Carne De La Orilla by QuimBoix at Inkitt
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Carne de la Orilla

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Summary

El mar lo abandonó en la orilla siendo un bebé. Criado entre el humo que ahoga a su única madre, Ean solo escucha las promesas de su hermano: "Una vida mejor nos espera", dice Ruar con mirada fija hacia arriba. Pero hay diferencias que Ean no puede arrancarse de la cabeza. En Lomas de Sal, donde la sangre pesa y el coraje mata, deberá descubrir qué es realmente... antes de que su sangre decida por él. ¿Héroe o monstruo? La sangre siempre elige.

Genre
Fantasy
Author
QuimBoix
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

La Marca

Algo cayó desde lo alto, y ninguno de los dos alzó la vista. No hacía falta.

Un par de niños corrieron antes de que el líquido marrón terminara de extenderse sobre la piedra blanca, tiñéndola con esa mancha que ya formaba parte del paisaje. El sonido fue breve, húmedo, casi cotidiano.

—Tú siempre eras el primero en meter las manos para rebuscar —dijo Ruar con una sonrisa leve, apoyado en la pared encalada.

Ean guardó silencio. Recordó, como si fuera ayer, la urgencia con la que corría tras cada desecho precipitado desde los pisos superiores. Metía la mano sin mirar, impulsado por la posibilidad. A veces el gesto se le detenía cuando el olor de cada amalgama apestosa, caída de las letrinas sobre sus cabezas, le cerraba la garganta.

—Con una simple moneda ya estábamos contentos —añadió Ruar, dejando escapar una breve carcajada.

—Lo mismo que ahora —respondió Ean mientras se levantaba.

Se acercó a los niños, que apresuraban la búsqueda con movimientos torpes. Ean se agachó junto a ellos.

—¿Algo interesante, chicos?

—Nada, nada —dijeron nerviosos, sin sacar aún las manos del marrón tibio.

Ruar se detuvo frente a ellos, interceptándolos.

—A ver qué traéis aquí.

Con un gesto rápido y seco abrió las manos del mayor. La moneda apareció entre la suciedad.

—Mira qué tenemos aquí.

La alzó hacia la luz. La plata relució con fuerza, un destello inesperado en el fondo del acantilado blanco.

El niño bajó la mirada y cerró los puños vacíos contra el pecho.

Ean se acercó despacio y se agachó hasta quedar a su altura.

—Mir, ¿verdad?

El niño levantó la vista un instante y asintió con timidez.

No tardó en bajar los ojos hacia las manos de Ean, fijando la vista por un segundo en los pliegues de su piel, justo donde se unían sus dedos.

Ean sonrió con naturalidad.

—Son raras, ¿eh? Pero debajo del agua van de maravilla.

Mir dudó un instante antes de apartar la vista.

—Ya hablaré con mi hermano. Intentaré que te devuelva la moneda.

El niño no respondió.

—Y cuando quieras, te enseñaré a nadar.

Esta vez Mir asintió esbozando una sonrisa pequeña.

Ean le revolvió el pelo con suavidad antes de echar a correr para alcanzar a Ruar.

—Vamos —ordenó Ruar.

—No hacía falta que fueras tan brusco —dijo Ean, sin elevar la voz.

Ruar lo miró con intensidad; en sus ojos azules no había burla.

—Te pareces a Madre siempre compadeciéndote de los demás.

Ean echó la vista atrás. Las pequeñas casas de madera, medio vencidas por el oleaje del mar, seguían cubiertas de excremento. La marea no limpiaba nada allí abajo.

—Algún día estaremos arriba —dijo.

Ruar sonrió. Tal vez Ean.Ean tomó el primer escalón de madera, siguiendo el paso seguro de Ruar. Este señaló el estrecho puerto de madera, pegado a las laderas del acantilado blanco, donde el agua salada corría entre las tablas.

Apoyándose sobre una red vieja Ean murmuró:

—Lo mismo de siempre, ¿no?

Ruar giró la moneda entre los dedos y respiró hondo, oliendo el pescado fresco. —Lo mismo de siempre —respondió.

Ean se descalzó y miró sus pies extraños, con membranas entre los dedos hechas para el agua.

Un estruendo le rugió desde el estomago, disipando el pensamiento y rapidamente se echo al agua fria.

El frío no le molestaba; mojarse era parte de su naturaleza. desde el agua cada paso de Ruar resonaba en la madera.

Vio el bote cargado de peces. Solo tenía que esperar el momento adecuado.

Lo había hecho antes. Muchas veces. Ruar distraía a los pescadores y él hacía el resto. Era sencillo. Siempre lo era. Y aun así, cada vez que esperaba bajo el agua, el corazón le golpeaba con la misma fuerza.

Ruar se detuvo frente al bote.

Durante un instante no ocurrió nada.

Entonces la moneda cayó sobre la madera. El sonido de la plata contra las tablas fue pequeño, pero en el puerto pareció un grito.

