Prólogo
El círculo carmesí

El olor a metal frío y a ozono me dio la bienvenida, un aroma limpio y sintético que ahogó el recuerdo del pan duro y el olor a polvo de la calle.
Me había pasado el día entero buscando un trabajo y la única dirección que había logrado conseguir me había llevado a las profundidades de la ciudad, a una sala que no parecía de este mundo.
Se sentía como si estuviera entrando en la guarida de un dios moderno, un ser que no se molestaba en decorar el espacio para el ojo humano. Mis manos, callosas por el cemento y la arcilla, se sentían insignificantes contra la superficie pulida de la puerta que se abrió sin que nadie la tocara.
Estaba arruinado, mi arte no había sido suficiente para salvarme. Había perdido mi estudio, mis herramientas, y lo único que me quedaba era mi talento. Por eso acepté el mensaje de esa mujer, una oferta tan extraña como irrefutable.
La luz interior era de un intenso color rojo, un tono carmesí que pintaba las paredes y se reflejaba en el suelo de cristal. En el centro de la sala, había una estructura que desafiaba cualquier definición: un conjunto de cables y sensores que formaban un casco, todo conectado a un sillón que parecía flotar.
Era una máquina, pero se veía como una escultura.
Y entonces la vi.
No llevaba bata de laboratorio. Llevaba un vestido de seda negra que caía sobre su cuerpo como agua líquida, y un par de tacones que sonaban con un eco dominante en el silencio.
Serena Vance no era solo una científica; era una obra de arte viviente. Su mirada, fría y afilada como el vidrio, me recorrió de pies a cabeza, evaluando cada centímetro de mi cuerpo, mi mente y mi alma. Sentí una punzada eléctrica en la base de la espalda. Era el tipo de mujer que no te pide permiso, te lo quita.
—Marco
Su voz era un susurro grave, más un sentimiento que un sonido
—Te contraté por tu talento. Pero lo que me interesa es lo que hay en tu cabeza.
Su mano, con unas uñas perfectamente cuidadas, se extendió hacia el sillón carmesí.
—Desnúdąte.








