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ROd Champ del campo al estadio

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Summary

La historia de un joven de campo que avanza de segunda en Bélgica a primera en España sudamérica en Brasil y busca ganarlo todo en su vida hasta su declive.

Genre
Drama
Author
rodrigo
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1 – El primer paso


Rod tenía diecisiete años. Había nacido y crecido en el campo, donde la vida transcurría con la calma de las estaciones. Sus padres murieron cuando era muy pequeño, así que su tío —el único familiar que le quedaba— se hizo cargo de él. Durante años trabajaron codo a codo, aprendiendo que el esfuerzo era la única forma de salir adelante en un lugar donde la tierra no perdonaba la pereza.

Pero hace poco más de una semana, su tío también se fue. Rod lo encontró una mañana tendido en la cama, como si simplemente hubiera decidido no despertar. Sin tierras que cultivar, sin nadie esperándolo, sin razón alguna para quedarse, Rod cargó una pequeña mochila con lo poco que tenía y partió hacia la ciudad con una sola idea en la cabeza: encontrar un nuevo rumbo para su vida.

Los primeros días fueron extraños, casi abrumadores. Caminó horas por calles desconocidas, observando un mundo completamente distinto al que había dejado atrás. Los ruidos lo asaltaban desde todas partes: vehículos, voces, música que salía de locales que ni sabía que existían. Dormía en una pensión barata, gastaba lo poco que traía en comida callejera, y pasaba las tardes deambulando sin rumbo fijo, tratando de entender cómo funcionaba este lugar.

Fue el tercer día cuando, sin darse cuenta, terminó frente a un callejón del que llegaban risas, gritos y el inconfundible golpe seco de un balón contra el cemento.

Se acercó con curiosidad. Un grupo de jóvenes, tal vez diez o doce, disputaba un partido improvisado en un espacio tan reducido que parecía imposible jugar. Los arcos eran dos basureros oxidados en cada extremo, y hasta las paredes formaban parte del juego. Sin líneas pintadas, sin árbitro, sin reglas estrictas. Solo ganas de jugar.

Rod se quedó mirando desde la orilla. Observó cómo se movían, cómo pateaban, cómo reían cuando alguien cometía un error. Algo en él reconocía ese espíritu, esa libertad de jugar solo porque sí. En el campo había pateado pelotas hechas de trapos y medias viejas, solo con la tele antigua del tío como referencia. De vez en cuando, ese televisor de tubo transmitía algún partido de fútbol, y Rod se quedaba hipnotizado viendo a los jugadores hacer cosas que parecían imposibles. Pero nunca tuvo la oportunidad de jugar con otros, de sentir eso en vivo.

Un rebote lo sacó de sus pensamientos. El balón salió disparado hacia él.

—¡Eh! ¿La devuelves o te metés a jugar? —gritó uno de los muchachos, sin aliento.

Rod miró el balón, luego a los jugadores. Sus caras sudorosas, sus sonrisas. Sin pensarlo dos veces, devolvió el balón con un toque suave y preciso. No fue algo calculado, fue instinto puro.

—¡Ey, dale! —gritó otro—. ¡Metete!

Y así, sin ceremonia, Rod entró en el partido.

Los primeros minutos fueron caóticos. Rod intentaba seguir el ritmo, pero su manera de jugar era completamente diferente a la de los demás. No tenía la técnica formal que algunos de ellos mostraban, pero algo extraño sucedía cuando tocaba la pelota. Se movía de formas raras, impredecibles. A veces hacía una conducción que no tenía sentido lógico, pero que funcionaba. Otras veces remataba con una precisión que parecía accidental.

Los chicos comenzaron a notarlo.

El partido llevaba unos quince minutos cuando aparecieron dos hombres mayores, caminando lentamente hacia el callejón. Tenían el aspecto de tipos que habían visto mejores días: los años les pesaban en la cara, pero sus ojos aún guardaban cierta chispa. Se detuvieron al borde del terreno de juego.

—¿Nos dejan entrar? —preguntó uno de ellos, con una sonrisa nostálgica—. Hace años que no jugamos, y extrañamos esto.

