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La boticaria de Ashridge

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Summary

Para la alta sociedad, él es el inquebrantable Duque de Ashridge. Para ella, un hombre despojado de defensas que solo encuentra calma en la piel de una boticaria.

Genre
Romance
Author
Na bi
Status
16d ago
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

El contrato de Ashridge

El vapor del alambique ascendía en espirales continuos por el serpentín de cobre, condensándose gota a gota en el matraz. Tras el mostrador de madera desgastada, Helena Hawthorne midió con pulso firme tres gotas de tintura de pasiflora, las vertió sobre una base de alcohol y dejó la pipeta de vidrio en su soporte.

La balanza osciló despacio antes de encontrar el equilibrio.

La botica conservaba el olor penetrante del trabajo diario: hojas trituradas de menta, raíces terrosas, resina de pino y manojos de manzanilla colgados de las vigas del techo. En los estantes, alineados con precisión, reposaban decenas de viales de vidrio, botes de cerámica con sellos de cera y frascos de tinturas. Era un espacio pequeño pero autosuficiente, levantado con años de esfuerzo y conocimiento acumulado.

El campaneo sobre la puerta cortó el silencio de la noche.

Helena se limpió las manos en el delantal antes de alzar la mirada hacia la entrada. El hombre que acababa de cruzar el umbral ocupaba casi todo el marco: vestía una capa de paño oscuro impecable, sombrero de copa y mantenía la cabeza ligeramente ladeada hacia la izquierda, con la rigidez de quien intenta aislarse de un dolor físico insoportable.

—La botica cerró hace una hora, caballero —dijo Helena desde el mostrador, sin moverse de su sitio.

—Necesito un preparado para el insomnio —respondió él. Su voz sonó rasposa, cargada de una fatiga que ni la mejor educación aristocrática lograba disimular—. Algo fuerte. Algo que apague el ruido de la cabeza.

Al dar dos pasos hacia la luz de la lámpara y descubrirse la cabeza, sus facciones quedaron al descubierto. Tenía la piel cetrina, sombras oscuras marcadas bajo los párpados y la mandíbula tan apretada que los tendones de su cuello formaban líneas rígidas. Aunque no llevaba escolta ni sirvientes a la vista, su porte y sus modales imperiosos bastaban para identificarlo: era Raymond Devereux, el duque de Ashridge.

Helena rodeó el mostrador con calma.

—No vendo láudano ni derivados del opio, su gracia —sostuvo la mirada del noble sin pestañear—. Mis fórmulas buscan devolverle el equilibrio al organismo, no forzar una inconsciencia temporal que deja el cuerpo destrozado a la mañana siguiente.

—En este momento no me interesa la teoría médica, señorita, siempre que el remedio funcione —zanjó él, apoyando una mano enguantada sobre la mesa con un golpe seco—. Tome el dinero que considere justo y deme lo que tenga listo.

Helena notó el leve temblor involuntario en la sien del duque. Ignorando su tono de mando, se giró hacia los estantes, tomó un frasco de extracto concentrado de valeriana y midió las proporciones exactas en un vial que selló con un tapón de corcho nuevo.

—Tres gotas diluidas en agua tibia antes de acostarse —explicó, volviéndose hacia él y ofreciéndole el frasco—. Ayudará a relajar la tensión muscular y a calmar el pulso.

Raymond clavó la vista en las manos que sostenían el vidrio. Eran manos pálidas, ágiles, acostumbradas a cortar raíces y manipular reactivos, sin una sola joya que adornara sus dedos. Con un gesto de impaciencia, el duque se despojó del guante de cuero de la mano derecha para buscar monedas en el bolsillo de su chaleco.

Al extender el brazo para entregar el pago, la yema de sus dedos descubiertos rozó la piel de la muñeca de Helena.

El estruendo en la mente de Raymond se detuvo de golpe.

El zumbido constante que le martillaba las sienes desde hacía semanas desapareció en una fracción de segundo. Fue como si un manto de silencio hubiera caído sobre su sistema nervioso, disipando la presión que amenazaba con hacerle perder la cordura. Por primera vez en meses, sus pulmones se llenaron de aire sin que el dolor le atenazara las costillas.

