Errantes Bajo La Lluvia by Katham_M at Inkitt
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Errantes bajo la lluvia

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Summary

Ella huyó buscando un lugar donde nadie pudiera decidir por ella. Él abrió la puerta pensando que solo sería temporal. Ninguno esperaba que un día el Nido del Errante se sintiera como hogar. ─── ⋆⋅☆⋅⋆ ─── Lara llegó a Dublith sin nada. Sin dinero, sin un plan, sin una dirección. Solo el impulso de haberlo dejado todo atrás y la certeza de que no podía volver. Cuando el dinero se acabó, se quedó bajo la lluvia, frente al único lugar que aún podía ofrecerle un techo: el Nido del Errante, un bar de mala muerte en un pueblo olvidado. Grego lleva años escondiéndose de la vida. Dueño del bar, pasa sus noches bebiendo whisky y mirando las manchas de humedad del techo. No sabe cómo tener a alguien cerca, y ya no espera saberlo. Pero cuando Lara llega a su bar, algo en él se mueve. Es la certeza de que no puede dejarla afuera. Ella no sabe si quedarse. Él no sabe s dejarla entrar. Y sin embargo, entre café quemado, el tintineo de unas agujas de tejer y el rumor de una fábrica que nunca deja de humear, dos personas que han pasado años solas aprenden que, a veces, el hogar no es un lugar. Son las personas que decides tener cerca. ─── ⋆⋅☆⋅⋆ ─── El amor no siempre llega como un huracán. A veces llega como la lluvia: poco a poco, empapándolo todo, sin que puedas hacer nada para detenerlo.

Genre
Romance
Author
Katham_M
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

1 La noche de la puerta.

La lluvia en Dublith no era como la de la capital, las calles de tierra se volvían ríos de lodo donde ninguna persona sensata se atrevía a probar suerte.

No bastaba con resguardarse en algún comercio y matar el tiempo. Los negocios bajaban sus cortinas. Los pocos desafortunados que quedaban afuera corrían a casa antes de que las gotas apretaran. Dublith se convertía en un pueblo fantasma.

El Nido del Errante permanecía cerrado en el umbral entre el miércoles y jueves. Ese día, la jornada de los obreros de la fábrica textil se alargaba. Llegaban a casa exhaustos, sin la energía para ahogar el cansancio en un trago. Grego lo sabía bien. El costo de la electricidad y los sueldos no valía la pena comparando con las posibles ganancias. Así que bajaba la persiana y se quedaba solo.

Eran las dos de la mañana del jueves. Lo había visto en el reloj de manecillas que Roa colgó junto a la puerta de la cocina años atrás. La forma en que seguía funcionando era un verdadero misterio: de segunda mano, las manecillas pegadas con cinta y los números repintados con plumón indeleble.

Grego suspiró mientras tomaba el último sorbo del vaso de whisky que se había servido hacía una hora. El hielo se había derretido y ahora sabía a mierda. Llevaba los suficientes encima para vagar en esa frontera donde los pensamientos se vuelven más livianos, justo como quería. No estaba borracho, pero tampoco del todo sobrio.

A sus espaldas, un estante con botellas ordenadas. Una faltaba: la que tenía junto a él, solitaria y desparramada sobre la barra.

La enderezó, la destapó y se sirvió otra ronda. El olor le hizo tragar en seco. Las náuseas le revolvieron el estómago. La culpa de haber arruinado su racha de un mes sobrio en menos de una hora.

Pero en días así, cuando estaba solo en ese edificio, cuando ninguna voz podía reemplazar a las que resonaban en su cabeza...

“Eres igual que él.”

Grego apretó el vaso con tanta fuerza que creyó oír el cristal quejarse.

En la cocina, derramó el whisky en el desagüe. Había tenido suficiente. Palpó los bolsillos de su pantalón, sacó una caja de cigarrillos aplastada y tomó uno mientras caminaba hacia la puerta principal. Era su ritual: cuando los pensamientos se amontonaban, el humo los apaciguaba y le daba la calma suficiente para dormir un poco. No era exigente, con conciliar el sueño, aunque fuera, se conformaba.

