LO SIENTO
Un niño nace.
Ese niño es demasiado bello para ser obra de sus padres. Su cabello es blanco como la ceniza de un fuego antiguo y sus ojos, oscuros, parecen guardar una calma que no pertenece a este mundo. El niño emana tranquilidad, una paz extraña, casi sagrada. Se llama Bill, o Billy, como suelen llamarlo con ternura, y sus padres no dejan de mirarlo con asombro, preguntándose cómo sus propias manos pudieron traer al mundo a un ser así.
Billy nació en Oregón, más específicamente en un pequeño pueblo llamado Blindforest. Es un pueblo lluvioso, donde las estaciones de lluvia se extienden hasta ocho meses, como si el cielo jamás quisiera cerrarse del todo. Blindforest es hermoso, sí, pero se halla oculto en lo más recóndito de aquel estado, envuelto en niebla y susurros. Allí, la gente desaparece sin dejar rastro; no hay gritos ni señales de violencia, solo ausencias. Como si se esfumaran. Como si la tierra misma los reclamara en silencio.
Maestra: No es así, Billy. Este pueblo es muy extraño… un antiguo campo de concentración, ¿no? Me da escalofríos.
Billy: Ya, maestra, deje de decir eso, me asusta. Mi mamá dice que usted está loca. Solo tengo tres años, no debería asustarme así.
Maestra: ¿Mmm, en serio dice eso tu mamá de mí? Yo que pensaba que le caía bien…
Billy sale de su escuela acompañado de una niña, su mejor amiga: “Eli”. Sí, solo Eli. Desde que recuerda —aunque con apenas tres años no es mucho lo que la memoria permite— ella ha estado ahí. Billy tiene una extraña marca en el brazo, algo que parece un ojo antiguo, grabado en su piel como un sello olvidado.
El tiempo pasa. Billy cumple cinco años, su cabello ahora ya más gris que blanco, junto a su mejor amiga, pero ese día sus padres le dan una noticia terrible. Deben irse. Debe despedirse de los habitantes del pueblo, de las calles húmedas y del bosque que siempre observa en silencio. Se marchan a California, donde “todo es posible”. Billy no quiere irse, pero es demasiado maduro para su edad y comprende la verdad que nadie dice en voz alta: todos los niños a partir de esa edad desaparecen, y no queda nada de ellos. Así que se va.
Eli: Billy, ¿regresarás? Regresa por mí dentro de unos años, por favor… ¿okey? Te quiero.
Billy se despide de Eli y parte.
Ocho años después, en California, su padre —consumido por las drogas y el alcohol— muere en un terrible accidente. Bill queda devastado. Su madre, aún más rota, se ahoga cada noche en botellas sin fondo. Bill, con apenas trece años, debe cuidarla.
Una noche, como tantas otras, su madre llega al apartamento embriagada, llorando… y con un cuchillo en la mano. Ataca a su propio hijo, culpándolo de todo. Bill intenta controlarla, suplicarle, pero no hay respuesta. El miedo y la desesperación lo empujan a hacer lo impensable.
La policía llega. Encuentran el cuerpo sin vida de la madre. Determinan que Bill actuó en defensa propia.
En la escuela lo llaman asesino. El silencio se vuelve su único compañero. Termina viviendo con su tía, mientras aún intenta asimilar lo ocurrido hace apenas un mes. Entonces, ella le da otra noticia: lo enviará con su otra tía, esta vez paterna, a Oregón… a Blindforest. El mismo pueblo donde nació y vivió sus primeros cinco años.
Toma un vuelo. Llega a una casa que no está mal, pero es monótona y nostálgica. Es la misma casa de antes. Las paredes parecen recordar.
En su primer día de escuela, nota algo extraño: nadie lo mira, nadie lo juzga. No porque sea invisible, sino porque no hay nada malo que señalar en él.
De regreso a casa, sentado en el autobús, lo ve.
Al fondo del bosque.
Un ciervo comiendo… algo. Se sabe que está comiendo, pero no es un simple animal. Es un ciervo que se ve demasiado extraño... Demasiado ilógico, el ciervo ve a Billy de manera que no parece de un animal , parece que lo reconoce. Billy lo mira.
El ciervo lo mira también.
Desde ese instante, Billy se quedó pensando en esa cosa "Es un animal no? Pero porque mi cuerpo actúa como si no lo fuera?" Dice Billy pensando
Su cuerpo quedó completamente paralizado.
Y el bosque, como siempre, guardó silencio, Calma
Después de unos días sin entender que vio pero con el sentimiento extraño.
En una tarde de lluvia ligera, con la niebla colgando baja como si el cielo estuviera cansado, Billy sale a caminar.