El noble soltó el soberano de oro que sostenía entre los dedos. La moneda rodó sobre el mostrador con un tintineo limpio mientras él daba dos pasos hacia atrás, respirando hondo y contemplando su propia mano derecha como si acabara de tocar una corriente eléctrica.

Helena recogió la moneda con naturalidad, abrió el cajón de madera y contó el cambio en piezas de plata.

—El preparado cuesta dos chelines, señor —dijo, alineando dieciocho chelines sobre la mesa—. Aquí tiene su cambio.

Raymond la observó en silencio. La joven no mostraba la menor señal de perturbación, mientras él aún intentaba asimilar la repentina ausencia de dolor en su cuerpo. Despacio, volvió a calzarse el guante de cuero, ocultando el temblor que la sorpresa le provocaba en los dedos.

—Mañana enviaré a mi cochero por usted, señorita...

—Hawthorne —completó ella.

—Señorita Hawthorne —continuó Raymond, recuperando la distancia fría de su rango—. La casa de Ashridge necesita una boticaria fija para atender el dispensario de la finca. Y dudo que las finanzas de este local le permitan rechazar una oferta formal.

Helena alzó la barbilla, sosteniéndole la mirada con serenidad inquebrantable.

—Atiendo a los vecinos de la comarca en esta botica, su gracia. Si requiere mis servicios, este local abre a las ocho de la mañana.

Raymond no insistió. Le dedicó una mirada fría y penetrante antes de darse media vuelta y salir a la calle, perdiéndose en la oscuridad del pueblo.

A la mañana siguiente, la luz del sol entraba por el ventanal iluminando la botica en donde Helena trituraba raíz de angélica en un mortero de piedra.

Sobre la mesa lateral, el libro de cuentas permanecía abierto de par en par. La última columna no dejaba lugar a dudas: los impagos de los campesinos enfermos y el aumento en el precio del alcohol habían dejado el balance en números rojos.

El sonido seco de un bastón golpeando los escalones de madera anunció una visita no deseada. El señor Gable, dueño del inmueble, cruzó el umbral sin molestarse en quitarse el sombrero.

—Señorita Hawthorne —dijo el hombre, plantándose en mitad de la tienda con las manos apoyadas en la empuñadura de su bastón—. El plazo de gracia para el alquiler venció ayer al mediodía.

Helena dejó la mano del mortero a un lado y se secó las palmas en el delantal.

—Buenos días, señor Gable. Le aseguré que recibiría el pago a finales de esta semana. Varios vecinos tienen pendiente saldar sus cuentas conmigo.

—Los problemas de sus clientes no pagan mis contribuciones —replicó Gable con dureza—. Su deuda asciende a tres libras con cuatro chelines. Si el viernes a las cinco de la tarde no tengo esa suma sobre mi mesa, pondré el cartel de traspaso en la fachada y cambiaré la cerradura de la puerta.

Helena mantuvo la compostura frente al arrendador, aunque sus dedos se cerraron sobre el borde del mostrador.

—Tendrá su dinero el viernes antes del cierre.

—Eso espero, por su propio bien —sentenció el hombre antes de dar media vuelta y salir azotando la puerta.

Helena soltó el aire acumulado en sus pulmones. Tomó la pluma, anotó la cifra exacta de la deuda en el margen del libro de cuentas y contempló los números con el peso de la incertidumbre apretándole el pecho. Cerrar la botica significaba perder el legado de su padre y dejar a decenas de familias trabajadoras sin acceso a medicinas accesibles.

Al caer la tarde, cuando las sombras comenzaban a cubrir la calle principal, el sonido de carruajes pesados rompió la calma del vecindario. La portezuela de la tienda se abrió de nuevo y Raymond Devereux volvió a ingresar al recinto.

No traía la capa de paño de la noche anterior, sino una levita oscura de paño fino. Sus hombros se mantenían rígidos, pero su semblante ya no mostraba el agotamiento extremo de su primera visita.

—Señorita Hawthorne —saludó el duque, deteniéndose frente a la madera del mostrador.

—Su gracia —respondió Helena—. Veo que la valeriana le permitió descansar.

—Me concedió cuatro horas de sueño ininterrumpido —admitió él sin rodeos—. Sin embargo, no he regresado únicamente por tónicos para dormir.