El insomnio lo aquejaba desde hacía casi una década. Se recostaba en su cama y se quedaba mirando las mismas manchas de humedad que parecían cambiar y expandirse con los años.

Afuera, la lluvia parecía atenuar el deje a podrido que traía el viento del este, ese que salía de las entrañas de la fábrica. El viento por alguna razón hacía que la señal se cortara. Los técnicos de la capital llevaban años intentando arreglarlo, y seguían sin encontrar la respuesta.

Recargado junto a la puerta, trató de encender el cigarro, acunando la llama del encendedor. Lo llevó a sus labios y dio una calada. El humo inundó sus pulmones y salió por la nariz acompañado de otro suspiro.

Entonces lo vio. Un bulto contra la pared. Pensó en ropa arrastrada por la lluvia, pero el bulto temblaba. Dio otro paso. No era un montón de trapos.

Una joven, más bien. La espalda contra la pared, abrazando sus piernas en un patético intento de conservar calor o de darse un poco de consuelo.

El color de sus botas escondido detrás de la tierra mojada. Llevaba un suéter de cuello alto. Esa tela solo llegaba a Dublith años después de haber pasado por las perchas de alguna familia adinerada de la capital, cuando ya no servía más que para sentirse mejor con uno mismo donando la basura.

—Estamos cerrados, princesa —dijo Grego, y dejó que el humo invadiera sus pulmones.

Ella levantó la cabeza. Sus ojos grises trataban de ser una coraza de hierro, pero el cansancio se les colaba por las rendijas.

—¿Qué demonios haces ahí? —preguntó él, sonando más hostil de lo que pretendía.

—Es el único lugar donde refugiarse.

Su forma de hablar la delataba como forastera. No tenía esas erres arrastradas ni esas eses sopladas de Dublith. Hablaba como locutora de radio, como conductora de noticias de algún estudio de la capital.

Grego miró alrededor. La chica tenía razón. El Nido del Errante tenía un toldo, el único en toda la calle, y ella estaba justo debajo, empapada hasta los huesos.

Se quedó mirándola un segundo de más. Ella no apartó la mirada. Tampoco pidió pasar.

Dio otra calada.

—¿Tienes frío? — se arrepintió al instante, supo que era una pregunta estúpida en cuanto salió.

Ella no respondió. Solo se encogió un poco más, como si quisiera ocupar menos espacio, como si ya supiera que en Dublith nadie regala nada.

Grego suspiró, miró hacia la calle vacía, y luego hacia atrás, a la puerta entreabierta del bar.No era su problema. Dio media vuelta. Dio dos pasos. Se detuvo.

Se pasó una mano por la cara. Cerró los ojos un instante.Se frotó el puente de la nariz.Había algo en esos ojos que le recordaban a quién había sido hace mucho cuando empezó a valerse por sí mismo, y que no podía ignorar.

Dio media vuelta.

No dijo nada más. Apretó el cigarro entre los dedos, lo inhaló una última vez y lo dejó caer, apagándolo de un pisotón. Abrió del todo la puerta y se hizo a un lado.

Ella tardó unos segundos en reaccionar. La chica se levantó, él notó que ella le llegaba a la mitad del cuello. Lo miró otra vez, con esa mirada de acero agrietado, y cruzó el umbral.

Grego cerró la puerta tras de sí. Ella estaba quieta, mojando el piso. Los labios se le entreabrieron un segundo, como si fuera a decir gracias, pero no salió nada.

Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre Dublith. Y él no supo por qué, pero el olor a podrido del viento del este le pareció, por un momento, un poco menos denso.

Seguro que era el viento del oeste. Traía una brisa que apartaba el mal olor.

La chica se quedó de pie, a sus pies se formaba un pequeño charco, sus ojos se quedaron fijos a la pared sin saber muy bien a donde más mirar. Grego alcanzó un trapo de encima de la barra y se lo tiró encima de la cabeza.

Ella lo tomó y empezó a secarse el cabello.

Él se dirigió a la cocina, sobre la estufa seguía una pequeña olla oxidada, una sopa de verduras con una película de grasa. Hacía horas que se la había dejado Martel antes de irse, para la cena había dicho. No la había tocado.

