Capitulo 1: Normas de trabajo.
Una habitación permanecía a oscuras mientras un reloj analógico marcaba las tres de la mañana.
Por la ventana se alcanzaba a ver la calle iluminada, por donde cruzaba un perro solitario.
—¿Estás segura de que es aquí? —susurró una voz masculina con un marcado acento alemán.
—Muy segura. Ahora, métete a la caja —respondió una voz femenina con el mismo acento, seguida por el crujido de la cinta adhesiva y un golpe seco que provocó un quejido.
—Cállate o la misión va a fallar —murmuró ella, justo cuando se escucharon unos pasos y el chirrido de una puerta al abrirse.
Los pasos continuaron hasta que la caja cayó al suelo, provocando un quejido de la voz femenina.
—¿Qué pasó? —preguntó la otra voz, amortiguada por el cartón y el poliestireno que rellenaban la caja.
—Me caí —se quejó ella.
En ese momento, una de las puertas se abrió. Un hombre salió y miró la caja en el suelo; luego desvió la mirada hacia un lado, donde se encontraba la chica. El hombre sujetó la caja y la levantó.
—¿Estás bien? —preguntó él, observándola. La luz del lugar rebotaba en el cabello dorado de la joven.
Ella se puso de pie mientras se acomodaba el uniforme y el sombrero.
Al tomar la caja de vuelta y mirar al hombre, una lengua larga y bífida asomó de la boca de este por un instante, mientras sus ojos amarillos brillaban levemente.
—Este... sí, yo... yo estoy bien —contestó, comenzando a caminar a paso apresurado mientras sus mejillas se teñían de rojo por la vergüenza.
—Oye… ¿acaso no sabes caminar? —susurró la voz desde el interior de la caja.
—Cállate… No me he acostumbrado a un cuerpo así desde hace años —murmuró ella antes de detenerse frente a una puerta.
Contempló su uniforme, asintió para sus adentros y sostuvo firmemente la caja.
Detrás de la puerta todo estaba a oscuras, excepto por el resplandor de una pantalla que mostraba un correo electrónico abierto.
—Mierda, no… —dijo una voz femenina frente al monitor. Estaba sentada mirando el correo, y de inmediato comenzó a teclear con furia.
En ese instante, el timbre sonó. El tecleo se detuvo en seco y ella volteó a ver el reloj analógico.
—¿Quién mierda toca a las tres de la mañana? —murmuró.
Se escuchó el arrastre de una silla seguido de unos pasos apresurados. Ella agarró la cortina y la recorrió para espiar hacia la calle.
—¿Boxli…? ¿Quién mierda hace entregas a esta hora? —dijo al ver la camioneta de paquetería estacionada afuera.
En eso el timbre volvió a sonar.
Unos pasos resonaron dentro de la casa. Afuera, la chica rubia esperaba con una sonrisa mientras tamborileaba los dedos sobre el cartón.
—No hagas eso, es molesto —dijo la voz desde el interior de la caja.
Ella soltó un suspiro.
—Cállate. ¿Qué tal si sale ahora mismo y te escucha? —murmuró algo irritada.
En ese momento, la puerta se entreabrió. La chica rubia se puso firme y clavó la mirada en la abertura, topándose con unos ojos rojos.
—Hola, entrega para… —Ella revisó la tablilla que sostenía sobre la caja—. Para la señorita Valentina.
—Yo no ordené nada —respondió la voz detrás de la puerta, intentando cerrarla de golpe, pero la repartidora interpuso el pie justo a tiempo.
—Pero es para usted. Por favor, no puedo regresar con paquetes a la oficina —suplicó la rubia.
Los ojos rojos la escanearon un instante antes de abrir la puerta por completo. Una joven se plantó en el umbral sosteniendo un cuchillo de cocina.
«Me va a apuñalar», pensó la rubia, comenzando a temblar.
—Es... este... una entrega... —tartamudeó, muerta de nervios.
La chica rubia clavó la vista en la chica de la puerta, fijándose en las orejas largas y puntiagudas que rozaban el marco de la puerta.
Oye, elfa, mira: yo no pedí nada y no estoy esperando nada —sentenció la chica de la puerta, clavando la vista en la repartidora,
Las largas orejas de la repartidora temblaron de nervios. La chica rubia no dijo nada; se limitó a mirar a Valentina, bajando la vista hacia el cuchillo antes de volver a mirarla a los ojos.
—No te voy a apuñalar, si es eso lo que te pone nerviosa —dijo Valentina, relajándose un poco al notar el miedo de la repartidora.
—No… este… no era por eso —mintió ella con nerviosismo. Luego, acercó la caja hacia Valentina.
—Ya te dije que yo no pedí nada —repitió Valentina, apartando el paquete con una mano.
—Pues aquí aparece su dirección y su nombre… ¿Qué tal si es un regalo de alguien? — La repartidora revisó rápidamente la tablilla antes de apoyar la caja en el suelo.
— Aquí dice que contiene un conejo de peluche —añadió, sosteniéndole la mirada.
Valentina contempló el paquete un momento.
—Es muy grande para ser un peluche —comentó, volviendo a clavar sus ojos rojos en la repartidora.
