El Vapor De Las Cabras by Ferux at Inkitt
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El Vapor de las Cabras

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Summary

Varek, una ciudad donde el chip ACO lo registra todo. Erlan lleva cuatro meses apagado, invisible al sistema. Ex-agente del DIC, alcoholizado y quemado, Erlan sobrevive al margen. Su única conexión con el mundo oficial es Bailey, operativa de la UCE, que una mañana irrumpe en su casa con una noticia que no puede ignorar: Nira Fitch, la hija de su antiguo mejor amigo Oland, ha aparecido muerta en los túneles del Kioki Plaza. El DIC —el cuerpo que dirige Oland— ha acordonado la escena y se niega a compartir información. Once años de silencio entre ellos, y ahora Oland ha perdido a su hija y no ha llamado a Erlan. No ha pedido ayuda. Y eso, para Erlan, es la prueba de que algo no está bien. Erlan sabe que investigar significa plantar cara al sistema que considera su silencio digital una traición. Pero Nira iba a cumplir veinte en marzo, y Erlan no puede mirar hacia otro lado. No es solo un crimen. Es una deuda con un hombre que un día fue su hermano.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

I

—¿Estás despierto?

Escuché una voz familiar mientras las persianas se elevaban automáticamente produciendo ese peculiar sonido que tanto odiaba. Se atascaron y sonreí para mis adentros, regocijándome en la manta.

El televisor parpadeó junto a las luces de la casa y después el ITL comenzó a dar los buenos días, pero tras un pitido dejó de hacer su función, sumiendo el sitio en penumbras.

—No me lo puedo creer. ¿Has accedido al ITL? —siguió diciendo la voz.

El televisor continuaba parpadeando. Siempre lo hacía. Continuaba así no menos de una hora, siempre y cuando no me levantase para darle un golpe. Aquello nunca fallaba y también era de los pocos fallos que había encontrado. Tal y como dedujeron ese loco de Dubbs y su nieto, el software estaba listo. Lo había probado los últimos cuatro meses.

—Bailey, dale un golpe al plasma, ¿quieres? —rogué con esperanza de que aquel flash monótono desapareciese de la espesura de mis párpados—. Así dejará de joder.

Me dolía la espalda y me giré en el sofá dando la espalda a la luz, dejando al descubierto mis dos queridos Zippos que utilizaba para fumar. Tenía la mala costumbre de dormirme mientras fumaba, aunque seguía utilizando papel de arroz, el cual me costaba mucho dinero y horas en Las Idres.

—Tengo un caso, ¿vale? —dejó caer Bailey.

—Me suda la polla, Bailey. ¿Quieres hacer el favor de dar un golpe al plasma? —volví a preguntar con pesadez.

El día anterior había sido horrible. Ese hijo de puta de Morlen y su mujer se habían encargado de joderme en El Jarras y el cabrón de Romman y los suyos no habían hecho nada, lo cual hacía que mi humor y aguante por el constante haz de luz fuese mucho menos de lo habitual.

—Será mejor que te vistas —dijo de pronto Bailey, levantando las persianas en modo manual. La luz me cegó—. Ha aparecido un cuerpo en el Kioki Plaza.

—Bailey, aparecen docenas de cuerpos al año en el Kioki Plaza. —Levanté una mano para apartar la luz y agarré los Zippos mientras me incorporaba en el sofá—. Pásame esa bolsa, anda —dije señalando a un lado de Bailey.

Bailey echó un vistazo a su alrededor ignorando la petición y levantó una ceja. La pasada noche, tras volver de El Jarras, pasé antes por el local de Chan y compré algo de beber para conciliar el sueño.

—Tienes que parar —dijo Bailey con contundencia mientras miraba las latas de Budvax—. Me habían llegado rumores y si me han llegado a mí...

—¿Por eso estás aquí? —pregunté. Desafiante.

—Mira, no sé qué habrán conseguido Jamie y su abuelo con sus codiguitos, pero tarde o temprano se darán cuenta, Erlan. Todo está conectado. ¿Cuánto llevas sin hacerte la revisión en tu ACO?

—Está muerto —contesté alzándome hasta mi bolsa. Saqué tabaco y papel y empecé a liarme un cigarro.

—¿Hace cuánto, un mes? —preguntó Bailey de nuevo.

—Cuatro —contesté con la mayor sinceridad posible, pese a que el mes anterior a que Dubbs me diese el software tampoco había utilizado el ACO.

Bailey negó con la cabeza.

—La sobrina de Oland Fitch ha aparecido muerta en uno de los túneles subterráneos del Kioki Plaza. Pensé que querías saberlo.

El nombre de Oland Fitch me golpeó en algún lugar entre el estómago y el pecho.

