Unos ojos penetrantes.
Vengo de una familia acomodada, de esas que lo tienen absolutamente todo en apariencia, pero cuya estructura impecable se quiebra en mil pedazos al primer golpe brusco del destino. Mis padres eran personas cálidas y profundamente amorosas tanto conmigo como con mi hermano menor, Arthur, a quien le llevaba tres años de diferencia. Éramos una familia muy unida, y entre nuestras costumbres más arraigadas estaba la de escaparnos cada fin de semana a nuestra casa de campo: un refugio apartado del bullicio urbano donde las preocupaciones no tenían lugar.
Aquel día fatídico de mi infancia, la carretera parecía exclusivamente nuestra. Las calles de la ciudad estaban casi desiertas debido a una celebración patronal, y el trayecto transcurría con total tranquilidad, entre risas suaves y la música ambiental que resonaba en la radio del auto. Yo tenía apenas seis años y observaba el paisaje tras el cristal mientras escuchaba el murmullo de mis padres hablando en los asientos delanteros.
De pronto, la paz se rompió de forma violenta. Un vehículo desconocido apareció a toda velocidad por nuestro costado derecho, cerrándonos el paso sin previo aviso y orillando nuestro auto bruscamente contra el arcén hasta obligar a mi padre a frenar en seco. Tres hombres armados bajaron de inmediato. La desesperación se apoderó de la cabina. Uno de ellos encañonó directamente a mi padre a través de la ventana. Mi madre, dominada por un instinto visceral de protección, cometió el error de abrir su puerta y salir para intentar interceder o descender del vehículo; los asaltantes, cegados por la adrenalina y la violencia, le dispararon a quemarropa antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
El estampido del disparo retumbó en mis oídos con una vibración ensordecedora. El cuerpo de mi madre cayó inerte sobre el asfalto. Al verla caer, mi padre simplemente estalló en ira y locura. Con las manos temblando, abrió la guantera, extrajo un arma y comenzó a disparar desenfrenadamente contra los agresores. Un intercambio de fuego brutal llenó el aire de olor a pólvora y humo, hasta que los asaltantes, heridos y acorralados por la furia sangrienta de mi padre, corrieron a su auto y escaparon a toda prisa.
Mi padre bajó tambaleándose, tomó el cuerpo de mi madre entre sus brazos y la acomodó como pudo en el asiento trasero. Subió de nuevo al volante y aceleró como un demente hacia el hospital más cercano. Recuerdo ver el rostro aterrado de Arthur, de tan solo tres años, llorando en silencio a mi lado. Yo apreté su pequeña mano con todas mis fuerzas, congelado por el shock. Cuando por fin atravesamos las puertas de emergencias, los médicos no pudieron hacer nada. Mi madre había muerto desangrada mucho antes de llegar.
Ese día terminó mi infancia. Hasta los ocho años, la imagen de mi madre convertida en cadáver me persiguió en pesadillas grotescas e incesantes, donde una cantidad inimaginable de sangre brotaba sin parar de su boca. Me volví un niño uraño, silencioso y retraído; me aislé por completo en el colegio y fui incapaz de formar amistades.
Pero lo peor no fue mi propio dolor, sino el deterioro mental de mi padre. Incapaz de procesar la culpa y el duelo, se volvió loco. Por las noches se paseaba por la mansión hablando solo en voz baja, convencido de que mi madre seguía viva y caminaba a su lado. El quiebre definitivo entre él y yo ocurrió la noche de mi octavo cumpleaños. La soledad me carcomía y, incapaz de seguir fingiendo, lo confronté en el pasillo. Le dije con firmeza que mamá estaba muerta, que yacía bajo tierra y que era momento de que lo aceptara de una vez por todas.
Sus ojos se llenaron de una rabia enferma. Mi padre desató toda su frustración reprimida contra mí, golpeándome salvajemente hasta cansarse y dejándome ensangrentado en el suelo. Fue una de las sirvientas de la casa quien, a escondidas y entre lágrimas, me limpió y curó las heridas esa misma madrugada.
A partir de esa noche, las golpizas y los estallidos de violencia física se convirtieron en una rutina para mí, mientras que para Arthur se transformaron en gritos e intimidación constante. Al ver el terror en los ojos de mi hermano, asumí un papel protector. Prefería de mil amores recibir cada uno de los puñetazos, patadas y desquites de mi padre con tal de evitar que le pusiera una sola mano encima a Arthur. Mi cuerpo aprendió a endurecerse, a soportar el dolor físico y a guardar un odio frío que se iba acumulando lentamente en lo más profundo de mi ser.
Cuando cumplí quince años, un giro inesperado cambió mi percepción del mundo. Conocí a un chico mayor que me introdujo a un entorno completamente ajeno al de mi hogar. A través de él, descubrí aspectos de mi identidad que nunca me había permitido explorar: acepté abiertamente mi atracción por los hombres y encontré una vía de escape para liberar toda la rabia, la tristeza y el resentimiento acumulados durante años de maltrato. Entre los quince y los dieciocho años viví sin ataduras, entregándome a múltiples experiencias nocturnas que me hicieron madurar a la fuerza y entender el valor de la libertad física y emocional.
Sin embargo, el secreto no duró para siempre. A mis dieciocho años, mi padre descubrió mi homosexualidad. La noticia desató en él una ira homofóbica y brutal. Me propinó una paliza feroz que por poco me deja inconsciente y, acto seguido, empacó mis cosas y me echó a la calle sin contemplación alguna.
