La luna y la sombra
La Luna y la Sombra
En los bosques eternos de Blackwood, la ley marcaba la regla: lobos y vampiros son enemigos por siempre. Durante siglos, las manadas de hombres lobo alfas han custodiado la luz de la luna, mientras los clanes de vampiros se refugian en las sombras de la noche. Y nadie se atrevía a cruzar esa línea... hasta que ella lo encontró.
Elara es la Alfa de la manada de los Lobos de Plata: fuerte, orgullosa, con el fuego de la luna en las venas y la responsabilidad de proteger a los suyos sobre sus hombros. Su deber es cazar a cualquier intruso que pise su territorio, especialmente a los de sangre no muerta. Pero una noche, tras una emboscada que dejó herida, se topó con Kael: un vampiro de ojos de ámbar y sonrisa afilada, que no atacó, sino que la protegió de sus propios enemigos.
Desde ese instante, el mundo de ambos se rompió.
Su amor es un pecado para todos. Los lobos le gritan a Elara que ha traicionado su sangre, que unirse a un vampiro es mancillar su linaje alfa. Los vampiros escupen sobre Kael por preferir a una bestia que a su propia estirpe. Los ancianos de ambas razas dictan sentencia: deben separarse, o habrá guerra total.
Las voces no cesan:
-¡Es una traición! -rugen los alfas lobo, mostrando los colmillos-. ¡Ella nos pertenece a nosotros, a la manada!
-¡Una aberración! -sisean los ancianos vampiros-. La sangre debe unirse a la sangre, no a la bestia salvaje.
Amigos se vuelven enemigos, aliados se convierten en jueces. El bosque se llena de tensión, de espadas desenvainadas y de aullidos de advertencia.
Pero Elara y Kael no están dispuestos a rendirse.
Ella ha aprendido que su fuerza no sirve solo para mandar, sino para defender lo que ama. Él ha descubierto que la eternidad no tiene sentido si no la pasa a su lado. Juntos, se enfrentan a sus propios clanes, a las viejas leyes y a la misma muerte. No piden que todos los acepten: solo quieren el derecho de estar juntos.
Cuando la luna llena iluminó el último enfrentamiento, Elara se paró frente a su manada, y Kael al lado de ella, listos para luchar con garras y colmillos, con magia y voluntad.
-No somos enemigos -dijo ella con voz firme-. Somos diferentes, pero nuestro amor no es una debilidad. Es nuestra fuerza.
Y en medio del silencio atónito de todos, ambos se tomaron de la mano, dispuestos a escribir su propia ley, aunque tuvieran que luchar contra todo el mundo para lograrlo.








