Prólogo
Prólogo
La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales de Villa Bianchi.
Los relámpagos iluminaban, por breves instantes, el despacho de Francheco Bianchi, donde dos hombres permanecían frente a frente en un silencio cargado de tensión.
Uno era el hombre más poderoso de Sicilia.
El otro, el hombre en quien más confiaba.
—No pienso enviarla lejos —dijo Alessandro Romano con la voz firme, aunque sus manos permanecían cerradas en un puño.
Francheco levantó lentamente la vista de los documentos que tenía sobre el escritorio.
Su expresión era tan fría como siempre.
—No te lo estoy pidiendo.
Te lo estoy ordenando.
El silencio volvió a caer entre ambos.
Desde el otro lado de la puerta, sin que ninguno de los dos lo supiera, una joven permanecía inmóvil.
Francheca Bianchi acababa de regresar de la universidad.
No pretendía escuchar.
Pero la discusión la obligó a detenerse.
—Si la envía a Londres, la va a perder —insistió Alessandro.
—Prefiero perder a mi hija antes que enterrarla.
Aquellas palabras atravesaron el corazón de Francheca.
Solo sabía que su padre jamás pronunciaba una frase sin un motivo.
Alessandro dio un paso al frente.
—Entonces envíeme con ella.
Yo la protegeré.
Francheco negó lentamente.
Por primera vez en muchos años, el hombre más temido de Sicilia dejó escapar un gesto de cansancio.
—Ese es precisamente el problema.
Alessandro frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Francheco sostuvo su mirada durante unos largos segundos.
Cuando habló, cada palabra cayó como una sentencia.
—Mientras ella siga cerca de ti...
Nunca estará a salvo.
El silencio se hizo absoluto.
Detrás de la puerta, Francheca sintió que el mundo se detenía.
No entendía aquellas palabras.
No entendía por qué su padre hablaba de Alessandro de aquella manera.
No entendía por qué, de pronto, sintió miedo.
Francheco volvió a mirar los documentos sobre su escritorio.
La decisión estaba tomada.
—Mañana al amanecer...
Francheca partirá a Londres.
Y ninguno de los dos volverá a hablar de esto.
Nunca.
Cinco años después...
El cielo de Sicilia comenzaba a oscurecer cuando el vehículo atravesó las grandes puertas de hierro de Villa Bianchi.








