¿Quién Seré Hoy? by soyaisun at Inkitt
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¿QUIÉN SERÉ HOY?

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Summary

Para sobrevivir en Madrid, una joven psicóloga acepta un trabajo diferente cada día. Lo que comienza como una forma de pagar el alquiler termina convirtiéndose en un viaje que la lleva a descubrir que su verdadera vocación no es una profesión, sino contar las historias de los demás.

Genre
Drama
Author
soyaisun
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

LUNES

El teléfono vibró una vez más.

«Lo sentimos. Hemos decidido continuar el proceso de selección con otro candidato para este puesto.»

Alba no terminó de leer el mensaje.

Deslizó el dedo hacia arriba en la pantalla.

No lo borró.

Ya no borraba ninguno.

Acumulaba decenas de correos de rechazo en el móvil, casi como si estuviera haciendo una colección.

El café sobre la mesa ya se había enfriado por completo.

Desde el otro lado de la ventana llegaba el murmullo matutino de Madrid.

El olor a pan recién hecho subía desde la panadería de abajo, baldeaban la acera con agua a presión, a lo lejos pasaba una moto y la anciana del edificio de al lado regaba sus geranios.

La ciudad ya se había puesto en marcha.

Alba, en cambio, no reunía el valor para empezar.

Cerró el ordenador portátil.

Se quedó mirando al techo un buen rato.

El día que recogió su título de Psicología, jamás imaginó que al cumplir los treinta seguiría buscando trabajo.

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez no era un correo.

Era la casera.

Se quedó mirando la pantalla unos segundos.

No lo cogió.

El teléfono se calló.

Cinco segundos después, volvió a sonar.

Respiró hondo.

—Hola, Carmen.

—Alba, no quiero molestarte, pero el alquiler ya lleva tres días de retraso.

—Lo sé.

—¿Va todo bien?

Alba no respondió.

El silencio en la habitación se llenó de todas las frases que no fue capaz de pronunciar.

—¿Puedes esperar unos días más? Me saldrá algo de trabajo.

La voz de Carmen no sonaba dura; sonaba cansada.

—Claro que puedo esperar. Pero yo también tengo que pagarle al dueño del piso. Intenta entenderme a mí también.

—Lo entiendo.

Se cortó la llamada.

Alba cerró los ojos.

Se sentó a la mesa de la cocina.

Abrió la cartera.

Dos billetes de cinco euros.

Un abono transporte.

Un colgante de perla que le había regalado su madre hacía años.

Nada más.

Volvió a coger el teléfono.

Abrió la aplicación del banco.

El saldo en la pantalla se quedó congelado durante unos segundos.

18,42 €.

Alba sonrió sin poder evitarlo.

A veces, cuando estás tan agotada como para ponerse a llorar, a una simplemente le da por sonreír.

Justo cuando iba a dejar el móvil, apareció un pequeño anuncio en la parte inferior de la pantalla.

¿Necesitas ganar dinero hoy?

Normalmente jamás habría pinchado en un anuncio.

Esta vez, su pulgar se detuvo.

Lo pensó unos segundos.

Luego pulsó.

Se abrió una aplicación nueva.

Solo había una frase en la pantalla.

Trabaja hoy. Cobra hoy.

Debajo se desplegaban docenas de pequeñas ofertas:

Pasear perros.

Cuidado de niños.

Ayuda con mudanzas.

Floristería.

Camarera.

Librería.

Personal de eventos.

Junto a cada anuncio aparecía la misma frase:

Pago al finalizar el trabajo.

Alba se quedó mirando la pantalla un buen rato.

Mientras estudiaba Psicología, jamás se había imaginado en una situación así.

Pero el hambre tiene más paciencia que el orgullo.

Respiró hondo.

Pulsó en la primera oferta.

Paseadora de perros.

Duración: Dos horas.

Pago: 25 €.

En la pantalla apareció una última pregunta.

¿Aceptas el trabajo?

Alba mantuvo el dedo sobre el botón.

Luego habló para sí misma, casi en un susurro:

—Aguantaré unos días.

Y pulsó el botón de «Aceptar».

……….

En cuanto Alba pulsó el botón de «Aceptar», el teléfono dio una leve vibración.

Trabajo confirmado.

Justo debajo apareció una dirección:

Parque del Retiro – Puerta de la Independencia 08:30 Tarea: Pasear perro. Duración: 2 horas. Pago: 25 €. Y había una nota añadida:

«Por favor, no llegue tarde.»

Alba miró la hora.

08:02.

«Genial.»

Abrió el armario.

En realidad, tampoco es que tuviera mucho armario que abrir.

Tres camisetas.

Dos vaqueros.

Unas mallas negras.

Y el pantalón de chándal blanco que había lavado el día anterior.

Los vaqueros estaban rotos por las rodillas.

Las mallas, medio transparentes de lo gastadas que estaban.

