Capítulo 1: Crías De Lobo
Toneladas de escombros se encontraban apiladas en el centro de lo que, en su día, fue la aldea más grande y poderosa de la tierra. Pero eso no era lo más terrorífico. Tampoco lo eran las abrasadoras llamas rojas y azules que consumían todo a su paso, elevándose hasta los cielos, ni la silueta de un hombre colosal haciendo temblar la tierra mientras rugía contra el cielo.
Lo que realmente infundía terror eran las luces que emanaban desde lo más profundo del interior de aquel sujeto, combinándose en tonalidades que la mente humana jamás había presenciado.
—Hermano… —murmuró una voz dulce—. ¡Hermano, hermano! ¡DESPIERTA!
Sintiéndose aún atrapado en el calor sofocante de la pesadilla, Lobezno sintió el peso firme, cálido y pesado de un cuerpo acomodándose sobre su abdomen. Lobezna se había colocado a horcajadas sobre su torso, aprisionándolo fuertemente con los muslos para sacudirlo de los hombros.
Al abrir los ojos, lo primero que lo descolocó no fue el techo de madera de la cabaña, sino la peligrosa cercanía del escote de su hermana: sus pechos firmes y exuberantes oscilaban a escasos centímetros de su cara mientras ella reía.
Salió de su trance sentándose de golpe, llevándose la mano a la oreja al sentir una humedad tibia deslizándose sobre la piel.
—¿Me lamiste? —preguntó con una voz tan gruesa y profunda que hizo retumbar las paredes de la estancia—. ¿Es que no puedes dejarme despertar solo?
—No mientras siga viva —sonrió la joven. Sus ojos verdes, tan intensos como esmeraldas puras, desbordaban una alegría salvaje—. Dormiste más de cuatro horas. Además, tenías una pesadilla. Estabas sudando y te quejabas. ¿Qué soñabas? —preguntó con suma preocupación.
Él esperó unos instantes para responder, tratando de recordar el sueño que poco a poco se desvanecía de su mente.
—Llamas… Mucho calor. Un fuego que lo destruía todo —murmuró él, pasándose la mano por la cara, tratando de sacudirse la opresión en el pecho—. Pero lo más aterrador era la silueta de un hombre envuelto en un sol de muchos colores.
—No me gusta cuando tienes sueños malos —admitió ella con una sombra de inquietud—. ¿Recuerdas cuando soñaste que caías al vacío y poco después caíste de la torre lunar? ¿O cuando soñaste con la muerte días antes de que Cecilio falleciera?
—Yo mismo me trepé a esa torre producto de la idea del sueño y ni siquiera me rasguñé; y lo de Cecilio era evidente, su ciclo de vida ya estaba por terminar —minimizó él, regalándole una sonrisa tranquila para borrarle el miedo.
—Claro, y ahora el verano ya casi llega. Debe ser el calor de la temporada, ¿no?
Con un movimiento fluido, la joven se puso de pie. A sus diecisiete años, Lobezna era el contraste perfecto de su hermano. Él era un coloso de diecinueve años de tez morena, con una masa muscular exuberante e imponente —con músculos tan grandes y definidos que resultaban imposibles de lograr en alguien de tan poca edad, infundiendo respeto a cualquiera—; ella poseía una piel de una palidez exquisita, un rostro delicado, pero de curvas peligrosas: caderas anchas, un trasero prominente y unos senos exuberantes que delataban a una mujer plenamente desarrollada, enfundada en una blusa larga de hojas secas color violeta que servía más como un vestido corto.
—Por supuesto, eso debe ser.
—Casi siempre tengo la razón, hermano —sonrió ella con orgullo, entregándole su camiseta azul rústica de hojas secas y tela.
—Sí, lo que tú digas, hermanita —se burló él, despeinándole con su amplia mano el cabello castaño claro, que llevaba peinado en una coleta de caballo alta, sujetada por un listón blanco.
Salieron a la intemperie, donde la nieve caía sin tregua. Lobezno caminó descalzo sobre el hielo vestido solo con su short y la camisa azul sin mangas, completamente inmune al frío. Lobezna no se quedó atrás: de un salto ágil, escaló por su espalda y lo rodeó con fuerza, acurrucando el rostro en su cuello para aspirar su aroma y sentir su contacto, mientras él podía sentir el calor intenso y tentador de sus muslos desnudos aprisionándole las caderas.
—¿Qué haces? Ya no somos cachorros para esto —dijo él sonriendo, aunque sin la menor intención de bajarla.
—Extraño cuando corríamos sin que nadie nos criticara —suspiró ella contra su piel, presionando la firmeza de sus grandes pechos directamente contra la espalda de él—. Hoy toda la aldea nos mira raro y los jóvenes que un día envidiaban nuestra libertad, hoy nos tienen compasión.
—La llegada de más como nosotros los tiene tensos —admitió él—. Y empeorará si el recién nacido resulta ser un alma cambiada.
En un arrebato de energía salvaje, Lobezna le dio un mordisco juguetón en la oreja y saltó hacia atrás, cayendo sobre la nieve densa.
—¡A ver si me atrapas, hermano! —desafió con una risa salvaje y provativa.
Lobezno soltó un gruñido gutural y se lanzó tras ella. Levantando ráfagas de nieve a una velocidad sobrehumana, la alcanzó por la cintura en tres zancadas, haciéndolos rodar por el suelo helado. Quedaron forcejeando como dos cachorros de manada: ella intentando zafarse y él inmovilizándola con su gran cuerpo contra el hielo.
En el choque, la blusa de tirantes de Lobezna se enganchó. La prenda se le corrió hacia un lado con violencia, descubriendo por completo la curva superior de su seno izquierdo.
Lobezno congeló todos sus movimientos.
Expuesta al aire helado de la montaña, quedó al descubierto la aréola perfecta de Lobezna: un círculo carnoso de un tono rosa claro y deslumbrante. La blancura de su piel hacía que el color rosa resaltara como un imán hipnótico para los ojos del macho.
Sin el menor pudor humano, Lobezna se limitó a jadear agitada por el juego, mirándolo a los ojos con una sonrisa inocente y desarmante.
—Me atrapaste… —susurró entre risas, sin hacer el menor gesto por cubrirse.
Pero Lobezno no pudo articular palabra. Su mirada quedó encadenada a esa aréola rosada. Sentía una sacudida densa, pesada y ardiente que nació directamente en su bajo vientre, encendiendo su sangre. Sin embargo, la hermosa joven, sin malicia alguna, lo sujetó con un brazo por el cuello, apretándolo con fuerza contra ella y haciendo que ambos entrelazaran sus cabezas en un abrazo íntimo.
—Suéltame, ya no tienes la fuerza de una cachorra… —alcanzó a decir él con la voz áspera y alterada, tratando de domar su pulso frenético ante el dulce aroma y el calor abrasador de su hermana—. Y acomódate la prenda —agregó, tornando su voz mucho más gruesa, grave y posesiva—... Alguien viene y no me agrada quien creo que es.