La calle es relajante. Callada. Demasiado… sola.
Lleva audífonos, pero aun así lo siente.
El bosque lo observa.
No es una idea. No es imaginación.
Es una sensación que se arrastra por su espalda como dedos invisibles.
Entonces, los susurros.
No los entiende… pero lo llaman.
Billy: —¿Qué carajo…? ¿Qué es eso? ¿Por qué siento esto…?
Si estuviera en una película, sin duda entraría… pero no estoy en una.
Los ignora. O al menos lo intenta.
Sigue caminando.
Entonces su brazo arde.
Se detiene.
Da un paso… el ardor aumenta, más profundo, más insistente.
Retrocede… y el dolor se apaga, como si nunca hubiera existido.
Silencio.
Billy respira hondo, confundido.
Empieza a caminar otra vez… guiándose no por lógica, sino por dolor.
Avanza por donde menos arde.
Billy: —Mierda… qué creepy, jajaja…
Se ríe, pero su voz no le pertenece del todo.
Y sin darse cuenta… entra al bosque.
Los árboles se cierran lentamente a su alrededor.
Entonces lo ve.
Un árbol.
No… el árbol.
Es absurdamente grande, más alto que los demás, más viejo… más presente.
El musgo cubre su corteza como piel enferma, y hay marcas… escrituras… símbolos que parecen haber sido olvidados incluso por el tiempo.
Pero lo que realmente llama su atención son las flechas.
Talladas.
Apuntando hacia arriba.
Billy: —¿Tengo que subir…?
…Mierda. Lo haré.
De su mochila saca una navaja.
Da un salto.
Demasiado ágil. Demasiado preciso.
Clava la hoja en la corteza… y sube.
Una vez.
Otra.
Otra.
Resbala por momentos. Casi cae.
Pero sigue.
Hasta que lo encuentra.
Una parte del árbol… diferente.
Artificial.
Un bloque incrustado en la madera. Una tapa.
A su lado, pequeños números. Una especie de cerradura.
Billy los mira… y simplemente arranca la placa.
Sin contraseña. Sin permiso.
El árbol no se resiste.
Dentro… polvo. Antiguo. Quieto.
Y en medio… un libro.
¿O una libreta?
¿Un diario?
La portada es extraña.
Una sola palabra:
“¿Coincidencia?”
Billy lo toma.
Va a abrir la primera página y—
El mundo se rompe
—¡Mierdaaaaaaa—!
Cae.
El impacto le roba el aire. El suelo lo recibe sin cuidado.
Su navaja queda clavada junto a su cabeza.
Silencio.
Entonces—
Un grito.
—¡Aaaaayuda…! ¡Ayúdenme… por favor!
Billy se congela un segundo.
Luego se levanta.
Guarda el libro.
Y corre.
Corre sin pensar.
Se resbala, se levanta, sigue.
La voz se vuelve más clara, más desesperada.
Hasta que llega.
Un puente.
Oscuro. Húmedo. Olvidado.
Y ahí… siete adolescentes.
Golpeando a un niño.
No parece tener más de catorce años.
Lo patean en la cara. En el estómago.
Pero no cae.
Se mantiene en guardia.
Sonríe, incluso.
—Podría resistir semanas, idiotas.
Billy no duda.
Lanza su mochila. Corre.
Saca la navaja.
Se planta frente al más grande.
—Detente- dice Billy
El bravucón sonríe.
—¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Matarme?
Lanza un puñetazo.
Billy lo esquiva.
Y sin pensarlo—
Ataca.
No lo corta.
Pero sí el cinturón.
El pantalón cae.
Silencio.
Luego—
Risas.
Los otros se miran. Dudan.
El más grande, rojo de rabia, da un paso al frente.
—Estás muerto, idiota.
Billy sonríe.
No es burla.
Es… calma.
Y eso los detiene.
Porque algo en él no encaja.
No vale la pena.
Se van.
El bosque vuelve a respirar.
Billy se acerca al chico. Le ofrece la mano.
Lo levanta.
—Eres el nuevo… ¿cierto?
Su expresión es rara. Mezcla de enojo… y miedo.
Billy: —S… sí.
El chico se queda en silencio un segundo.
Luego—
Se ríe.
—¡Jajajaja! ¡Eso fue increíble! ¿Viste su cara? ¡Y su… tamaño! ¡Eres increíble!
Billy duda… y luego ríe también.
Billy: —Ja… sí… jajaja…
—Soy Johan.
Billy: —Bill… pero puedes decirme Billy.
—Vamos, te acompaño a casa.
Johan cojea, apoyándose en él.
Y así se alejan.
Dos figuras.
Perdidas entre la niebla.
Mientras el bosque… observa