No se molestó en buscar un plato. Se la llevó la olla como estaba, y la puso sobre la barra, a su lado una cuchara.

— Es lo que hay. — dijo mientras se sentaba en un taburete, recargando la espalda en la barra para no perder de vista a la extraña. Apuntó con la cabeza al taburete de al lado. Una invitación silenciosa.

Ella se acercó, tomó asiento a su lado, se cubrió el regazo con el trapo como si fuera una servilleta. Empezó a comer. La miró por el rabillo del ojo. La espalda erguida, los codos pegados a su cuerpo y sin recargar en la mesa. No sorbía al acercar la cuchara a sus labios. Masticaba y tragaba con calma.

Una imagen digna de estar en uno de esos restaurantes elegantes. Modales fuera de lugar para alguien que estaba frente a un plato de sopa fría servida en un bar de mala muerte de un pueblo rural.

— Nombre. — exigió con la voz ronca cuando ella dejó a un lado la cuchara, paralela junto a la olla vacía.

Tragó saliva. Se limpió la comisura de los labios con el trapo. Respiró hondo.

— Lara. — respondió sin mirarle, en un tono que no quería cuestionamientos.

No preguntó más. Sabía lo que era tener un apellido que prefería omitir. Grego. Así le decían hace tanto tiempo que ya se llamaba así en su cabeza. Omitiendo lo demás.

— Una noche, el sillón es tuyo. Mañana temprano te vas.

Entonces Lara sí le miró, el ceño fruncido. Examinando. Buscando cualquier doble intención en aquel rostro desvelado. Grego le sostuvo la mirada, hasta que ella fue quien la apartó, su expresión se relajó y sus hombros bajaron.

Grego fue escaleras arriba. Sobre su cama mal hecha había un bulto de ropa limpia. Rebuscó hasta encontrar una manta verde de lana gruesa. Bajó de nuevo. Ella seguía en la misma posición, como una estatua húmeda.

Él dejó la manta en el sillón de cuero que estaba junto a la ventana. El relleno amarillento se salía de las costuras gastadas. El tiempo se detuvo un segundo. Se removieron incómodos sin saber qué decir.

Grego se aclaró la garganta en una tos breve, sólo para llenar el silencio. Le dio un último vistazo antes de volver a su habitación. Dejando la puerta abierta para poder escuchar lo que ocurría escaleras abajo. De todas formas, no iba a poder dormir. Se quedó mirando el techo, otra vez las mismas manchas de humedad de siempre. El sonido de la lluvia seguía.

Lara se levantó del taburete, la luz amarillenta de la barra era lo único que iluminaba un poco el salón. Sus pasos resonaron en el silencio, el piso pegajoso sonaba bajo sus zapatos húmedos cada vez más incómodos. Se los sacó junto a los calcetines, los dejó en el piso, al alcance.

Antes de sentarse, se acercó a la puerta del bar. Probó el pestillo. Funcionaba. Si quería salir, solo tenía que girarlo.

Se envolvió en la manta verde y se dejó caer en el sillón, el cansancio le hacía pesar los ojos, pero no quería dormirse. Prefería mantenerse atenta por si necesitaba salir corriendo del extraño que le había abierto la puerta.

Arriba crujió el suelo. Pasos. Luego silencio. Luego otro crujido. Lara contuvo la respiración hasta que el silencio se volvió pesado y regular. Se había acostado. O eso parecía.

La manta olía a jabón neutro y otra cosa. Un olor a café que pareció arrullarla en contra de su voluntad. Empezó a flotar en esa frontera entre el sueño y la vigilia.

Miró un instante la silueta de las mesas perdidas entre las sombras. Se llevó las manos al pecho, palpó el dije de su collar escondido bajo su suéter. Aún estaba ahí.

Sucumbió sin darse cuenta.

Grego alcanzó a escuchar el ronquido bajo de ella. Le sonó a motor viejo que no terminaba de agarrar. Lo extraño fue que ese ruido, en lugar de mantenerlo despierto como hacía todo lo demás, lo arrastró al sueño.

Por primera vez en una semana, no se quedó mirando las manchas del techo.

Chapters
1. 1 La noche de la puerta.
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