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Baatewayba y el Charro Negro

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Summary

Hay lugares que no salen en los mapas. Y escuelas a las que solo unos pocos tienen acceso. Juan tiene diez años y demasiadas preguntas sobre sus papás. Una noche, en un camino oscuro, lo espera un jinete vestido de negro. Su caballo no hace ruido. De los dos emana algo que pertenece a otro tiempo. Así llega a Baatewayba: una escuela escondida debajo de las pirámides de Teotihuacán, donde los dioses antiguos todavía prestan su poder, los maestros se transforman en animales y los alebrijes sirven la comida. Donde la magia no viene de varitas: viene del panteón mesoamericano. Y siempre cobra. Porque en este mundo nada es gratis. Cada poder tiene precio. Cada secreto pesa. Y el pacto de siglos que mantiene oculto al mundo de Juan está empezando a romperse: del otro lado hay hombres que rezan, convencidos de que están salvando almas. Contada a seis voces -tres niños, un joven, un maestro y el director-, Baatewayba y el Charro Negro es fantasía oscura hecha de mitología mesoamericana de verdad: nahuales, chaneques, el ahuizotl, La Llorona, y la noche de noviembre en que los que faltan regresan. Para los que crecieron con estas leyendas. Y para los que apenas van a conocerlas.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Comienzo

Era una mañana soleada en este curioso lugar. La casa era pequeña: una habitación, un baño y un espacio donde se apretaban la cocina, el comedor y la sala. Todo estaba construido a medias, las paredes solo eran blocs colocados uno sobre otro sin nada que los recubriera y con techo de lámina. Se ubicaba en la esquina de un terreno baldío que olía a basura y escombro acumulado por años.

El viento entraba por la ventana y movía una cortina desgastada, decorada con dinosaurios casi borrados con el paso de los años. El polvo del piso se levantaba apenas, formando pequeños remolinos que flotaban un instante y volvían a caer. El sol alcanzó el rostro del niño que dormía en la cama y le marcó la mejilla donde la saliva se había secado durante la noche.

Juan entreabrió los ojos con fastidio y se giró sobre el colchón, buscando cualquier rastro de sombra.

—No manches. Qué caluroso está —murmuró—. Qué chido sería meterse a una alberca.

Desde el otro cuarto llegaba el sonido del televisor. La bocina fallaba y, entre chasquidos, una voz femenina anunciaba la temperatura del día y advertía sobre el sol. Debían ser poco después de las diez de la mañana.

Juan pensó en mamá Jovita, ojalá no tardara en volver del mercado. El estómago le dolía de hambre, era usual cuando no tenía nada para cenar la noche anterior. Tal vez debió haberse despertado temprano para acompañarla, como a veces hacía.

Se giró otra vez, intentando escapar de la luz, y se quedó mirando el techo oxidado. El clóset de madera, viejo y vencido de una pata estaba entreabierto; la ropa se desbordaba, abriéndose para respirar.

Suspiró. —Creo que ayer vi una concha en la cocina, iré a buscarla.

Se incorporó despacio. Un olor agrio lo hizo arrugar la nariz. Levantó el brazo, se olió la axila e hizo un gesto de negación antes de tomar el desodorante del clóset.

Entonces escuchó el chirrido de la puerta. La cerradura cedió con dificultad y la hoja oxidada se abrió dejando pasar una ráfaga de luz. Mamá Jovita entró empujando su carrito del mandado. El cabello blanco lo traía recogido sin cuidado; el vestido de flores deslavadas colgaba de su encorvada espalda y su mirada brillaba de cansancio.

—Ya te levantaste, mijo —habló con un tono agudo y amable—. Ahorita te preparo algo. Ve a bañarte.

—Así estoy bien, mamá Jovita —respondió Juan—. Me bañé anoche.

Ella no insistió.

Mientras Juan se cambiaba, el sonido del sartén calentándose llenó la casa y, con el paso de los minutos, el olor de la comida empezó a colarse por todos los rincones. Ese olor siempre le daba hambre, aunque jurara que no tenía. Se sentó en la silla de metal despintada y se tomó un vaso de agua de un trago, intentando engañar al estómago.

—Come antes de que se enfríe. —Mamá Jovita sirvió huevos con migas y le acercó el plato.

—Gracias, mamá Jovita. ¿Usted no va a comer?

—Ya comí en el mercado —respondió—. Doña Chole me regaló unas gorditas. Dice que a Marisol casi la asaltan la semana pasada; por eso te digo que tengas cuidado.

—No pasa nada. ¿Qué me van a quitar? Y si intentan agarrarme, corro. —Juan sonrió con la boca llena, sin darle mucha importancia.

Mamá Jovita lo miró con esa mezcla de ternura y preocupación que siempre se le juntaba en el rostro cuando respondía así de infantil. Juan terminó el plato sin hacer pausas, con la sensación de que alguien iba a quitárselo. Tras unos minutos se puso los tenis viejos, se acercó a ella y le dio un beso en el cachete.

—Al rato regreso. Voy a ayudarle a don Pedro.

—Con cuidado, mijo.

Juan salió de la casa y, por un instante, una sensación rara le apretó el pecho. Sin embargo, siguió su camino. Avanzó por la banqueta buscando los lugares donde la sombra de las casas o de los árboles lograba engañar al sol. El calor era sofocante, de ese que se mete en la ropa y pica en la piel. Al llegar a la esquina de la cuadra vio a doña Pancha regando la calle con una manguera; el agua levantaba vapor del pavimento y hacía el ambiente todavía más pesado.

La mujer alzó el rostro y, con ese sonido agudo de siempre, lo saludó. —Hola, mijo. ¿Cómo está doña Jovita?

