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A las 5:00 a.m., sonó la alarma del reloj. Luca estiró la mano para apagarla antes de que terminara el segundo tono. Se sentó en la cama y se quedó inmóvil un segundo.
—Buenos días, Alexa —dijo.
—Buenos días, Luca —respondió la voz, mientras las persianas subían solas.
Se levantó sin apresurarse.
Desde los ventanales, Nueva York despertaba igual que siempre. Las luces de los edificios titilando, el cielo comenzando a clarear, la ciudad moviéndose sin haber parado del todo. Luca lo observó unos segundos, como quien revisa que todo sigue en orden, y luego se dirigió al baño.
Ducha fría. Gimnasio.
Igual que ayer.
Igual que mañana.
—
Mientras hacía cardio, mantuvo un ritmo constante. Preciso. Sin variaciones.
No necesitaba mirar el reloj.
Clara apareció con una toalla y un batido en la mano. Era la mujer que se encargaba de la casa, y lo hacía con una discreción que Luca nunca había tenido que pedirle.
—Buenos días —dijo Clara, ofreciéndole el vaso.
—Buenos días, Clara. ¿Cómo estás hoy?
—Muy bien, señor Luca. ¿Y usted?
Luca sostuvo el vaso un instante antes de responder.
—No me puedo quejar —dijo, bebiendo el batido de un trago y devolviendo el vaso vacío—. Muchas gracias.
—Con gusto. Iré a preparar el desayuno. La señorita Sophie está por despertar.
Luca asintió y siguió con su rutina.
Al terminar, volvió a ducharse. Mientras tanto, tomó el teléfono y llamó a Cris.
—¿Estás despierto? —preguntó.
—Ahora lo estoy. ¿Qué pasa?
—¿Tenemos algo hoy?
—No podemos hablar de eso en la oficina. Son las 6:14 a.m. y entro hasta las ocho.
Luca guardó silencio.
Cris soltó un suspiro.
—Sí. La reunión con Samantha, Elise Clairmont y parte de su staff.
—Cierto. Lo había olvidado. ¿A qué hora?
—A las 7:45 p.m. Aún no hemos definido el lugar, pero serán aproximadamente seis personas además de usted, señor.
—Sabes que no me gusta que me digas "señor" —dijo Luca.
—Lo sé, por eso lo dije. ¿Dónde hacemos la reunión?
—En mi casa. Si esos son todos los planes, iré a dejar a Sophie al colegio, luego pasaré por la oficina y después compraré los ingredientes para la cena. Envíame la información de las personas con las que me reuniré.
—Sí, señor. Lo veo en la oficina.
Cris cortó la llamada.
Luca dejó el teléfono a un lado y cerró los ojos un momento.
Algo no encajaba.
No supo qué era.
Y eso le resultó incómodo.
Tomó aire, salió y se dirigió al armario. Eligió un traje azul oscuro, camisa blanca, zapatos de cuero negro. Se miró al espejo el tiempo justo y bajó a desayunar.
—
Clara ya lo esperaba con el desayuno y su tablet al lado. Luca se sentó a revisar correos mientras comía. En ese momento, Sophie salió de su habitación.
Era una joven de diecisiete años con el cabello rubio claro y unos ojos azules que observaban el mundo con una atención poco común para su edad. Cargaba una madurez que no había pedido y que Luca a veces no sabía bien cómo mirar de frente.
—Buenos días, papá. Buenos días, Clara.
Ambos respondieron.
Sophie se sentó a desayunar.
Luca la observó un momento más de lo habitual.
—¿Cuál es tu agenda de hoy? —preguntó.
—La de siempre —respondió ella, sin mirarlo demasiado—. Clases, idioma y natación.
—Bien. Te veo en el garaje en quince minutos.
Luca se levantó, agradeció a Clara y ultimó detalles. Sophie lo alcanzó rápidamente con una tostada en la mano y un vaso de yogur.
Luca la miró de reojo, pero no dijo nada.
Bajaron juntos al garaje. Al salir del ascensor, Luca saludó a un vecino antes de avanzar hacia su auto. Sacó las llaves.
Sophie resopló.
—No quiero ir en ese. Quiero ir en el Porsche.
—No —respondió Luca, abriendo el Bentley.
Sophie suspiró antes de subir.
Salieron del edificio. Luca condujo hasta el colegio en silencio. Al llegar, Sophie se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Envío a Cris por ti —dijo Luca.
—Nos vemos en la cena.
—Tengo una reunión, pero si quieres acompañarnos, no hay problema. Cuídate. Te amo.
—Yo más, papá —respondió Sophie antes de bajar y entrar al colegio.
Luca la siguió con la mirada unos segundos más de lo habitual.
Luego arrancó.
—
En la oficina, Cris ya lo esperaba en el despacho con una carpeta en la mano.
—Elise Clairmont —dijo, extendiéndosela—. Artista revelación que termina su primera gira por Estados Unidos. Francesa. Vive en un pueblo de Inglaterra y busca un lugar tranquilo para descansar. Nos reuniremos con ella, Samantha y su equipo.
Luca abrió la carpeta. Fotografías, fechas, cifras, notas precisas. Tomó una imagen de Elise y la observó unos segundos.
—Es linda, pero me gustan mayores —comentó Cris, acercándose.
Luca bufó y guardó la fotografía.
—Creo que Sophie fue a uno de sus conciertos con Isabella.
—Sí, hace unas semanas —respondió Cris—. Me hiciste ir porque saliste huyendo a Boston con la excusa de vender una propiedad. Aunque no estuvo tan mal... conseguí un par de números.
Luca cerró la carpeta y la guardó bajo el escritorio.
