Capítulo 1: El reflejo de las 3:33
—Este sitio da escalofríos, en serio —comentó Lara, arrastrando su pesada maleta de lona por el pasillo de linoleo desgastado. Se detuvo frente a la puerta de madera maciza donde el número 404 colgaba torcido de un solo tornillo de latón—. Parece el escenario de una película de terror de bajo presupuesto. ¿Seguro que el casero no nos ocultó nada?
—Lo único que oculta este sitio es una instalación eléctrica del siglo pasado —respondió Mateo con una risa seca, empujando la puerta para abrirla de par en par.
Fue el jueves por la noche cuando la regla de la Habitación 404 se manifestó por primera vez. Yo me había levantado al baño debido a una sed insoportable. La luz del pasillo estaba apagada, y la única claridad provenía de la luna llena que se filtraba por el ventanal del cuarto. Entré al baño común de la habitación, un espacio estrecho con azulejos blancos y un gran espejo flotante sobre el lavabo de porcelana. Al encender el interruptor, la bombilla parpadeó tres veces y se apagó por completo, dejándome a oscuras.
Miré mi reloj de pulsera. La pantalla digital marcaba las 3:33 a. m. en punto.
Iba a abrir el grifo para mojarme la cara cuando levante la vista hacia el espejo. La oscuridad de la estancia debería haber reflejado únicamente la penumbra de mi propia silueta, pero no fue así. El cristal no mostraba mi rostro. El espejo de la Habitación 404 se había transformado en una ventana nítida hacia una línea temporal paralela o futura.
Nada. El espejo volvió a ser un trozo de vidrio ordinario que reflejaba mi rostro pálido, mis ojos desorbitados por el terror y las gotas de sudor frío que me corrían por la frente.
Salí del baño dando un portazo y entre a la habitación principal con la respiración entrecortada. Para mi sorpresa, los otros cuatro estaban sentados en sus respectivas camas, despiertos, mirándome con la misma expresión de espanto absoluto que yo llevaba grabada en las facciones.
—Tú también lo has visto, ¿verdad? —preguntó Daniel en un hilo de voz, con la pantalla de su ordenador portátil iluminando sus manos temblorosas—. Pensé que me estaba volviendo loco. Llevo tres noches seguidas entrando al baño a las 3:33 AM debido al insomnio. El espejo... el espejo no muestra tu reflejo actual. Muestra el momento exacto en el que vas a morir la noche siguiente.
—Es imposible, es un truco óptico o una alucinación colectiva por el cansancio —insistió Mateo, aunque su voz carecía de la seguridad habitual y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la manta de su cama—. El cerebro nos está jugando una mala pasada debido a la humedad de este edificio inmundo.
—No es una alucinación, Mateo —intervino Sofía, levantando su bloque de dibujo con dedos temblorosos. Pasó la página para mostrarnos el boceto que acababa de trazar al carboncillo: era la silueta de la figura de la capucha oscura sosteniendo el cuchillo militar militar—. El espejo muestra la verdad. Muestra que uno de nosotros va a entrar a matarnos uno a uno cuando el reloj marca la hora maldita. Alguien en este cuarto está buscando ser nuestro amigo mientras planea cómo cortarnos el cuello por la espalda.
Un silencio sepulcral, espeso y cargado de una desconfianza mutua se instaló en la mitad de la Habitación 404 . Nos miramos los unos a los otros bajo la tenue luz de la luna, buscando una grieta, una mentira o una señal de culpa en las facciones de nuestros compañeros. Las reglas del juego habían cambiado de golpe. Ya no éramos estudiantes compartiendo piso para ahorrar dinero; Éramos cinco sospechosos atrapados en una trampa de tiempo, conscientes de que el asesino dormía en la cama de al lado y que el espejo del baño ya había comenzado la cuenta atrás para nuestra propia ejecución.








