Capitulo 1
El arte de caer y seguir caminando
El primer día de clases en la universidad no olía a promesas ni a nuevos comienzos; olía a café barato de máquina, a fotocopias recién impresas y a una mezcla abrumadora de perfume caro y sudor de nervios. Mara ajustó las correas de su mochila -una lona gastada que ya había sobrevivido a tres años de preparatoria y que ahora parecía implorar clemencia bajo el peso de tres cuadernos de dibujo, un estuche repleto de lápices graduados y una carpeta con calcomanías descoloridas de anime- y soltó un suspiro que apenas si movió el flequillo desordenado que caía sobre sus ojos.
Había pasado todo el verano convencida de que la universidad sería un territorio diferente. Se imaginaba a sí misma caminando con paso firme por los pasillos de ladrillo visto, rodeada de mentes brillantes, discutiendo sobre filosofía o teoría del color mientras una brisa otoñal mecía su cabello con elegancia cinematográfica. La realidad, por supuesto, tenía otros planes. La realidad consistía en un campus gigantesco, repleto de edificios idénticos que desafiaban cualquier lógica arquitectónica, y en una muchedumbre de estudiantes mayores que parecían conocerse de toda la vida, riendo a carcajadas en grupos impenetrables que bloqueaban exactamente el centro de cada entrada.
Mara dio un paso al frente, sintiendo que sus pies pesaban el doble de lo habitual. Sus zapatillas Converse, con las suelas desgastadas y la lona manchada de tinta china de tanto practicar en su habitación hasta altas horas de la madrugada, crujieron ligeramente sobre el pavimento de la plaza central. Iba con la mirada fija en el suelo, una táctica de supervivencia que había perfeccionado desde la secundaria: si no mirabas a los ojos a la gente, la gente fingía que no existías. Y para alguien tan terriblemente tímida como Mara, la invisibilidad era el equivalente a la paz mundial.
-Tú puedes, Mara. Es solo una facultad de artes. Nadie te va a comer. Bueno, tal vez el profesor de historia del arte, pero de eso te preocupas luego -murmuró para sí misma, aferrándose a la correa de la mochila con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Dio un giro distraído cerca de la fuente principal, intentando esquivar a un grupo de chicos que cargaban con grandes paneles de madera, cuando su bota izquierda decidió traicionarla. Fue un instante de absoluta física cuántica desafortunada: el tacón de la bota se atascó milimétricamente en una pequeña grieta del adoquín, el centro de gravedad de Mara colapsó de manera fulminante y su cuerpo entero se inclinó hacia adelante en un ángulo de caída libre que desafiaba la gravedad.
-¡Ay, no, por favor, no! -jadeó, agitando los brazos en el aire como un pingüino en pleno pánico.
El impacto fue inminente. Sin embargo, en lugar de besar el frío y duro suelo de concreto con toda la dignidad de un saco de papas, su trayectoria se desvió directamente hacia algo sólido, cálido y notablemente más costoso que su ropa.
Un golpe seco resonó, seguido del inconfundible sonido de papeles y carpetas volando por los aires. Mara había ido a parar de bruces contra el pecho de alguien. El choque la descolocó por completo; sintió el aroma a loción de cedro y menta fresca invadir sus fosas nasales antes de reaccionar. Por puro instinto de supervivencia, sus manos se aferraron con desesperación a lo primero que encontraron: la solapa de una cazadora de cuero negro impecable.
-¡Ay, Dios mío! Lo siento muchísimo, de verdad, yo no quería... mi bota tiene un pacto secreto con el suelo y... -balbuceo Mara, con el rostro completamente encendido, sintiendo que las mejillas le quemaban como si las hubieran frotado con chile. A tontas y a locas, comenzó a patalear levemente en el suelo intentando incorporarse, pero sus pies resbalaron de nuevo, haciéndola tambalearse contra el pecho del desconocido otra vez.
El chico, que hasta ese segundo había estado sosteniendo un termo metálico y una tablet de última generación, tuvo que dar un paso atrás para no perder el equilibrio. Las hojas de su carpeta cayeron esparcidas alrededor de los charcos de rocío matutino.
El silencio que cayó sobre ellos fue de esos que pesan toneladas. Mara, con el corazón latiéndole en la garganta a mil por hora, levantó lentamente la vista, parpadeando a través de sus gafas de montura gruesa que se le habían resbalado hasta la punta de la nariz.
