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Historias de Ryzenkart

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Summary

Dos imperios. Una raza en juego. Un mundo arrastrado al caos del conflicto. En los confines de una tierra dividida por la ambición y el dogma, se libra una guerra silenciosa y devastadora. Por un lado, una potencia imparable busca someter, encadenar y borrar de la historia a una raza entera; por el otro, una nación rebelde se alza como el último bastión dispuesto a sacrificar su propia estabilidad para garantizar la libertad de los perseguidos. A través de los ojos de monarcas desgastados por el peso del mando, estrategas desalmados, eruditos en busca de redención y guerreros marcados por la tragedia, esta colección de relatos explora los frentes olvidados de un conflicto total. No hay terreno neutral cuando la existencia misma es el botín. En una era donde las fronteras cambian con la sangre y los ideales se quiebran en el frente, cada decisión, por pequeña que sea, puede cambiar el curso de la historia.

Genre
Fantasy
Author
Ryzenkart
Status
2mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sacrificios

Su mirada era fría. Estudiaba el mapa con una precisión casi quirúrgica, recorriendo cada terreno, cada ruta, cada paso posible. Pequeños estandartes de madera se alzaban por toda la superficie: dos colores. Uno dorado que señalaba sus tierras, y muchos celestes que abarcaban gran parte del territorio, avanzando como una marea que no se detenía.

Miles de pergaminos cubrían la habitación, algunos en el suelo, otros sobre las sillas. Su corona descansaba abandonada en un rincón, molestando su concentración con el destello que la gema azulada lanzaba cada vez que el sol la encontraba.

Fue la luz del amanecer, deslizándose por el ventanal, lo que agudizó su mirada. Y con ella, el sonido de pasos acercándose.

—¿Hermano? —La voz llegó desde el umbral.

Su cabello dorado se movía con cada paso, y sus ojos azules mostraban una preocupación que no intentaba disimular.

—¿Te quedaste aquí toda la noche? —añadió, mirando los pergaminos dispersos, el mapa, el desorden acumulado—. Dime que al menos comiste algo.

La calma en la voz de su hermano le produjo una comezón en su piel. Su mirada seguía perdida en el mapa, intentando encontrar una lógica en lo que no la tenía.

—Comeré más tarde.

Su hermano caminó despacio, observando el tablero de batalla con curiosidad silenciosa. Las banderas doradas permanecían en su sitio. Las celestes, en cambio, seguían multiplicándose. Cada ruta obstruida. Cada paso cortado. Incluso los mares mostraban el color del enemigo.

—Creo... —Se sentó en la silla del costado, acomodando sus mechones con ese gesto distraído que tenía desde niño—. Que debemos dejar la guerra.

El silencio se extendió como agua derramada.

—No... Yo...

Unos golpes en la puerta lo interrumpieron. Su hermano se levantó con total tranquilidad, abrió y recibió una bandeja de frutas y pan de manos de la sirvienta, como si lo hubiera previsto.

—Es mejor que comas algo antes. No quiero que debatamos esto con el estómago vacío. —Su sonrisa era serena, y eso, por alguna razón, lo irritaba más que cualquier argumento.

Asintió sin entusiasmo. Sintió un ardor en el estómago mientras se sentaba frente a él, aunque sus ojos no dejaban de volver al mapa.

—Adán —dijo su hermano con su sonrisa habitual—. Tranquilo. Esas banderas no van a ningún lado.

Le devolvió la mirada como respuesta, esta vez con mayor frialdad, pero bajó la cabeza. Las frutas olían bien. No sentía hambre.

—¿Cómo quieres que esté tranquilo? Mis planes, todo... —Exhaló despacio—. Todo parece estar en mi contra. El Senado, los soldados, hasta los campesinos.

Se raspaba las uñas maquinalmente, el pie moviéndose sin parar bajo la mesa. Su hermano sonrió con suavidad y sacó un tablero de madera del bolso que traía.

—No puedes pensar bien si estás así de tenso. Relajémonos un momento. No siempre tengo un día libre.

Miró las piezas, dudoso. Luego el mapa. Asintió al ver a su hermano.

—Bien. Una partida no estará de más.

Acomodaron las fichas en silencio. Las piezas blancas tenían grietas celestes que brillaban con cierta opulencia. Las negras tenían partes doradas, iguales a las blancas en forma, distintas en color.

—¿Quieres empezar tú, hermanito?

—No, insisto. Te sienta bien ser el primero.

El juego comenzó. Su hermano jugó con calma, como hacía todo: con una sonrisa instalada y movimientos deliberados, cada pieza buscando eliminar a su rival. El sol le daba de lleno en el rostro sin que pareciera molestarlo, a pesar de su piel pálida. Adán, en cambio, jugaba a la defensiva. Cada movimiento cubría al anterior, pero su mirada no se apartaba del rey enemigo.

—Adán —susurró su hermano—. Sé el peso que estás cargando. Desearía poder aliviarte como puedo hacerlo con los demás. —Movió una pieza y capturó una de las suyas.

