Prólogo
Dicen que los sueños son solo un reflejo de lo que vivimos, un revoltijo de recuerdos y deseos que la mente procesa mientras descansamos. Pero, ¿qué pasa cuando lo que sueñas se siente más real que tu propia vida? ¿Y qué pasa cuando el rostro al que te aferras todas las noches pertenece a un extraño con el que compartes silencios absolutos?
Para mí, las noches eran el único escape. Un laberinto silencioso de bruma donde las burlas del instituto, el peso del rechazo y el desprecio absoluto de Kian no existían. En ese espacio prohibido, entre sombras y miradas indescifrables, lo encontraba a él. Zack. Un chico de cabello revuelto y presencia pesada que, al igual que yo, parecía buscar una salida en medio de la nada.
Nunca nos habíamos dicho una sola palabra. Jamás cruzamos saludo alguno. Solo nos veíamos a la distancia, atrapados en el mismo limbo nocturno, sabiendo que el otro compartía la misma condena. Y aun así, esos silencios compartidos me hacían sentir viva, protegida de un mundo que solo sabía señalarme y destrozarme cada mañana.
Pero los sueños siempre terminan.
El maldito despertador suena a las seis de la mañana, devolviéndome de golpe a las frías y crueles paredes de la realidad: a la furia de Nadia, dispuesta a destruirme por cruzarme en su camino con Kian, a las risas crueles y al desprecio del chico por el que mi corazón sigue estúpidamente suspirando.
Aquí afuera, en el mundo real, estoy completamente sola, rota y atrapada en un ciclo de humillaciones.
Lo que no sabía, y lo que ninguna pesadilla pudo advertirme, es que hay fronteras que están destinadas a romperse. Y cuando los mundos colisionen, el dolor de la realidad y el misterio de lo prohibido están a punto de chocar de frente.