Los pescadores giraron la cabeza. Vio manos endurecidas por las redes y rostros quemados por el sol lanzarse hacia el brillo.

Ruar sonrió, esperó un segundo más de lo necesario y recuperó la moneda antes de que alguien pudiera arrebatársela.Las voces y la confusión eran la distracción perfecta.

Nadie vigilaba las redes.

Sus dedos se tensaron alrededor de la cuerda. Cada pez que arrastraba era un bocado menos para alguien más, pero no podía detenerse. Pensó en el caldero de Madre. En los niños esperando una comida caliente.

Esa imagen impulsó el batir silencioso de sus pies palmeados entre las aguas oscuras. El hambre le acompañaba en cada brazada mientras regresaba a casa.

Sacó las redes, solo quedaba esperar.

Al rato apareció Ruar, con la cabeza alta y el cabello carmesí ondulando al viento. Ean no pudo apartar la vista de aquel rojo encendido, el mismo que llevaban todos en Lomas de Sal.

Rojo como fuego.

Rojo como pertenencia.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Ean, señalando la ceja abierta por un golpe reciente.

Ruar mostró una pequeña bolsa de monedas.

—Como la seda —dijo, satisfecho del caos que había sembrado.

—Díselo a tu ceja —replicó Ean, soltando una carcajada.

Ruar resopló. Luego rieron los dos, sentados a la orilla del mar. Desde allí miraban hacia arriba, hacia el acantilado de enfrente y sus casas colgadas.

—Esta vez llenaremos más barrigas que nunca —dijo Ean.

—Llegará el día en que no les faltará comida. Podremos traerles cuanto queramos —respondió Ruar—. Iremos más alto que cualquiera de esas casas.

Ean observó las luces lejanas en lo alto del acantilado.

—Quizá alguien de allí arriba sepa decirme qué soy.

Ruar no respondió. Solo sonrió y le revolvió el pelo negro.

Ean volvió a mirar el contraste entre ambos. El negro salpicado de rojo frente al carmesí puro de su hermano. En Ruar, el rojo era una herencia. En él, una pregunta.

—¿Cómo conseguiste las monedas?

—Suerte.

—¿Suerte?

—Dos pescadores peleándose por una moneda. A veces el mundo se pone de nuestro lado.

Ean asintió.

—Vamos a enseñarle la pesca a Madre.

Ruar sonrió. Caminaron apenas unos pasos hasta la vieja casa de madera, encajada en un rincón del acantilado.

Ean alzó la vista. Más arriba estaban las casas de los más pudientes. Y por encima de todas, el castillo real, en la cima, uniendo ambos acantilados como un puente.

Parecía estar cerca. Pero siempre había vivido demasiado lejos.

—Traemos cena —anunció Ruar.

Los niños comenzaron a acercarse. Algunos eran huérfanos. Otros ni siquiera tenían un nombre que alguien recordara. En las casas vecinas, igual de ruinosas y salpicadas de excremento, se asomaron padres escuálidos y madres temerosas.

Su madre salió también, atraída por las voces.

—Mira, Madre. Hoy sí que traemos comida —dijo Ean, arrastrando las redes.

Ella le dedicó a Ean una sonrisa dulce, pero enseguida miró al mayor.

—No deberíais hacer esto. Es muy arriesgado.

Ruar, orgulloso, tomó las redes y las alzó para que todos las vieran.

—¡Hoy hay cena para todos!Todos se acercaban a recibir su comida. Manos pequeñas se extendían con hambre, pero también con miedo a pedir demasiado. Solo uno de los niños los miraba desde lejos, se negaba a pedir comida a los mismos chicos que le habían robado.

Ruar se inclinó hacia él.

—No pongas esa cara. Aquí está tu moneda.

El niño apretó la moneda en la mano. Durante un instante pareció querer devolverla, pero sus dedos se cerraron con fuerza.

—Te dije que te la devolvería —dijo Ean, sonriéndole.

—Ven, Ean —llamó Madre—. Dame algunos peces. Los prepararemos para estos niños huérfanos.

—Claro.

Con el caldero apoyado junto al fuego, Madre comenzó a quitar las escamas. El sonido seco del raspado se mezclaba con el murmullo del mar.

—Deberías tener cuidado —dijo con voz baja—. No hagas caso siempre a Ruar.

—La gente lo necesita. Y él es mi hermano. ¿Qué harían si no les trajésemos nada?

Madre negó lentamente.

—Sé que lo necesitan. Y sé que tenéis buena intención. Pero es arriesgado.

—Por el agua no pueden alcanzarme —respondió Ean, con una confianza casi infantil.

Madre sonrió ante su entusiasmo, aunque la preocupación no se le borró del todo.

Ruar se acercó entonces.

—Madre, voy un momento al nivel superior.

La sonrisa desapareció del rostro de ella. Sus ojos bajaron hasta la bolsa de monedas que llevaba en la mano.

—Un momento, Ruar...

Pero él ya subía los primeros escalones de madera.