Terminé de liarme el cigarro sin decir nada. Lo encendí con el Zippo de la izquierda, el que tenía la tapa rota, y solté el humo hacia el techo mientras Bailey me observaba con esa paciencia suya que siempre me había parecido más bien una forma sofisticada de presión.

—¿Cuántos años tiene? —pregunté al final.

—¿Quién, la chica? Diecinueve. Veinte en marzo.

Hice el cálculo sin querer. Oland tenía que rondar los cuarenta y cinco ahora. La última vez que lo vi en persona llevaba una chaqueta demasiado grande para él y su mujer, Sael, estaba en la tercera planta del Médico Central con dieciocho horas de parto encima. Me había llamado desde el pasillo porque no le dejaban entrar. Yo había cogido el tren desde Varek con resaca.

—¿Cómo se llamaba? —dije.

—Nira. Nira Fitch.

Fumé.

Nira. Sael se lo había dicho antes incluso de saber si era niña o niño. Oland me lo comentó esa misma noche entre café malo de máquina y el zumbido constante de los fluorescentes del pasillo. Si es niña, Nira. Si es niño, también.

—¿Qué cuerpo lleva el caso? —pregunté.

—El DIC lo ha reclamado. Por eso vine yo.

El DIC. Investigación Central. El cuerpo de Oland.

No dije nada durante un momento. Bailey conocía la historia a medias, la versión que yo le había contado alguna vez sin demasiado detalle: que Oland y yo habíamos estudiado juntos en Varek, que habíamos entrado al cuerpo el mismo año, que después cada uno había tirado por su lado. Lo que no le había contado era que tirar por su lado significaba en realidad que la última conversación que habíamos tenido terminó con él colgando el terminal sin despedirse, y eso había sido hace once años.

—El DIC no va a querer que me acerque a ese caso —dije.

—El DIC no sabe que conoces a Fitch.

—¿Y tú sí lo sabías?

Bailey tardó un segundo de más en contestar.

—Me llegó algo. Ya te dije que los rumores llegan.

Solté el cigarro en el borde de la lata vacía de Budvax que hacía de cenicero y me levanté del sofá. Me crujió la espalda en dos sitios distintos. La luz de la mañana entraba ahora sin filtros por las persianas abiertas y el televisor seguía parpadeando en silencio, ese destello blanco intermitente que ya conocía de memoria.

La mayoría de los terminales residenciales venían preinstalados con el ITL desde hacía unos doce años. Integración para la seguridad doméstica, decía el prospecto. En la práctica significaba que un servidor gubernamental sabía cuándo encendías las luces, cuándo subías la temperatura, cuándo dejabas de responder al saludo matutino. A mí me lo habían instalado por ley cuando fiché en el cuerpo. Formaba parte del contrato. Lo que Dubbs y su nieto Jamie habían conseguido con sus codiguitos, como los llamaba Bailey, era básicamente enseñarle al ITL a no arrancarse. No un engaño sofisticado, nada de simular rutinas ni falsificar registros de actividad. Simplemente: el sistema intentaba encenderse, fallaba, e intentaba de nuevo. El parpadeo del televisor era eso. El ITL dando tumbos en la oscuridad sin encontrar la puerta. Tarde o temprano alguien lo detectaría en una auditoría de señal y tendría un problema de verdad.

Pero de momento funcionaba.

—Dame diez minutos —dije, y desaparecí hacia el baño.

El espejo me devolvió la imagen de alguien que había dormido tres horas en un sofá. Me pasé agua por la cara y me quedé mirando el pequeño nódulo detrás de mi oreja derecha, apenas perceptible bajo la piel, la base de integración del ACO que me habían instalado con diecisiete años cuando aquello todavía era experimental y el gobierno pagaba a las familias por apuntarse al programa piloto. Mi madre había cobrado cuatrocientas notas. Yo había pasado tres semanas con fiebre.

El ACO llevaba cuatro meses apagado. Sin sincronización, sin registro de localización, sin el feed de noticias filtrándose cada vez que cerraba los ojos en un sitio oscuro. Había gente que se había negado a instalárselo desde el principio, adultos que habían vivido la transición y habían decidido que preferían seguir sacando el terminal del bolsillo como toda la vida. Los llamaban analógicos, aunque el término tenía ya varias capas de historia encima. Mi abuelo me contaba que a él también le habían llamado así, cuando era joven, por negarse a cambiar el papel por la pantalla. Antes de eso, supongo que alguien llamó analógico al primero que se negó a cambiar la radio por la televisión. La palabra viajaba de resistencia en resistencia sin desgastarse demasiado. Oland la llevaba con la misma indiferencia con la que llevaba todo lo demás.

Me pregunté si todavía lo era.

Me pregunté si sabía lo de Nira.

Me sequé la cara, cogí la chaqueta del gancho detrás de la puerta y salí al pasillo.

—Vamos —le dije a Bailey.

Chapters
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