Raymond sacó una pequeña caja de madera de su abrigo y la abrió sobre la superficie. En el interior reposaba una muestra vegetal seca. —Los jardineros de Ashridge encontraron esta planta creciendo en los márgenes del arroyo norte. Ninguno de mis hombres ha sabido identificarla con certeza y uno de los mozos presentó irritaciones severas tras manipularla.

El duque se quitó el guante de la mano para desdoblar una hoja con anotaciones de los síntomas. Al extender el papel sobre el mostrador, el dorso de sus nudillos rozó deliberadamente el dorso de la mano de Helena.

El efecto fue inmediato.

La respiración de Raymond se detuvo por un segundo. La tensión acumulada en su cuello se desvaneció al instante, dando paso a una sensación de alivio tan profunda que sus párpados cayeron despacio mientras dejaba escapar el aire contenido en el pecho.

Helena sintió la calidez del contacto, pero lo que verdaderamente capturó su atención fue la reacción del hombre frente a ella: la dilatación repentina de sus pupilas, el descenso visible en su ritmo cardíaco y la forma en que sus facciones se relajaron por completo mientras duró el roce.

Con lentitud, Helena retiró la mano, se colocó unos guantes de trabajo y tomó unas pinzas para examinar la muestra bajo la luz del quinqué.

—Es Aconitum napellus —dictaminó tras observar las raíces—. Conocida popularmente como acónito o casco de júpiter. Es una de las plantas más tóxicas de estas tierras. Su savia contiene alcaloides que atacan directamente el sistema cardíaco y nervioso. En dosis infinitesimales sirve como analgésico mayor, pero en estado bruto puede ser letal por simple absorción cutánea. Sus jardineros no deben volver a tocarla sin protección.

Helena devolvió la muestra a la caja y alzó la vista, clavando sus ojos en los del noble.

—¿Se encuentra bien, su gracia?

Raymond abrió los ojos, recomponiendo su máscara de frialdad con rapidez.

—Perfectamente, señorita Hawthorne —respondió, sacando un documento doblado con un sello formal—. He venido a formalizar mi propuesta de anoche. Le ofrezco un contrato como boticaria oficial de la hacienda de Ashridge. Cincuenta libras anuales, suministro ilimitado de materiales y un laboratorio privado en el ala de servicios de la mansión. A cambio, exigiré dedicación exclusiva a mi casa.

Helena leyó las primeras cláusulas del documento y luego volvió a mirarlo con firmeza.

—Agradezco la oferta, su gracia, pero no aceptaré la exclusividad.

Raymond frunció levemente el ceño.

—Cincuenta libras duplican los ingresos anuales de cualquier botica de pueblo, señorita Hawthorne.

—Y este negocio no está en venta —replicó ella sin titubear—. Los habitantes de esta parroquia no tienen recursos para pagar a los médicos de la capital; dependen de los preparados que elaboro en este mostrador. Puedo suministrar todas las fórmulas que Ashridge requiera y acudir dos días a la semana a supervisar el dispensario de la finca, pero esta botica permanecerá abierta.

El duque la estudió en silencio. La determinación de la joven no nacía de la terquedad, sino de una vocación profesional y un sentido del deber que Raymond comprendía mejor que nadie. Además, necesitaba su presencia en la hacienda a cualquier precio para investigar la naturaleza de ese contacto que silenciaba su dolencia.

—De acuerdo —consintió Raymond con voz pausada—. Modificaremos los términos: dos visitas semanales y suministro regular. Pero incluiré una cláusula de prioridad absoluta ante cualquier urgencia que surja en mi casa.

El noble extrajo una bolsa de cuero del bolsillo y la depositó sobre la mesa. El peso de las monedas resonó con fuerza en la madera.

—Diez libras como adelanto del primer trimestre. Redactaré el pliego final esta noche y lo firmaremos mañana a primera hora en Ashridge.

Helena miró la bolsa sobre el mostrador —una suma que liquidaba la amenaza de Gable y aseguraba el inventario de los próximos tres meses— y luego asintió con una reverencia.

—Allí estaré, su gracia.

Raymond recogió su sombrero, se colocó el guante y salió de la tienda hacia la noche, dejando tras de sí el inicio de una alianza que ninguno de los dos podría prever a dónde los conduciría.

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