Ganas y recursos para salir adelante no me faltaban. A pesar del infierno en el que había crecido, siempre fui astuto, sumamente inteligente para los negocios y había logrado acumular una buena cantidad de ahorros en cuentas privadas. El verdadero y agonizante dilema era dejar atrás a Arthur. A él aún le faltaban dos años para alcanzar la mayoría de edad, y yo sabía perfectamente que, al no estar yo en la casa para ser el escudo y el centro de los golpes, mi padre desquitaría toda su rabia con él.
Con el alma destrozada, tuve que encarar a mi padre una última vez antes de cruzar la puerta. Lo miré fijamente a los ojos, con una frialdad que jamás le había mostrado, y lo amenacé directamente: le dejé en claro que, si le tocaba un solo pelo a mi hermano mientras yo no estuviera, me encargaría personalmente de que pasara el resto de sus días en una celda. Para asegurarme de que mi palabra tuviera peso, me había encargado de reunir pruebas contundentes de su violencia física hacia mí, además de documentos financieros comprometedores que demostraban que estaba cometiendo severos fraudes en sus empresas. Con la amenaza latente flotando en el aire, me despedí de Arthur con un abrazo apretado, prometiéndole en un susurro que no lo abandonaría jamás y que volvería por él en cuanto cumpliera los dieciocho.
Salí de esa prisión de oro y me fui a vivir temporalmente al departamento de uno de mis amantes de ese periodo. Necesitaba construir mi propio imperio, y el destino me condujo directamente a las sombras de la noche.
Pasaron cuatro años desde mi partida. Durante ese tiempo, me abrí paso en el Neon Veil, un exclusivo y codiciado club nocturno de strippers masculinos orientado a hombres poderosos y de gran nivel adquisitivo. Empecé desde abajo, trabajando como barman tras la barra. Aprendí a leer a los clientes, a preparar los cócteles más exigentes y a sonreír con la dosis exacta de misterio para llenar mis bolsillos con jugosas propinas. No obstante, no tardé mucho en darme cuenta de que el verdadero dinero, la influencia y la atención se movían sobre el escenario.
Decidí dar el salto al espectáculo. Mi físico esculpido por años de disciplina y una actitud dominadora me convirtieron rápidamente en la estrella principal del club. Sin embargo, siempre mantuve una regla de oro inquebrantable: jamás mostraba mi rostro descubierto. Usaba elegantes antifaces y máscaras de cuero que cubrían la mitad de mi cara, protegiendo mi identidad de cualquier cliente obsesivo que pudiera intentar rastrearme en la vida pública.
Reuní una cantidad considerable de dinero, mezclando ganancias legítimas con ingresos de la noche. Mi agudeza analítica para la administración no pasó desapercibida para Valeria, la influyente dueña del Neon Veil. Al ver cómo manejaba el flujo financiero del local y con qué frialdad resolvía los problemas con clientes conflictivos, me hizo una propuesta tentadora: retirarme definitivamente de los bailes y convertirme en su socio al cincuenta por ciento para administrar el imperio juntos.
Acepté de inmediato. Aquella noche de fin de semana marcaba mi último espectáculo sobre las tablas. Para despedirme por todo lo alto, Valeria organizó una velada monumental con luces neón, música envolvente y un lleno total de la élite de la ciudad.
El humo denso y el aroma a perfumes costosos impregnaban el aire del recinto. Los focos rojos y violetas cortaban la penumbra mientras el ritmo de la música retumbaba contra mi pecho. Salí al escenario envuelto en una capa de seda oscura y con mi máscara habitual, desatando de inmediato una ola de ovaciones y gritos de expectación entre el público adinerado. Realicé mi rutina con soltura, disfrutando del dominio absoluto que ejercía sobre las miradas de los presentes.
Pero entonces, justo cuando el coro de la canción alcanzaba su punto más alto y el calor del espectáculo me cubría la piel de sudor, mi mirada se desvió instintivamente hacia la zona reservada VIP, cerca de la esquina del escenario.
Allí estaba él.
Acompañaba a un grupo de hombres trajeados que reían y consumían botellas de champán costoso. Sin embargo, ese hombre no encajaba con el resto. Tenía una postura erguida, rígida y atenta, propia de un profesional de la seguridad; era evidente que cumplía el rol de guardaespaldas para uno de los sujetos de la mesa. Llevaba un traje oscuro perfectamente entallado que remarcaba su espalda ancha y sus hombros imponentes. Pero lo que me congeló en el sitio fue su rostro y, sobre todo, sus ojos. Mientras todos los demás clientes gritaban y aclamaban de forma vulgar, él mantenía una mirada fija, intensa y penetrante sobre mi cuerpo.
Nuestros ojos se cruzaron a través del filtro de mi máscara. Sentí una descarga eléctrica recorrer mi espina dorsal; un calor repentino me subió por el pecho y el pulso se me disparó a mil por hora, haciéndome perder el ritmo exacto de la música por una fracción de segundo. Aquel hombre no me miraba con la simple lascivia barata de los compradores nocturnos; me miraba con una mezcla de deseo reprimido, asombro y una fascinación oscura que amenazaba con quebrantar toda su compostura profesional.
Su mirada me dominaba, pero lejos de intimidarme, despertó en mi interior un hambre voraz e insaciable. Lo quería. No sabía absolutamente nada sobre su origen, su nombre o a quién le rendía cuentas, pero me prometí que ese sujeto estaría en mi cama, debajo de mí y rindiéndose ante mis propias reglas.
Ajusté mi máscara, sonreí con arrogancia desde la penumbra del escenario y continué mi baile, manteniendo el contacto visual directo con él. Me juré a mí mismo que esa noche no terminaría sin que supiera a quién le pertenecía esa mirada.

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