Capítulo 1
Mis pasos resonaron mientras me movía por los angostos pasillos de piedra. En este momento sentía un nudo asfixiante en la garganta debido a la ira.
Necesitaba serenarme.
En este momento actuar de forma impulsiva no me serviría de nada.
Me detuve he intenté seguir el consejo de Zefir.
«Contar hasta 10 ayuda a evitar arrepentimientos futuros».
— Uno. —Murmuré mientras inhalaba.
¿Poner sapos en la sopa de alguien seria excesivo?
—Dos. —susurré cerrando los ojos, mi mente seguía sin colaborar.
Cada segundo que pasaba la perspectiva de dejar chimuelo a alguien se hacía más atractiva.
—Tres. — Abrí los ojos.
En este punto tratar de despejar la mente seria igual que apagar un incendio con un colador de jugo.
Estúpido y profundamente inútil.
Termina de contar. Que no se diga que no contaste.
—Cuatro. —¿Una persona necesita sus dientes delanteros para vivir?
Creo que no.
— Cinco.—Estoy segura de que el cuerpo humano es perfectamente capaz de vivir sin una extremidad.
Inhalé de nuevo
Esto no estaba funcionando.
—seis.—
Sip, esto no funciona.
— siete... —
Me lleva la cingada.
Apreté con rabia las pequeñas correas de mi chaleco para ajustarlas, con ese pequeño acto tiré mi auto control por la ventana.
Las personas se apartaron de mi paso.
El sentido común también salió de la ecuación.
Si voy a cagarla que sea a lo grande.
Nadie podrá juzgarla.
Le habían tocado la llaga, y por Dios que había intentado contar.
Con pasos rápidos llegué al salón de entrenamiento.
Las puestas abiertas dejaban escapar un sutil olor a metal y sudor.
Allí entrenaba la sección de asalto y operaciones; especialistas en sabotaje, combate e incursiones. Prácticamente mi segundo hogar.
Todos voltearon en mi dirección.
—Está en el salón de duelo —Informó una voz ronca desde una esquina.
Asentí en agradecimiento. Que me revelara su ubicación podía tomarse como una muestra de apoyo.
Sonreí con ironía, ya no había marcha atrás, era guapa y apoyada.
Retomé mi paso.
Había unas 13 personas en el lugar, todos extremadamente letales.
Iban desde especialistas en manejo de armas, hasta maestros del veneno. Sus miradas eran penetrantes.
La mayoría se ejercitaba, otros limpiaban sus armas con una dedicación casi religiosa.
Nos conocíamos desde hacía más tiempo del que estábamos dispuestos a admitir.
En mi campo de visión entró un pelinegro de mirada burlona y porte recto, sus brazos cruzados sobre su pecho resaltaban sus músculos tonificados por el entrenamiento.
Aparté la mirada.
—¿Le vas a dar cariñitos dulzura? —bromeó con tono irónico.
Le lancé una sonrisa mordaz. En este momento nada de lo que dijera cambiaría mis planes.
—Te los voy a dar a ti por gracioso —Le respondí tajante.
Nadie pareció sorprendido ante mi carencia de respeto ante la autoridad.
Bufó con burla.
Lo ignoré, luego lidiaria con él. Recorrí la pared donde se exhibían las armas con la mirada.
Allí había de todo. Si necesitabas algo filo cortante este era el lugar.
Con movimientos rápidos tomé dos dagas pequeñas.
Al pasar suavemente el dedo sobre la hoja un hilo muy fino de sangre empezó a fluir.
Perfecto
Miré a la morena encargada de las armas.
—Ya te las devuelvo —aseguré.
Ella miró las dagas y le resto importancia con la mano.
La mirada persistente de Zefir seguía clavada en mi nuca.
Cuando no aguanté más lo enfrenté. —¿Qué?
—Veo que tu humor es exelente. ¿A quien le llevas tan hermoso regalo?
—¿Quieres sus bolas en una bolsa o en una caja? — amenace con ironía.
De repente la idea de realizar una castración no sonaba tan mal... un solo corte preciso... ayudaría a impedir la proliferación de una criatura claramente carente de raciocinio.
El mundo necesitaba más ayuda altruista, yo me ofrecía de voluntaria para realizar tan importante tarea.
Zefir levantó las manos en señal de paz.
Técnicamente él era el líder de esta sección y mi superior, pero nada me impedía sacarle el dedo medio de vez en cuando. Tal como ahora.
—Tanta agresividad en un cuerpo tan pequeño —Negó resignado, al menos era consiente de que no estaba para bromas.
Su comportamiento cambió —¿Tengo que preocuparme?.—
Considerando que mi plan para los próximos 15 minutos era romperle los dientes a alguien yo diría que si.
Apreté las pequeñas dagas hasta dejar mis nudillos blancos.
Iba a romper al menos tres reglas y posiblemente el castigo no me fuese a gustar.
Mire a zefir profundamente —¿Me vas a amonestar por lo que voy a hacer? —.
Él era mi superior. Cualquier acción mía inevitablemente afectaría a nuestra sección.
En este lugar cada acción tenía una consecuencia.
—¿Te quedarás de brazos cruzados si te digo que si? —
Su pregunta me detuvo un momento.
¿Alguna vez lo había hecho?
Si.
Récorde las quemaduras en los pequeños niños y mi determinación se hizo de acero.
Perdería más si dejaba el asunto así.
Aquí los débiles eran el almuerzo.
No tomar medidas sería lo equivalente a ponernos una diana directamente en la frente.
—No —Afirmé.
Mi respuesta pareció complacerlo.
Guarde las dagas en las fundas de mi chaleco, justo a la altura de las costillas, este era el uniforme de misiones en el exterior, aquel que por el ajetreo no había tenido tiempo de quitarme.
Antes de dirigirme a la salida me detuve junto a un rubio que se encontraba haciendo flexiones, el uniforme se le pegaba al cuerpo debido al sudor.
—Vengo de la enfermería. —al pensar en ello una corriente de energía recorrió mi cuerpo clamando por salir por cada poro, acumulándose en las palmas de mis manos.
Estar molesta dificultaba muchísimo más el malestar.
—llegaste más rápido de lo que había calculado —sus mejillas estaban levemente sonrojadas.
Le di una mirada agradecida.
Xain me dedico una sonrisa al comprender.
Si había alguien a quien podía llamar amigo en este horrible lugar ese era a él.
—Tus lacayos lo estaban haciendo bastante bien por su cuenta. — me informó de manera despreocupada.
Su mirada deparo en las dagas en mis costillas, lanzó un pequeño gesto de dolor, seguramente rememorando alguno de nuestros encuentros en la lona —No lo mates.—
Recorrí la sala con la mirada, en este lugar solo habían dos personas que me superaban en rango; Zefir y Nerea.
No veía en ninguno intención de detenerme.
Bien.
Xain se levantó para seguirme, había ganado bastante músculo en el poco tiempo que tenia como tutor de una fracción, él no quería que nadie lo percibiera como alguien débil.
Aunque estaba segura de que nadie podria definir a un maestro de la Katana como alguien débil.
Sentí varios pasos venir detrás de mí, al parecer iba a tener expectadores.
¿Me importaba?
Mientras no se les ocurriera intervenir. Por mí podían traer a toda la puta sede.
Quizás las espadas no fuesen lo mío, pero el combate cuerpo a cuerpo se me daba de maravilla.
Sonreí.
Iban a disfrutar del espectáculo.