—Tal vez es de esos osos gigantes, o puede que traiga más cosas dentro —respondió la elfa, encogiéndose de hombros.
Valentina se agachó para revisar la etiqueta de envío. Soltó un suspiro, levantó el cuchillo y, de golpe, apuñaló la caja.
Al sacar la hoja del cartón, examinó el filo con atención. La repartidora se tensó por completo al ver la escena.
—Está bien, acepto la entrega —dijo Valentina, extendiendo la mano libre.
La elfa le entregó la tablilla a toda prisa. Valentina firmó y cargó la pesada caja.
—¿Le puedo tomar una foto? Es solo como evidencia para el sistema —pidió la elfa, sacando su celular.
Valentina asintió sin ganas. La repartidora capturó la imagen y comenzó a retirarse por el pasillo del departamento a paso apresurado.
Valentina observó a la elfa alejarse por el pasillo. Luego, tomó la caja, entró al departamento y cerró la puerta con llave.
Caminó hacia la mesa del comedor, dejó el paquete encima y fue a encender la luz. Al regresar, comenzó a arrancar la cinta adhesiva con cuidado.
—Veamos qué es esto… —murmuró Valentina. Metió las manos en la caja y extrajo un peluche de conejo bastante grande, acomodándolo sobre la mesa.
—Pues sí era un peluche… aunque uno bastante extraño —comentó para sí misma.
Se quedó mirando el diseño: el conejo llevaba puesto un chaleco negro, del cual brotaba una cola que se dividía marcadamente en dos.
Valentina volvió a registrar el fondo de la caja para asegurarse de que no quedara nada más.
Al terminar, dejó el cartón vacío en el piso y contempló lo que había descubierto.
Sobre la mesa descansaban una zanahoria de juguete y el enorme conejo de pelaje blanco con manchas negras.
—¿Quién demonios envía peluches a estas horas? —suspiró, cruzándose de brazos. Valentina se dio la vuelta, apagó la luz principal y caminó de regreso hacia la computadora.
El conejo permanecía recostado sobre la mesa. Ahora, la habitación solo quedaba iluminada por el tenue resplandor que entraba a través de la ventana.
De repente, el conejo parpadeó. Miró con cuidado hacia ambos lados, soltó un suspiro de alivio y se puso de pie sobre sus patas traseras.
Se acercó a la zanahoria de peluche, la sujetó con fuerza de los extremos y tiró de ella.
La zanahoria se abrió por la mitad, revelando un par de agarraderas y desplegando una pantalla holográfica brillante.
El conejo presionó rápidamente un par de botones en la interfaz digital; de inmediato, una pistola y un cigarrillo aparecieron a su lado.
El conejo juntó de nuevo las dos piezas de la zanahoria y las dejó sobre la mesa.
Tomó el cigarrillo, se lo colocó en la boca y luego empuñó la pistola. Finalmente, levantó un dedo, del cual brotó una pequeña llama con la que encendió el tabaco.
El conejo sacudió la pata para apagar la pequeña llama. En ese instante, un sombrero apareció sobre su cabeza, decorado con una escarapela dorada en forma de zanahoria que brillaba bajo la tenue luz.
Recorrió la habitación con la mirada y saltó hacia una de las alacenas. Agarró un vaso de cristal y lo arrojó con fuerza contra el piso.
El objeto estalló en mil pedazos. Desde la otra habitación, se escuchó el golpe de la silla al caer y el eco de unos pasos apresurados.
Valentina apareció de golpe en el umbral de la puerta. El conejo la apuntó directamente con su arma en cuanto ella entró a la cocina.
Ella se quedó helada, contemplando al conejo de sombrero que la encañonaba. Un maullido agudo rompió el silencio en ese preciso instante.
El conejo volteó con rapidez hacia el origen del ruido, descubriendo que un gato negro lo observaba fijamente desde lo alto del refrigerador.
—Mierda —murmuró el conejo, revelando un marcado acento alemán en su voz.
El gato lo observó fijamente, ladeó la cabeza y saltó del refrigerador hacia la alacena.
—Ni lo pienses —le advirtió el conejo sin bajar el arma. El felino desvió la mirada hacia Valentina y luego volvió a clavarla en el intruso.
De repente, el gato soltó un gruñido bajo mientras un tercer ojo se abría de par en par en su frente.
El ojo comenzó a brillar con un destello extraño, obligando al conejo a apartar la vista de inmediato.
Valentina aprovechó la distracción y sonrió. Levantó las manos y materializó una esfera blanca resplandeciente que arrojó al centro de la habitación.
Al impactar contra el suelo, el artefacto estalló, liberando una densa cortina de humo.
El conejo intentó enfocar, pero la neblina le dificultaba por completo la visión.
Apuntó a ciegas hacia todas partes, desesperado, hasta que un par de ojos rojos y brillantes titilaron entre la humareda justo frente a él.
Antes de que pudiera reaccionar, Valentina arremetió contra él, le sujetó la muñeca con fuerza y le arrebató la pistola de un tirón.
—¿Quién mierda eres? —exigió ella, encañonándolo sin titubear.
El gato se posicionó de inmediato al lado del conejo con el ojo de la frente ya cerrado, vigilando atentamente cada uno de sus movimientos.