Los chicos se encogieron de hombros. Claro que sí, mientras más gente, mejor. Los dos hombres se quitaron los abrigos y se sumaron al partido como dos jugadores más, sin que nadie supiera realmente quiénes eran.

Pero desde el momento en que entraron, algo cambió.

Uno de ellos —el más alto, con canas en las sienes— comenzó a marcar a Rod. No de manera agresiva, sino observadora. Miraba cada movimiento, cada toque, cada decisión. Su compañero hacía lo mismo desde otra posición.

Parecían analizar, estudiar, como si reconocieran algo en él que nadie más veía.

El partido se extendió durante horas. Nadie quería irse. Corrían, chocaban contra las paredes, reían, gritaban, seguían. Cuando alguien se cansaba, se iba a un lado, tomaba aire, y volvía. Era el tipo de partido que existía solo en lugares como ese: sin premios, sin espectadores, sin nada en juego excepto el puro disfrute de jugar.

Cuando el sol comenzó a caer y tiñó el cielo de naranjas y rojos, todos estaban completamente agotados. Sudaban a través de sus camisetas, el pelo pegado a la frente, los pulmones ardiendo. Pero había algo en sus caras: esa satisfacción que solo da haber jugado de verdad.

Mientras los demás se despedían lentamente, los dos hombres mayores se acercaron a Rod. El más alto extendió una mano.

—Buen partido, pibe —dijo con una voz ronca, cansada pero genuina.

Rod estrechó su mano, sin saber muy bien qué decir.

—¿Cuánto tiempo llevas jugando? —preguntó el otro, el más bajo, con una cicatriz en la mejilla.

—Eh... nunca jugué formalmente —respondió Rod, un poco avergonzado—. Solo... en el campo.

Los dos se miraron. Fue un intercambio rápido, pero cargado de significado. Como si ambos acabaran de confirmar algo que ya sospechaban.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el más alto.

—Rod.

—Yo soy Clace —dijo el alto—. Él es Maiz.

Se presentaron como si fueran dos jugadores cualquiera de la calle, sin más. Pero luego Clace agregó algo que cambió todo.

—Hace años jugábamos profesionalmente. En equipos de verdad. Pero bueno, eso fue otra vida.

Rod los miró con sorpresa. ¿Profesionales? No lo parecía.

—Mañana hay pruebas para un equipo filial —continuó Maiz, sacando un papel del bolsillo—. Segunda división, nada del otro mundo, pero es una oportunidad. Deberías presentarte.

Le extendió el papel a Rod. Había una dirección escrita con letra algo desordenada, y una hora: las diez de la mañana.

Rod tomó el papel con cuidado, como si fuera frágil.

—¿Por qué me lo dices? —preguntó.

Clace sonrió, cansado.

—Porque en treinta años de fútbol, nunca vi a alguien jugar como vos. No tienes formación, eso es obvio. Pero tienes algo que no se enseña. Eso que vimos hoy... eso no se inventa en una cancha de verdad.

—No prometemos nada —agregó Maiz—. El equipo busca jugadores jóvenes, con potencial. Vos tenés algo. Si no lo desarrollás, puede terminar siendo solo una anécdota. Pero si vas mañana... tal vez sea el comienzo de algo diferente.

Dicho esto, se dieron vuelta y se fueron caminando lentamente, desapareciendo en las sombras del atardecer.

Rod se quedó solo en el callejón, sosteniendo ese papel en la mano.

Había llegado a la ciudad sin rumbo, sin destino, sin esperanza de que algo cambiara. Pero mientras caminaba de regreso a la pensión esa noche, mirando una y otra vez la dirección que Clace le había dado, sintió algo que no había sentido desde la muerte de su tío.

Sintió que, por primera vez en mucho tiempo, una puerta estaba empezando a abrirse.

No sabía adónde llevaría. No sabía si era una ilusión o una verdadera oportunidad. Solo sabía que mañana, a las diez de la mañana, tendría que tomar una decisión que podría cambiar todo.

Y esa noche, Rod no pudo dormir.

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