Capítulo 1
Prólogo:
«El origen del mal»
Según las escrituras antiguas, hubo un tiempo en que el mundo era feliz, unificado y libre de maldad, donde la muerte era pacífica y marcaba que un ciclo llegó a su final.
Los habitantes caminaban sin miedo, protegidos bajo el manto de luz de dos divinidades que se amaban incondicionalmente. Sus nombres eran Phoebe y Erebos. Los creadores y gobernantes de ese pacífico planeta.
Sin embargo, todo cambió cuando ella, Phoebe, murió de una manera abrupta y violenta. Desde entonces, se creó el origen del mal: El lamento de una diosa que fue traicionada y que nunca pudo encontrar la paz.
El odio, dolor, rencor, toda la esencia negativa remanente de ella en su último aliento, se sembró en el mundo como una semilla. De ahí nació el Eco. Un poder que es capaz de traer el orden y el caos.
Solo los fuertes lo pueden manejar, los débiles perecen y pierden su humanidad.
Desde hace siglos, los sacerdotes dijeron que los nacidos sin un Eco son considerados "abandonados" por los dioses. Que era mejor sacrificar el cuerpo y el alma, que nacer sin dicho poder divino. Pero en realidad, portar un Eco era más una maldición que una bendición.
Capítulo 1:
«Como un perro»
La oscuridad de la noche cayó sobre la mansión de la noble familia Weiss. Eran las doce en punto. Emalina estaba sumergida en un mar de pensamientos mientras leía un extraño libro sobre el origen del mundo.
Esa rústica biblioteca, con olor a libros viejos y empolvados, era el único lugar en donde se sentía bienvenida y segura. El silencio del lugar se rompió cuando su estómago rugió, y justo entonces, una sirvienta tocó la puerta.
—¿Quién es? No me moleste, por favor —protestó Emalina con un tono de fastidio y cansancio.
—Discúlpeme, señorita Emalina. Vengo a avisarle que la cena ya está servida y... su hermano mayor Bastian quiere hablar urgentemente con usted.
A pesar de que Emalina no quería salir de su acogedora guarida, sabía que era mil veces peor desobedecer una orden de Bastian.
—Está bien. En seguida bajo —avisó mientras cerraba bruscamente el libro y se levantaba de su asiento.
Emalina guardó el libro justo en el lugar donde lo había encontrado. En una grieta profunda detrás del viejo sofá. Luego abrió la puerta con cautela y salió inmediatamente de la biblioteca.
La sirvienta la estaba esperando al final del pasillo y luego caminaron en silencio por el corredor principal. Las luces de los brillantes candelabros iluminaban el camino, proyectando sombras alargadas sobre las blancas paredes tapizadas. La mansión de los Weiss siempre había sido lujosa y hermosa, pero a los ojos de Emalina, desde hace mucho tiempo se convirtió en una jaula de oro para ella.
Caminaron juntas y bajaron las escaleras hasta llegar al comedor. La sirvienta hizo una leve reverencia y se retiró sin decir una palabra, dejando a Emalina completamente sola frente al verdugo que la esperaba en la mesa.
Bastian, el actual líder del clan Weiss, ya estaba sentado en la cabecera de la larga mesa de madera oscura. Su cabello blanco —como el de Emalina— contrastaba con los colores de su elegante traje, siempre demostrando su autoridad en esa casa. Tenía la espalda recta, los ojos clavados en Emalina cuando esta entró, y una copa de vino carmesí en la mano que no había probado.
Emalina no lo miró ni lo saludó. Se sentó en la silla más lejana posible, con la mirada fija en su cena. Preparada para dar el primer bocado, aunque su platillo no se veía muy apetecible.
Bastian sonrió mientras jugaba con su comida, girando el tenedor entre los dedos como si fuera una extensión de su paciencia.
—¿En dónde quedaron tus modales, hermanita? Ni siquiera un saludo.
—Perdón. Me siento mal de la garganta —mintió con una voz plana como si no tuviera emociones—. No quiero hablar mucho.
—No sabía que alguien como tú podría enfermarse —soltó una pequeña risa y clavó el tenedor con moderada fuerza en el pescado al vapor.
Emalina no se inmutó. Solo se llevó otro bocado a la boca. Conocía perfectamente la expresión que tenía Bastian en ese momento.
—Hermanita, deberías pensar mejor en tus excusas —entrecerró sus ojos como si su mirada pudiera perforar el pecho de aquella joven.
Bastian sacó con lentitud el tenedor del pescado, que previamente había clavado a propósito.
—Pero cambiando de tema. Oí que el nuevo perro de los Deimos es más educado y útil que tú —dijo Bastian, inclinando levemente la cabeza mientras la luz reflejaba los cristales de sus anteojos—. Deberías aprender de él.
Emalina sostuvo su cubierto con fuerza y apretó su falda con la mano izquierda bajo la mesa. Por fin se dignó en mirar a Bastian y expresó su indignación con un tono como si ya no lo soportaba más.
—¿En serio? ¿Ahora me comparas con un perro? —exclamó con desagrado—. Al parecer, no es suficiente para ti con maltratarme y humillarme a diario.
—Ay, cariño. Tú sabes que cuando me molesto... necesito desahogarme con "alguien" —sonrió Bastian con malicia, moviendo su vino de un lado al otro en la copa cristalina—. Tengo mis motivos para tratarte así.
Emalina estaba verdaderamente cansada e indignada del veneno que escupía su propio hermano. Nunca entendió por qué él la trataba de esa manera. ¿Será porque ella no tiene un Eco? ¿O será que hay algo en ella que simplemente no soporta? No estaba segura, y tal vez nunca lo sabría. Pero al parecer, su mera existencia le molestaba a Bastian.
Por más que intentaba tragarse la comida, sentía ganas de vomitar por las asquerosas comparaciones. Algo en su interior se negaba a seguir soportando aquella humillación en silencio.
Sin previo aviso, Emalina se puso en pie. El sonido de la silla arrastrándose contra el suelo rompió el silencio del comedor.
—Se me quitó el apetito —dijo con una voz notoriamente molesta—. Iré a dormir. Buenas noches.
Bastian no dijo nada. Tampoco la miró. Solo siguió comiendo, como si ella no hubiera hablado, como si no existiera.
Emalina no esperó una respuesta. Se giró y salió del comedor con pasos firmes, sintiendo el peso de su propio coraje en cada zancada.