—Bien, ahí está en la casa —respondió Juan.

Doña Pancha sonrió satisfecha y volvió a concentrarse en la manguera. Juan le devolvió una sonrisa breve, apenas moviendo los labios, y siguió su camino hacia la tienda.

Se detuvo ante ella, separado por la calle de cuatro carriles que pasaba afuera del local. Justo cuando iba a cruzar, una escena diferente llamó su atención. A lo lejos alcanzó a ver cómo un hombre alto, vestido con un traje de charro, salía de la tienda. Caminaba con calma, indiferente al calor que lo rodeaba. Subió a un mustang negro y se alejó sin prisa.

Juan no supo por qué y aun así se quedó viéndolo unos segundos más de lo necesario. Luego cruzó la calle y entró a la tienda.

—Oye, canijo —le dijo don Pedro, desde el mostrador—. Acaba de irse un vato que vino a preguntar por ti. Vestido de charro y andaba en un carro bien perrón. ¿De dónde te conoce?

Juan se quedó callado unos segundos, recordando al hombre que acababa de ver salir. Intentó encajar su imagen con lo que conocía: un recuerdo, un nombre, cualquier pensamiento fugaz que pudiera venir a su memoria. No encontró nada.

—No sé —se encogió de hombros y respondió.

—¡Ah, qué la fregada contigo! —bufó don Pedro—. Nunca sabes nada, mocoso. Ya que estás aquí, empieza a bajar lo que está en la caja de la camioneta y acomódalo en el cuarto de atrás.

Juan confirmó en silencio y salió corriendo a descargar los productos. El metal caliente de las cajas le quemaba las manos y el sudor le corría por la espalda, pero ya estaba acostumbrado. Las horas pasaron una tras otra, iguales y pesadas. El día avanzó conforme a la rutina de siempre.

Al caer la tarde, don Pedro le dio unos tacos de picadillo en tortilla de harina y se sentaron a comer en la caja de la camioneta. A lo lejos, el reflejo del sol sobre la tierra del campo de futbol lo deslumbró por un instante. Entrecerró los párpados y entonces los vio.

Dos niños reían a carcajadas mientras jugaban con su papá. Corrían alrededor de él, gritaban y se empujaban. El hombre fingía no poder alcanzarlos y ellos celebraban cada intento fallido.

Juan se quedó mirando la escena sin darse cuenta. Una sensación extraña se le atoró en el pecho. Observó atento sus alimentos y siguió comiendo, aunque había perdido el apetito. Masticaba lento, como si le faltaran fuerzas incluso para eso.

De pronto sintió un golpe leve en la cabeza.

—¡APÚRATE A COMER! Todavía tenemos chamba —don Pedro le llamó la atención.

Juan levantó la vista, asintió y terminó los tacos como pudo. El resto del día pasó sin cambios. A las diez de la noche, el ruido metálico de la cortina al bajar rompió el silencio. Don Pedro entró, hizo las cuentas del día y le dijo que ya era hora de cerrar. Juan colocó los candados en la cortina de la ventana y lo ayudó a bajar la de la entrada de la tienda.

—¡Hasta mañana! —se dijeron al mismo tiempo.

Juan emprendió el camino de regreso a casa y se detuvo antes de llegar. Ese día el ambiente se sentía diferente. Tal vez fue la calma. A esa hora siempre se escuchaba ruido: una televisión prendida, un perro ladrando, el motor de algún coche que pasaba tarde. Pero esa noche la calle estaba quieta y en completo silencio.

Entonces lo vio. El hombre estaba recargado junto al poste de luz que no funcionaba desde hacía meses. Vestía de un negro que parecía tragarse el brillo que dejaba la luna. El traje de charro le quedaba exacto, demasiado limpio para esa colonia. La botonadura brillaba con lo justo. Más que metal viejo, parecía un objeto místico, emanaba una vibra que no pertenecía al presente.

El caballo a su lado tampoco hacía ruido. Era grande, oscuro, con las patas enterradas. Parecía que estaba instalado desde hacía horas o tal vez días. Juan no escuchó resoplidos ni el golpe de los cascos. El animal, sin más, se quedó quieto en ese lugar.

—¿Vas a tu casa? —preguntó el hombre.

La pregunta atravesó el espacio. Sonó segura, con la certeza de quien ya sabe. Juan asintió, aunque su instinto le dijo que no debía hacerlo.

El hombre sonrió apenas. —Siempre es bueno saber a dónde va uno, aunque no siempre se va a donde cree.

Juan apretó la mano sin darse cuenta. Pensó en correr. En dar media vuelta y largarse de ahí. Pero sus pies permanecieron clavados al suelo.

El charro se acercó a él, con un movimiento sigiloso que sorprendió a Juan.

—Te han estado buscando —añadió, mirándolo como se ve a lo que ya fue elegido.

—¿Quién? —preguntó Juan. Le salió más bajo de lo esperado.

El hombre bajó el rostro, intrigado por la pregunta. —Los lugares que no salen en los mapas.

Detrás de él, el aire dejó de comportarse como aire. Se volvió pesado, casi quieto, con esa sensación de que ocupa más espacio de lo que debería. Había una densidad rara, que se quedaba suspendida. La calle empezó a perder sus límites; los bordes se diluían. Las casas se desdibujaban. Todo se iba cerrando alrededor de Juan, el lugar entero empezaba a contraerse en su dirección.

—No te preocupes —dijo el charro—. No todos llegan. Tú sí.

Juan quiso correr. La oscuridad avanzó, cubriéndole los zapatos, enseguida las piernas, después la cintura. El último pensamiento que alcanzó a tener fue el olor a hierbas y jabón de mamá Jovita.

Al final, la calle desapareció.

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