—No pasa nada, Madre —intentó tranquilizarla Ean—. Terminemos de preparar los peces y comamos, que me rugen las tripas.

La cena continuó entre brasas y vapor. Cada niño recibió su porción de guiso hasta quedar saciado.

—Ya está. Eres el último. No queda nada más —dijo Ean, rebañando con satisfacción el fondo de la cacerola.

La oscuridad de la noche descendió sobre los dos acantilados blancos. Allí abajo, la sombra parecía más densa. Ean permanecía sentado junto a las brasas, con el calor en las manos y el vaivén del mar respirando cerca.

De pronto, unas luces comenzaron a moverse en el puerto.

No eran faroles de pescadores.

Eran antorchas.

—¡Sacad a esos ladrones! —gritó un pescador.

—¡Sacad a esa mezcla de pelo negro!

Ean se agachó tras una roca. El resplandor vacilante de las antorchas le erizaba la piel.

Nadie habló.

Los hombres agarraron a uno de los niños que dormía junto al fuego.

Era Mir.

El niño miró alrededor buscando una salida. Sus ojos se encontraron con los de Ean durante un instante.

Ean esperó.

Esperó que recordara la moneda. Que recordara la moneda entre sus manos. La comida. La promesa de enseñarle a nadar.

Pero Mir bajó la mirada.

—Es él —susurró.

Nadie reaccionó durante un instante.

—¿Quién? —preguntó uno de los pescadores.

Mir señaló la roca.

—El chico del mar.

Ean no apartó la mirada.

Pero Mir no dijo nada más.

Algo frío le recorrió el pecho.

No era el miedo a los hombres que venían hacia él.

Era otra cosa.

Era entender que para Mir tampoco era nadie, solo el chico del pelo negro.

Desde la ventana, Madre observaba con los ojos desorbitados.

Ean se puso en pie. Las rodillas le temblaban.

—Cogedlo —ordenó el pescador.

Las manos le agarraron antes de que pudiera correr.

Intentó soltarse, pero había demasiadas.

El suelo golpeó su rostro antes de que pudiera echar la vista al mar.

—¿Te crees que haces bien regalando mi comida, mi trabajo, a estos carne pútrida? —escupió el pescador, señalando a los niños temerosos frente a él.

Ean no respondió.

—Tú no eres como ellos —añadió con voz ronca.

Le inmovilizó la mano y la alzó.

—Mira esa piel entre los dedos. Así nos robas, ¿verdad? Carne de la orilla.

Las membranas quedaron expuestas al resplandor de las antorchas.

—Aquí nadie te quiere.

Apretó más.

—¿Sabes cuánto cuesta alimentar una familia?

—Cada pez que coges sale de mi mesa.

Ean no se movía un ápice, pero cada palabra le aceleraba el pulso.

—Que me robes la pesca es una cosa. Pero que me robes las monedas de una semana entera...

Madre salió.

—Por favor, tened compasión —pidió, tosiendo por el humo.

—Es la única manera de que aprenda su lugar —dijo el pescador.

Tomó un hierro y lo acercó al fuego.

—No... —susurró Madre.

El metal chirrió al calentarse, enrojeciendo.

Ean no pudo apartar la mirada del hierro al rojo vivo.

—Así aprenderás a no dejar a la carne de bien sin comida. Mezcla.

El hierro se hundió en su piel. La mejilla burbujeó, hirviendo.

Ean tensó cada músculo. La garganta se le abrió en un estallido sordo. El grito rasgó la noche.

Cuando lo soltaron, las antorchas se retiraron como una marea que retrocede.

Madre lo abrazó en el suelo.

Ean lloró sin contenerse.

—Lo siento.

—No tienes la culpa. Todo está bien —susurraba ella, aunque su voz temblaba.

Tras las cortinas, las mismas personas que habían comido gracias a él observaban en silencio. Nadie salió. Nadie dijo nada. El silencio absorbió sus lágrimas.

—Vamos dentro —insistía Madre, cada vez más vencida por la tos.

Ean se puso en pie. El aire nocturno le rozó la mejilla marcada, como si el fuego aún respirara allí.

—Te dije que no podías seguir a Ruar siempre.

Apretó la mandíbula.

Madre limpió la herida con un paño húmedo. Supuraba.

Ean no dejaba de ver a Ruar marchándose con las monedas.

—Ruar es demasiado ambicioso. Tu vida está aquí, Ean. Conmigo.

—¡No! —respondió—. Ruar quiere que tengamos una vida mejor. Sacarte de aquí abajo.

Madre intentó contestar, pero la tos la interrumpió.

—¿Ves cómo estás? No puedes seguir así. Necesitamos medicina. Y un techo digno.

La tos se volvió más violenta.

Ean se apartó, apoyándose en la ventana. Miró sus manos palmeadas y las cerró con fuerza.

Contempló el mar en calma.

No era el fuego lo que más dolía.

Era que el mar siguiera allí, inmenso, callado.

Sin respuesta.

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