Lo que vio hizo que se le congelara el aire en los pulmones.
Frente a ella estaba un chico que parecía haber salido directamente de la portada de una revista de moda juvenil o de un web novel de romance universitario. Tenía el cabello castaño oscuro, ligeramente ondulado y revuelto con un estilo perfectamente descuidado que realzaba sus facciones angulosas y definidas. Sus ojos, de un tono avellana penetrante, la miraban no con la compasión o la amabilidad que Mara habría esperado, sino con una mezcla de fastidio absoluto y fría irritación. Su mandíbula estaba tensa, y una pequeña vena latía ligeramente en su sien.
No era solo atractivo; proyectaba una vibra magnética, imponente y, en ese preciso instante, increíblemente peligrosa.
-¿Es que acaso no tienes ojos en la cara o caminas con piloto automático? -espetó el chico, con una voz profunda, ronca y cargada de un desprecio tan gélido que hizo que a Mara se le helara la sangre.
Mara se quedó petrificada. Sus labios se abrieron ligeramente, pero ninguna palabra logró salir de su garganta. Estaba tan acostumbrada a disculperse mil veces que el tono tan seco y cortante la dejó completamente neutralizada, como si le hubieran arrojado un balde de agua helada en pleno invierno.
-Yo... yo lo siento, te juro que no fue adrede. Se me trabó el zapato y... -intentó explicarse, con la voz temblorosa, agachándose de inmediato para ayudarle a recoger las hojas que se habían manchado con un poco de lodo.
-Ahórratelo -le interrumpió él con brusquedad, agachándose también, pero con movimientos secos y agresivos, arrebatándole prácticamente los papeles de las manos antes de que ella pudiera tocarlos-. No necesito tu ayuda. Solo aléjate de mí, ¿quieres? Tengo cosas más importantes que perder el tiempo con novatas torpes que ni caminar derecho saben.
Las palabras golpearon a Mara con la fuerza de un bofetón. No tanto por el insulto en sí -al fin y al cabo, sabía que era torpe, se lo decía todos los días frente al espejo-, sino por la crueldad gratuita con la que las había soltado. Una punzada de orgullo herido, mezclada con una vergüenza tan profunda que le nubló la vista, hizo que Mara se detuviera en seco.
Estaba a mitad de camino, con las rodillas temblando y los brazos cruzados protegiéndose a sí misma, dispuesta a seguir disculpándose, pero al escuchar semejante desplante, algo dentro de ella hizo clic. La timidez extrema a veces se convertía en una coraza de orgullo silencioso.
El chico se puso de pie de un solo salto, sacudiéndose el polvo inexistente de la cazadora de cuero con un gesto de repugnancia mal disimulada, como si el simple roce con la ropa de Mara hubiera contaminado su impecable presencia. Le dirigió una última mirada cargada de superioridad y hastío, resoplando con fuerza antes de girarse sobre sus talones.
-Que tengas un "lindo" primer día, torpe -dijo con un sarcasmo punzante, enfatizando la palabra lindo con un gesto despectivo antes de echar a andar a zancadas firmes hacia el edificio principal de administración, rodeado de un aura de arrogancia que parecía abrirle el camino por sí sola.
Mara se quedó allí, plantada en medio de la plaza, con las manos aferradas a las correas de su mochila y sintiendo que las lágrimas amenazaban con desbordarse por la pura impotencia. Quería que la tierra se abriera bajo sus pies y se la tragara hasta el centro del planeta.
Idiota -pensó con rabia contenida, apretando los dientes con tanta fuerza que le dolieron la mandíbula-. Estúpido, arrogante, imbécil con complejo de modelo de pasarela.
Respiró hondo, tragándose el nudo que se le había formado en la garganta. No iba a permitir que un chico maleducado y presumido arruinara el primer día de la carrera por la que tanto había luchado. Había estudiado durante meses, había pasado noches sin dormir completando su portafolio de admisión, y no iba a pasar el resto del semestre llorando en un rincón por culpa de un patán con chaqueta de cuero.
-Al diablo con él -murmuró Mara para sí misma, con un hilillo de voz que poco a poco fue ganando firmeza. Se acomodó las gafas, sacudió el polvo de su falda larga de mezclilla y dio media vuelta, decidida a encontrar su salón de clases.
