Capitulo 1: llegada inesperada
El polvo del camino se levantaba detrás del viejoauto mientras avanzaba lentamente por la carretera de tierra. A ambos lados, solo había campo… interminable, silencioso, casi solitario.
Valeria apoyó la frente contra la ventana y soltó un suspiro largo.
No quería estar ahí.
Ese no era su lugar. Nunca lo sería.
—Ya casi llegamos —dijo la voz de su madre desde el asiento delantero, intentando sonar tranquila.
Valeria no respondió.
Desde que habían salido, no había dicho más que unas pocas palabras. No tenía ganas de hablar… ni de fingir que todo estaba bien.
Porque no lo estaba.
Dejar la ciudad, sus amigos, su vida… todo por ese lugar perdido en medio de la nada… le parecía injusto.
El auto finalmente redujo la velocidad hasta detenerse frente a una enorme cerca de madera. Más allá, se extendía un rancho inmenso: caballos, corrales, una casa grande de madera con un porche amplio… y ese aire extraño que hacía que todo se sintiera diferente.
Más duro. Más real.
Valeria bajó del auto sin esperar a que nadie le dijera nada. El aire olía a tierra y a sol. Se cruzó de brazos, incómoda, mirando alrededor.
—Este es el lugar —dijo su madre, bajando también.
Valeria no respondió.
Solo observó.
Hasta que lo vio.
Apoyado contra la baranda del porche, con los brazos cruzados y una expresión seria, estaba él.
Alto.
De mirada intensa.
Y con una actitud que dejaba claro que no le gustaban las visitas inesperadas.
Sus ojos se clavaron directamente en ella.
Y por alguna razón… Valeria sintió un pequeño escalofrío.
—Debe ser el dueño —murmuró su madre, caminando hacia la casa.
Valeria dudó un segundo antes de seguirla.
Cada paso que daba sobre la tierra parecía más pesado que el anterior.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, el hombre se incorporó lentamente, sin apartar la mirada.
—Llegaron tarde —dijo con voz firme.
Ni un saludo. Ni una sonrisa.
Valeria frunció el ceño al instante.
—Tuvimos un retraso en el camino —respondió su madre con amabilidad.
Él no pareció impresionado.
Sus ojos volvieron a Valeria.
La recorrieron de arriba abajo, evaluándola, como si ya estuviera sacando conclusiones.
Y eso… no le gustó nada.
—¿Ella es? —preguntó él, sin dejar de mirarla.
—Sí, mi hija —respondió su madre—. Valeria.
Hubo un silencio breve.
—León —dijo finalmente él, como presentación.
Pero no extendió la mano.
No hizo ningún gesto amable.
Solo siguió mirándola como si intentara descifrarla.
Valeria levantó el mentón ligeramente.
—Mucho gusto —dijo, aunque su tono no era precisamente amistoso.
León arqueó una ceja apenas.
Como si eso le resultara… interesante.
—Aquí las cosas funcionan de una manera —dijo él, dando un paso al frente—. Hay reglas.
Valeria sintió cómo algo dentro de ella se encendía.
—Y yo no soy muy buena siguiendo órdenes —respondió sin pensarlo.
El silencio cayó pesado entre ellos.
Su madre la miró con advertencia.
Pero ya era tarde.
León no se molestó.
No alzó la voz.
Solo la observó… y una leve, casi imperceptible sonrisa apareció en la esquina de sus labios.
—Entonces vas a tener problemas —dijo con calma.
Valeria sostuvo su mirada.
No iba a retroceder.
No con él.
No con nadie.
El viento pasó suavemente entre ellos, moviendo el cabello de Valeria.
Y en ese momento, sin que ninguno lo dijera en voz alta, algo quedó claro:
Ese lugar no sería fácil.
Y la relación entre ellos… tampoco.
El sol comenzaba a bajar cuando Valeria finalmente entró en la casa. El interior era sencillo, pero acogedor. Madera por todas partes, ventanas amplias y ese olor a campo que aún no terminaba de acostumbrarle.
—Tu habitación está arriba —indicó León, sin mirarla demasiado.
Valeria tomó su maleta.
Subió las escaleras sin decir nada más.
Pero antes de entrar al cuarto, se detuvo un segundo.
Miró por la ventana.
El rancho se extendía bajo el cielo anaranjado del atardecer.
Y aunque no quería admitirlo…
Había algo en ese lugar.
Algo que sentía que iba a cambiarlo todo.