—No te preocupes. —Se recostó levemente en el asiento, sin dejar de jugar-. Esto lo elegí. No pienso rendirme.

Su hermano sonrió, aunque mantuvo la presión—. Ya sabes lo que te iba a decir... —Jugó su turno con los ojos puestos un momento en el mapa—. Es hora de parar. Esta guerra ni siquiera es nuestra.

Esas palabras paralizaron a Adán. Más aún al ver la pieza que estaba a punto de mover y la trampa en la que estaba a punto de caer.

—Es una tontería decir eso, Edén. —Jugó, cediendo una pieza para no quedar peor—. ¿No se supone que el Paladín debe proteger a todos? ¿Qué haces hablando así?

—Hermano, no puedo involucrarme en asuntos políticos. Lo sabes. —Respondió sin perder la calma.

—No te estoy pidiendo que te involucres. —Respondió Adán—. El deber de este Imperio es preservar la libertad, la paz... —Movió, alineando sus piezas en silencio—. Mi deber como Emperador es proteger a quienes se la están arrebatando. Solo te pido que lo entiendas.

Edén miró a su hermano. Notó su cabello negro cayendo como un manto, los ojos marrones enrojecidos por el desvelo. Y sin embargo, su voz, su postura, su mirada, todo mostraba algo que no cedía.

Una voz cruzó su mente con precisión, «Dama, C3». Miles de voces más la confirmaron al instante.

—Adán... —Su tono fue suave—. Esta guerra no solo te consume a ti. —Tomó la Dama—. Consume también a nuestros guerreros. —La colocó en la casilla que todas las voces le indicaban.

Adán fijó la vista en esa jugada. Luego en los ojos de su hermano, donde el sol hacía brillar ese azul con algo parecido a la victoria. Miró el tablero. No había salida visible.

—Escúchame, hermanito. Hace cuatro meses perdimos gran parte del frente en un ataque directo de Merlín. Hace catorce semanas destruyeron la ruta de Dulcinea. Hace ocho, la Lacrimosa hundió una flota entera de Profanos. —Tomó una rebanada de manzana y la saboreó despacio—. Puedo seguir. Día por día. Cada pérdida, cada súplica. No es fácil para mí tampoco, y no puedo intervenir. Pero creo que ya no podemos seguir sacrificando vidas en vano.

Un golpe seco se escuchó. Adán se levantó, la silla cayó detrás de él. Su rostro no mostraba emoción, solo esa frialdad que contrastaba con el calor del sol en la habitación. Tomó su Dama y, con un movimiento preciso, capturó un peón.

Edén quedó inmóvil. Miró el tablero. Parecía un jaque mate, pero la reina estaba completamente desprotegida. Un sacrificio sin ningún sentido aparente.

«Captúrala.»

«Ya ganamos, solo acéptalo.»

«Pon fin al juego.»

Las voces se acumulaban, insistentes. Edén no podía apartar los ojos del tablero.

—Sabes, Edén. Tienes razón en algo. Es un sacrificio. —La voz de Adán era fría, pero no vacía. Caminó hacia el mapa, señaló con la vista una ruta que no tenía sentido, repleta de banderas celestes, y luego desvió la mirada hacia su corona y la gema que brillaba en el rincón—. Pero ninguna pérdida, ninguna baja, ninguna vida fue en vano.

Recordó aquel día en que su gente reclamó. No pedían rendirse. No pedían parar. Pedían una respuesta. Ya era momento de atacar.

Edén tomó a su rey, dispuesto a capturar la Dama. Una sonrisa suave comenzó a formarse, pero se detuvo. Miró el tablero entero. Cada pieza de su hermano. Cada movimiento anterior. Si capturaba, la derrota era inevitable: piezas simples, aparentemente débiles, que en conjunto no le dejaban ninguna escapatoria.

—Por Solum... —Se levantó despacio, acomodó su ropa. La luz del sol se había desplazado, y la habitación quedó en una sombra tenue—. ¿Planeas sacrificar a ciudadanos con familias, devotos, guerreros de renombre... por gente que ni siquiera nos pertenece?

—Planeo sacrificar a todo aquel que esté dispuesto a ser sacrificado.

La imagen de cada soldado llenó su mente.

Guerreros.

Mercenarios.

Antiguas leyendas.

—A todo aquel que entienda que esta guerra no es por Solum, ni para hacerle daño a Merlín. Es por la libertad de mi gente, Edén. Por mi raza.

Las miradas chocaron. Una con un color sagrado. La otra con un color terrenal.

—Eres egoísta, Adán. La guerra no es un juego. —Caminó hacia la puerta y se detuvo en el umbral—. Más te vale que lo que estás planeando funcione. No quiero escuchar los lamentos de nuestro padre en mi cabeza.

Salió. Sus pasos por el pasillo eran más tensos ahora, y las voces en su mente se habían convertido en un cúmulo de reproches que no cesaban.

Adán se quedó solo. Miró el mapa con detalle. Y entonces, sin que pudiera evitarlo, un suspiro salió de su boca, y con él, una sonrisa. Tomó su corona entre las manos y comenzó a arrancar la gema con sus propios dedos.


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