El Edificio C de Artes Plásticas estaba ubicado en la parte más alejada del campus, una zona mucho más tranquila y rodeada de árboles frondosos cuyas copas dejaban caer hojas de tonos ocres y dorados. El contraste con la ruidosa plaza principal era abrumador. Aquí se respiraba un aire diferente; olía a trementina, a óleo fresco, a arcilla húmeda y al viejo misticismo de los talleres donde la gente pasaba horas creando mundos enteros sobre lienzos en blanco.
Mara consultó el mapa arrugado que llevaba en el bolsillo por enésima vez antes de detenerse frente a una puerta de madera maciza que tenía un cartel desgastado de latón: Taller de Pintura y Expresión Visual I - Aula 302.
Miró su reloj de pulsera digital. Faltaban exactamente dos minutos para las nueve en punto. Perfectamente a tiempo, milagrosamente.
Dio dos suaves golpecitos en el marco de la puerta abierta, aunque nadie le prestó atención. El salón era un espacio amplio, bañado por una luz natural fantástica que entraba a raudales a través de enormes ventanales orientados hacia el norte. Había caballetes de madera distribuidos en semicírculos, manchas de pintura de todos los colores imaginables adornando el suelo de cemento alisado, y mesas repletas de botes, pinceles, espátulas y tarros con disolventes.
Al fondo del salón, de pie junto a una gran pizarra blanca cubierta de bocetos al carboncillo, se encontraba el profesor. Era un hombre de unos cincuenta años, con una barba poblada y canosa, una camisa de lino arrugada que delataba horas de trabajo manual y una boina negra inclinada con desenfado sobre su cabeza. Sostenía una taza humeante de café en una mano y un trozo de tiza en la otra.
-Adelante, adelante. No se queden en el umbral como si estuvieran esperando una citación judicial. Pasen, busquen un caballete y dejen de contemplar las musas, que las musas no pagan la matrícula -dijo el profesor con una voz profunda, ronca y dotada de un carisma arrollador que hizo sonreír a varios de los estudiantes que ya estaban sentados.
Mara dio un paso sigiloso hacia el interior, intentando pasar lo más desapercibida posible. Buscó con la mirada un rincón apartado, idealmente lejos de las miradas curiosas, donde pudiera instalarse sin llamar la atención. Vio un caballete libre cerca de una esquina, junto a una ventana alta desde la que se veía un jardín interior lleno de hiedras.
Se descolgó la pesada mochila con un suspiro de alivio y la depositó en el suelo junto a la pata de madera. Sacó su cuaderno de bocetos y un par de lápices, preparándose para la clase.
-Buenos días a todos -comenzó el profesor, caminando despacio entre los caballetes, apoyando las manos en las caderas mientras inspeccionaba al grupo con una mirada aguda, inteligente y observadora-. Mi nombre es profesor Alarcón, aunque aquí la mayoría me llama simplemente maestro, o viejo loco, según el día y el nivel de frustración que tengan con sus lienzos. Bienvenidos a Expresión Visual I. Muchos de ustedes vienen aquí creyendo que la pintura se trata de imitar la realidad con precisión fotográfica. Creen que un buen artista es una fotocopia cara. Pues déjenme decirles desde ya que están completamente equivocados.
Mara lo escuchaba embelesada. Las palabras del profesor resonaban exactamente con lo que ella sentía cada vez que tomaba un lápiz. Para ella, dibujar no era copiar lo que veía, sino plasmar lo que sentía por dentro, las emociones que no lograba expresar con palabras debido a su timidez crónica.
-Aquí no vamos a buscar la perfección técnica vacía -continuó el profesor Alarcón, gesticulando con energía con la tiza en la mano-. Vamos a buscar el caos, la imperfección, la verdad visceral. Quiero que sus trazos duelan, que sus colores respiren, que cada mancha de pintura cuente una historia que ustedes mismos temen decir en voz alta. El arte no es comodidad; el arte es una herida abierta expuesta al sol.
Mientras el profesor continuaba con su inspiradora introducción, Mara sintió que una extraña calma comenzaba a instalarse en su pecho, disipando poco a poco el mal sabor de boca que le había dejado el desagradable incidente en la plaza con el chico de la cazadora de cuero.
Sin embargo, la paz duró poco.
La puerta del taller, que había permanecido entreabierta, se abrió de golpe con un chirrido seco que interrumpió al profesor en medio de una frase sobre el claroscuro de Rembrandt.
-Disculpe la tardanza, profesor. Tuve un pequeño contratiempo administrativo en la decanatura -dijo una voz varonil, segura, profunda y cargada de una displicencia estudiada que hizo que a Mara se le helara la sangre de inmediato.