—Gracias, Cris. Por cierto, recoge a Sophie a las dos, llévala a idiomas y luego a natación. Y si te da tiempo, date un baño antes de la reunión —añadió con una leve sonrisa.
—Eres un bastardo. Pero sí tendré tiempo. —Cris hizo una pausa—. Por cierto, necesito un aumento. Quiero comprarme un Vantage.
Luca ya estaba en la puerta.
—Comunícame con Samantha.
Mientras Cris hacía la llamada, Luca se acercó a la ventana. Manhattan se desplegaba frente a él: taxis, gente apurada, edificios reflejando la luz del día. Todo avanzaba sin detenerse.
Todo funcionaba.
Como siempre.
—Hola, ¿cómo estás? —dijo Samantha al otro lado de la línea.
—Bien, gracias. ¿Y tú?
—Con la agenda apretada, como siempre. ¿Listo para esta noche?
—Casi. ¿Cómo está Elise con todo esto?
—Emocionada... y un poco nerviosa. Tiene veintiún años, mucho talento y un impacto fuerte en Europa. Este viaje es un gran paso para ella.
—Eso explica que busque algo más tranquilo. ¿Quién más estará?
—Su manager, su agente de booking y su representante legal. Quieren asegurarse de que esté cómoda y pueda conocer el país sin tanta presión.
—Perfecto. Esta noche cocinaré yo, y quizá Sophie nos acompañe.
—Eso le va a gustar. Elise aprecia los ambientes relajados.
—Entonces nos vemos a las siete y cuarenta y cinco.
—Nos vemos, Luca.
Luca colgó y fue donde Cris.
—¿Tienes la información de las propiedades?
—Sí. Seis propiedades con visitas programadas para mañana.
—Envía a quien creas conveniente a cada una. Hay una que prácticamente ya está vendida, pero no te diré cuál.
—Está bien.
—Y recuerda pasar por Sophie.
Luca salió del despacho.
—
Más tarde, condujo hasta el mercado a comprar los ingredientes para la cena. Mientras recorría los pasillos, repasó mentalmente la lista. Filete mignon con risotto. Cheesecake al horno con salsa de frutos rojos. Simple, pero efectivo.
Al salir, su teléfono vibró.
—Luca, tienes que llamar a Richard —dijo Cris—. Es sobre la propiedad en Colorado. Quiere un tour. Es prácticamente una venta.
—Voy a llamarle. Gracias.
Marcó el número mientras arrancaba.
—Hola, Richard. ¿Cómo estás?
—Hola, Luca. Te llamaba por Colorado. Estoy bastante interesado y quería ver si podríamos organizar una visita.
—Claro. ¿El jueves por la tarde?
—Perfecto.
—Te envío la confirmación en un rato.
—Gracias, Luca. Creo que esto se cerrará pronto.
—Estoy seguro. Cuídate.
Colgó y volvió a llamar a Cris.
—Prepara el helicóptero para el jueves a las cuatro. Contrata un servicio de limpieza para la casa el miércoles. Busca un helipuerto en Telluride, lo más cerca posible, y asegúrate de que haya un auto listo al aterrizar.
—Sí, señor.
Luca rió y colgó.
Un choque en el camino lo retrasó más de lo previsto. Cuando llegó a casa eran las 5:23 p.m. Saludó a Clara, se quitó el saco y enrolló las mangas de la camisa. Caminó directo a la cocina.
—
Encendió la estufa y puso una sartén de hierro fundido a calentar a fuego alto. Sazonó los medallones con sal gruesa y pimienta negra recién molida. Cuando la sartén estuvo lista, vertió aceite y colocó la carne.
El chisporroteo llenó la cocina.
Constante. Preciso.
Giró la carne en el momento exacto.
El punto justo.
Nada se salía de control.
Aquí no.
Mientras la carne reposaba, preparó el risotto. Derritió mantequilla, salteó las chalotas hasta que quedaron translúcidas, añadió el arroz arborio y lo removió antes de verter el vino blanco.
El aroma se elevó con suavidad.
Agregó el caldo poco a poco, sin apresurarse. Cuando el risotto alcanzó la textura exacta, apagó el fuego y añadió el parmesano.
Cremoso. Uniforme.
Exacto.
Luca apoyó la cuchara un segundo.
Todo respondía.
Frunció el ceño apenas, y continuó con el postre.
Batió el queso crema con azúcar hasta obtener una mezcla suave. Agregó los huevos, vainilla y ralladura de limón. Vertió la mezcla en el molde y la llevó al horno a temperatura baja, con un recipiente de agua dentro para que la superficie no se agrietara.
Mientras el cheesecake se horneaba, preparó la salsa de frutos rojos. Fresas, arándanos y frambuesas con azúcar y jugo de limón, a fuego bajo, hasta obtener una salsa espesa y brillante.
En ese momento, Cris entró a la cocina.
—Los invitados ya están en la sala. Voy a darles una introducción mientras terminas.
Luca asintió sin apartar la vista de la sartén.
—Diles que estaré en unos minutos.
Cris salió. En la sala, los invitados ya estaban sentados, incluyendo a Sophie, que se había duchado y vestido para la cena.
Luca terminó de reducir la salsa, apagó el fuego y se quedó unos segundos en silencio.
Miró la cocina ordenada.
La mesa lista.
El reloj marcando la hora exacta.
Todo estaba en su lugar.
La cena. La casa. La rutina.
Exactamente como debía ser.
Observó la mesa unos segundos más.
Todo era perfecto.
Demasiado perfecto.
Frunció el ceño, apenas.
Y sin saber por qué...
eso le incomodó.
Luca permaneció inmóvil unos segundos más.
Luego acomodó ligeramente uno de los cubiertos. Apenas unos milímetros.
Apagó la luz de la cocina y salió.








