Prólogo
Otro día más. La única diferencia con el anterior era que la fecha había cambiado en el calendario.
Suspiro pesadamente apagando el despertador con más fuerza de la necesaria, sabía perfectamente la hora que era, llevaba tantos años con el mismo despertador que estaba harta. Las 5:00 a.m. La misma hora de siempre. Se quedó tumbada unos minutos, con la mirada perdida en el techo agrietado por el paso del tiempo, haciéndose la misma pregunta de cada mañana: ¿en qué momento su vida se había acabado así?
Suspiró. Sabía que era inútil seguir dándole vueltas.
Se levantó haciendo una mueca de dolor y abrió la puerta de su habitación. El desorden la recibió como un viejo amigo: papeles esparcidos por toda la mesa, carpetas apiladas sin cuidado en las esquinas, informes con nombres tachados y fechas subrayadas. Casos sin resolver. Como siempre.
El olor de su propio sudor la hizo arrugar la nariz. Necesitaba una ducha urgente. Antes de meterse al baño, cogió la ropa que usaría ese día: camiseta blanca, chaleco negro, corbata lisa del mismo color, vaqueros oscuros que marcaban sus pocas curvas y unos zapatos de vestir desgastados pero limpios. Su uniforme de trabajo diario.
Después de asearse en el diminuto baño, se miró brevemente en el espejo empañado. Ojos sin vida, ojeras que ya no se molesta en ocultar y esas estúpidas gafas que le recuerda lo dependiente que es hacia el objeto. Apretó los puños sobre el lavabo pero no tardó en volver a recomponerse.
Salió del apartamento y el frío de Tokio la golpeó sin piedad.
—Tokio… —murmuró con desprecio.
Odiaba el clima frío. Le recordaba demasiado lo gris y vacía que se había vuelto su vida. Caminó con paso firme, atajando por callejones estrechos y rutas que solo ella parecía conocer, evitando cualquier persona con la que pudiera cruzarse. No quería saludos. No quería miradas. Solo llegar, hacer su trabajo y volver al basurero que llama apartamento.
Al entrar en la comisaría el mismo ambiente de siempre. Voces, teléfonos sonando, compañeros riendo en los pasillos. Todo le resultaba irritante. Caminó como un robot, siguiendo la ruta que había creado con el tiempo, esquivando a todo el mundo.
Cuando por fin se dejó caer en su silla, frente a su escritorio perfectamente ordenado según ella, soltó un leve suspiro de alivio. Aquí al menos tenía control.
—¡TAKAHASHI! —retumbó una voz aguda y autoritaria desde el otro lado de la sala.
Ella levantó la vista con lentitud, una sonrisa sarcástica asomando en sus labios.
—Hola, Teniente… —respondió con un tono empalagoso—. Me alegra verla tan amable como siempre.
—Deja de jugar conmigo, Rei... ¿Hiciste lo que te pedí? —Dijo la teniente inclinándose sobre ella como un animal a punto de atacar—
Hubo un silencio creando una tensión que era palpable en el ambiente.
—Me estás tomando el pelo... —La teniente se cruzó de brazos esperando a que Rei hablará—
Cuando Rei hablo era en un tono relajado y desinteresado
—Es por el tema de los nuevos cachorros ¿verdad? —Suspira Rei moviendo la mano con desdén— Ya le dije que no iba a enseñar a ningún recluta... Para eso están las academias... —Se cruza de brazos desviando su mirada de la teniente—
La teniente dio un golpe en la mesa haciendo que la comisaría se sumiera en un silencio sepulcral. Las miradas se centraron en ellas dos, las cuales parecían estar teniendo un duelo propio de una película del oeste.
—Tienes suerte de ser buena en tú trabajo, Rei... Por qué si no de lo contrario—
La teniente apretó el puño en su costado resistiéndose las ganas de hacer algo de lo que se podría arrepentir en el futuro. La teniente volvió a hablar con un tono más frío y profesional que al principio
—Se te ha impuesto el cuidado de un cachorro... Antes de que Rei pudiera hablar la teniente hizo un gesto para que guardara silencio
—Te lo estoy comunicando como tú teniente... No como tú amiga—Dijo con una mirada que parecía robar almas—
—¿Cuándo va a venir el recluta? —Dijo Rei con falso interés—
—Él vendrá a verte.... Y ni se te ocurra escaquearte... Tengo ojos por todas partes...
Con esa última frase la teniente se va dejando consigo la tensión que aún era palpable.
Rei cerró los ojos intentando despertar de esta pesadilla, pero no ocurrió nada.
En un momento alguien estaba enfrente de su escritorio, una figura de complexión media vestida con un atuendo informal propio de un estudiante de universidad.
—¿Usted debe de ser Rei Takahashi? —Dijo el desconocido cambiando el peso de un pie al otro— Me llamó Yuki... Yuki Sato —Le extiende la mano— encantado de conocerla...
Rei no podía mirar al desconocido que se hacía llamar Yuki Sato, su cabeza estaba bloqueada mirando fijamente al suelo mientras apretaba los puños a sus costados.
El desconocido seguía mirándola como si fuera un animal raro o digno de un estudio científico.
Es el fin —murmuró Rei con su cuerpo temblando como un flan—