Mara levantó la vista lentamente, conteniendo la respiración, y sintió que el mundo se detenía por completo.
Cruzando el umbral, con la misma cazadora de cuero negro, el cabello perfectamente despeinado y esa expresión de suficiencia absoluta pintada en el rostro, venía el chico con el que se había tropezado hacía apenas diez minutos en la entrada de la facultad.
El profesor Alarcón levantó una ceja, mirándolo por encima de sus gafas de aumento con una mezcla de paciencia y escepticismo.
-Vaya, vaya, el señor Vance nos hace el honor de aparecer por fin. Supongo que su distinguida presencia en el primer día es un regalo para los dioses del arte, ¿no es así, Nolan? -preguntó el profesor con un tono irónico que provocó risas disimuladas entre algunos de los estudiantes más veteranos.
¿Nolan? -pensó Mara, sintiendo que el nombre resonaba en su cabeza como una campana de advertencia-. Así que se llama Nolan.
Nolan esbozó una sonrisa torcida, una mueca encantadora y arrogante que parecía derretir a la mitad de las chicas sentadas en las primeras filas, quienes de inmediato enderezaron la espalda y se acomodaron el cabello al verlo entrar.
-Digamos que tuve que lidiar con ciertos obstáculos en el camino, profesor. Ciertas distracciones que carecían de sentido de la orientación -respondió Nolan, deslizando su mirada de manera disimulada por el salón, como si estuviera buscando algo... o a alguien.
En ese exacto instante, sus ojos color avellana se cruzaron con los de Mara.
Mara sintió una descarga eléctrica recorrerle la columna vertebral. Intentó apartar la mirada de inmediato, fingiendo un interés desmedido por la esquina superior de su cuaderno de dibujo, pero ya era demasiado tarde. Nolan lo había notado. Había reconocido los rizos desordenados, la sudadera holgada y las gafas de montura gruesa de la "novata torpe" que se le había venido encima en la plaza.
Una chispa de reconocimiento burlón brilló en los ojos de Nolan. Una sonrisa aún más cínica y peligrosa se dibujó en la comisura de sus labios. No dijo nada en voz alta, pero su mirada lo decía todo: Vaya, vaya, miren a dónde vino a parar la torpe.
Mara tragó saliva con dificultad, sintiendo que el calor le volvía a subir por el cuello hasta las orejas. El destino, con un sentido del humor sumamente retorcido, acababa de meterlos a ambos en el mismo salón de clases, sentados bajo el mismo techo, obligados a compartir el mismo espacio durante todo el semestre.
El profesor Alarcón suspiró agitando la tiza.
-Toma asiento de una vez, Nolan, y deja de intimidar a los nuevos con tus desplantes. Queda un caballete libre al fondo, junto a la ventana de la esquina.
Nolan asintió con una falsa modestia irritante y comenzó a caminar entre los pupitres. Mara rezó en silencio a todos los santos posibles para que el caballete libre al que se refería el profesor estuviera en el extremo opuesto del salón. Pero las leyes de Murphy operaban con precisión quirúrgica en su vida.
Pasó un segundo, luego dos. Los pasos firmes de las botas de Nolan resonaron sobre el suelo de cemento, acercándose peligrosamente a su dirección. Mara escuchó el crujido de la madera al lado de su propio caballete.
Giró la cabeza con lentitud milimétrica. Nolan estaba de pie justo al lado de su mesa, sacando con calma una carpeta de cuero de su mochila y colocándola sobre la superficie con elegancia. Al percatarse de que Mara lo estaba mirando, giró ligeramente el rostro, la miró de arriba abajo con una lentitud deliberada y ofensiva, y dejó escapar una risita burlona por lo bajo.
-Vaya... parece que el mundo es un pañuelo, torpe -susurró Nolan con voz ronca, lo suficientemente baja para que solo ella pudiera escucharla, antes de sentarse y cruzar los brazos con total tranquilidad, ignorando por completo al profesor que seguía hablando al frente.
Mara apretó el lápiz entre sus dedos con tanta fuerza que pensó que se iba a romper. Su primer día de universidad había pasado de ser un tranquilo ejercicio de invisibilidad a convertirse en una auténtica declaración de guerra. Y ella, por más tímida que fuera, sabía que no se iba a dejar intimidar tan fácilmente.








