El Tiempo Que Me Queda
No recuerdo cuándo fue la última vez que me desperté sintiéndome completamente bien.
Abrí los ojos y el techo blanco de mi habitación volvió a darme los buenos días. Eran las 6:18 de la mañana. El despertador sonó unos segundos después, como si quisiera burlarse de mí.
Lo apagué de un golpe.
Me quedé acostado mirando el techo, pensando en lo mismo de todos los días.
¿Cuánto tiempo me queda?
Esa pregunta se había convertido en mi sombra.
Me levanté despacio. Sentía el cuerpo pesado, como si hubiera corrido un maratón mientras dormía. Frente al espejo intenté convencerme de que todo estaba normal.
—Te ves bien —me dije.
Mentira.
Tenía unas ojeras enormes y la piel más pálida que de costumbre. Sonreí solo para comprobar que todavía podía hacerlo.
No era una sonrisa real.
Solo era práctica.
Bajé a desayunar.
—Buenos días, hijo —dijo mi mamá mientras preparaba café.
—Buenos días.
Ella me sonrió. Yo también.
Los dos fingíamos que todo estaba bien.
Ninguno mencionó las cajas de medicamentos sobre la mesa.
Ninguno habló de las citas al hospital.
Ninguno dijo la palabra que llevaba meses destruyendo nuestra casa.
Enfermedad.
Terminé el desayuno casi sin probar la comida.
—¿Seguro que no quieres que te lleve a la escuela? —preguntó mi mamá.
Negué con la cabeza.
—Caminar me hace bien.
Otra mentira.
Pero caminar era el único momento del día en el que podía sentir que mi vida todavía me pertenecía.
Salí de casa con la mochila al hombro, la ciudad seguía igual que siempre, personas corriendo, autos tocando el claxon, niños riéndose, parejas caminando tomadas de la mano.
Todo seguía avanzando...
Menos mi vida.
A veces sentía envidia de la gente que hacía planes para el próximo año.
Yo ni siquiera sabía si llegaría a Navidad.
Cuando crucé la avenida, un fuerte mareo hizo que todo comenzara a dar vueltas.
Me sujeté de un poste.
Respira.
Respira.
Respira.
Después de unos segundos todo volvió a la normalidad.
O a lo que yo llamaba normalidad.
Guardé las pastillas en mi bolsillo y seguí caminando.
No podía dejar que nadie se enterara.
No quería miradas de lástima.
No quería que me trataran diferente.
Solo quería ser un chico normal...
Aunque ya no lo fuera.
Al llegar al salón, todos hablaban del viaje de graduación.
—¡Va a ser increíble!
—Dicen que rentarán una casa enorme.
—Tenemos que ir todos.
Escuchaba sus planes desde mi asiento.
No dije nada.
Ni siquiera sabía si estaría vivo para entonces.
La maestra entró al salón y pidió silencio.
—Antes de empezar, quiero presentarles a una nueva compañera.
No levanté la vista.
Hasta que escuché unos pasos detenerse frente al grupo.
—Hola... soy Céline.
Su voz era tranquila.
Diferente.
Levanté la cabeza por simple curiosidad.
Y ahí estaba.
Cabello largo y rizado.
Una sonrisa pequeña, de esas que parecen sinceras.
No era la chica más llamativa del mundo.
Pero tenía algo...
Algo que hizo que por un instante me olvidara de todo.
Incluso de mi enfermedad.
La maestra comenzó a buscarle un lugar.
Mi corazón se detuvo cuando señaló el asiento vacío junto al mío.
—Puedes sentarte ahí.
Céline caminó hasta mi banca.
—¿Está ocupado? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—No.
Se sentó.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Hasta que sonrió.
—Mucho gusto.
No sé por qué...
Pero esa simple sonrisa hizo que, por primera vez en mucho tiempo, sintiera ganas de conocer el mañana.
Sin imaginar que ella terminaría siendo la razón por la que más miedo tendría de perderlo.








