.
Una discusión entre hermanos.
Quién se sentaba en qué lugar.
No sabíamos que, muy pronto, un trozo de pan dejaría de ser algo que podíamos discutir.
Se convertiría en algo por lo que esperaríamos durante horas.
A veces, durante días.
Pero esa mañana todavía no lo sabíamos.
Mi padre pasó una página del periódico.
El sonido hizo que mirara hacia él.
No parecía estar leyendo.
Solo sostenía el periódico frente a su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó mi madre.
Mi padre no respondió.
Ella dejó de mover la cuchara.
—¿Qué dice?
Mi padre bajó lentamente el periódico.
—Nada.
Mi madre lo miró.
No le creyó.
Yo tampoco.
Pero todavía no sabía por qué.
Mi padre encendió la radio.
La voz que salió de ella era seria.
Demasiado seria.
Hablaba de Alemania.
De Polonia.
De soldados.
De una invasión.
No entendía lo que significaban aquellas palabras.
Para mí, Alemania era un lugar que aparecía en los mapas de la escuela.
Polonia era otro nombre que había escuchado alguna vez.
Y los soldados eran hombres que aparecían en las fotografías del periódico.
Nada más.
No sabía que había personas que estaban abandonando sus casas.
No sabía que había familias escondiéndose.
No sabía que miles de personas estaban a punto de perderlo todo.
Solo sabía que mi madre había dejado de preparar el desayuno.
Y que mi padre había dejado de mirar a mi madre.
Entonces la radio se apagó.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Nadie respondió.
—¿Qué pasa?
Mi padre dobló lentamente el periódico.
—No es nada, hijo.
Fue la primera vez que mi padre me mintió sobre la guerra.
Aunque entonces todavía no sabía que era una mentira.
Esa noche cenamos como siempre.
O al menos eso intentamos.
Mi hermano volvió a quejarse de que yo tenía más comida que él.
Mi madre le dijo que no se quejara.
Mi padre permaneció en silencio.
Yo no entendía por qué todos estaban tan callados.
Afuera, la calle seguía siendo la misma.
Las mismas casas.
Las mismas ventanas.
La misma panadería en la esquina.
La misma calle por la que pasaba todos los días para ir a la escuela.
No sabía que, al día siguiente, algo habría cambiado.
A la mañana siguiente, cuando salí de casa, había una bandera que no estaba allí el día anterior.
Y por primera vez, vi a los soldados.
No sabía quiénes eran.
No sabía por qué estaban allí.
Solo recuerdo que mi madre me llamó desde la puerta.
Y cuando me giré para mirarla, tenía miedo.
Fue la primera vez que vi miedo en los ojos de mi madre.
Y fue entonces cuando comprendí algo.
Aunque todavía no sabía qué era una guerra…
La guerra ya había llegado a casa.