El chándal blanco se veía limpio.

Se lo puso.

Se plantó frente al espejo.

Se recogió el pelo a toda prisa en una coleta.

«Voy a pasear a un perro. ¿Qué podría salir mal?»

Echó al bolso el móvil, las llaves y la botella de agua.

Cerró la puerta de un portazo y salió.

El Retiro ya estaba lleno de gente, aun a primera hora de la mañana.

Corredores.

Ciclistas.

Gente paseando a sus perros.

Ancianos leyendo el periódico en los bancos.

Personas a lo lejos cargando con su café para llevar.

Madrid llevaba ya un rato despierto.

Alba, en cambio, ni siquiera se había tomado un café.

Se paró frente a la puerta.

Miró a su alrededor cotejando con la foto del móvil.

No tardó en dar con el anciano.

Chaqueta gris oscura.

Gorra azul marino.

Bastón en mano.

Y a su lado, un enorme golden retriever.

El perro estaba sentado.

Pero hasta sentado tenía cara de pocos amigos.

Cuando Alba se acercó, el anciano miró el reloj de pulsera.

—Dos minutos.

Alba se frenó.

—Perdone. Es que el metro...

—Dos minutos siguen siendo dos minutos.

Alba sonrió.

El hombre ni se inmutó.

«Vale.»

«Primer cliente.»

«A lo mejor es que no es muy de mañanas.»

El anciano sacó el móvil del bolsillo.

Miró la foto de Alba en la aplicación.

Luego le miró a la cara.

Como si estuviera comprobando si el paquete que iba a recibir correspondía al destinatario correcto.

—Alba.

—Sí.

—Soy Federico.

Volvió la cabeza hacia el perro.

—Y este es Bruno.

Bruno se giró, miró a Alba y volvió a mirar al frente.

Ni el más mínimo interés.

«Genial.»

«Uno no habla.»

«Y ojalá el otro hablara.»

Federico le tendió la correa.

—No dejes que tire.

Alba cogió la correa.

—No se preocupe.

No le dio tiempo ni a terminar la frase cuando Bruno se abalanzó hacia adelante con todo su peso.

Pilló a Alba totalmente desprevenida.

Salió a rastras dos pasos.

Al tercero estuvo a punto de comerse el suelo de cabeza.

La voz de Federico le llegó desde atrás:

—Te lo dije.

Alba apretó los dientes.

«Si solo llevamos dos minutos.»

Bruno se lanzó directo a la primera zona de césped del parque.

No corrió.

Se lanzó de cabeza.

Como si llevara años esperando la libertad, hundió el hocico en la tierra.

Y entonces…

Plch.

El primer barrizal.

Alba solo oyó el chasquido.

Una mancha marrón oscura le salpicó el bajo del chándal blanco.

Se detuvo y miró hacia abajo.

Luego a Bruno.

Y otra vez al chándal.

Contó despacio para sus adentros.

Uno…

Dos…

Tres…

«No.»

«No me voy a enfadar.»

«Veinticinco euros.»

«Es solo un pantalón.»

Bruno volvió a echar a andar.

Justo cuando ella respiraba aliviada, el perro divisó una bandada de palomas al borde del paseo.

Y salió disparado.

Esta vez, corriendo de verdad.

Las palomas salieron volando en estampida.

La gente se apartaba a su paso.

Alba iba a remolque detrás de él.

—¡Bruno!

A Bruno le daba exactamente igual.

Estuvo a punto de estamparse contra un runner.

—¡Cuidado!

Alba cambió de trayectoria en el último milisegundo.

El corredor se alejó rezongando.

Ella se quedó sin aliento.

El perro, en cambio, se había parado.

Como si no hubiera pasado nada hace un segundo.

Tenía la cabeza gacha, olfateando la base de un árbol.

Alba se apoyó con las manos en las rodillas.

—Tú…

Cogió aire.

—...tienes que ser el perro más agotador del planeta.

Bruno pegó un bostezo.

Luego se dio la vuelta y echó a andar otra vez.

«Fantástico.»

«Convenzo fácil.»

Veinte metros más adelante, Bruno se tumbó cuan largo era en mitad del camino.

Ni se movía.

Alba dio un tirón suave de la correa.

Cero reacción.

Tiró un poco más.

Nada de nada.

—Vamos, hombre.

Bruno ni se molestó en abrir los ojos.

Una señora mayor que pasaba a su lado sonrió.

—¿Primer día?

Alba la miró descolocada.

—¿Cómo lo ha sabido?

La mujer señaló a Bruno con la cabeza.

—Porque a todos los paseadores nuevos los hace claudicar justo en el mismo sitio.

La mujer siguió su camino.

Alba miró al perro.

—¿En serio?

Bruno no respondió.

Faltaría más.

Al cabo de unos cinco minutos, se levantó por iniciativa propia.

Reanudó la marcha como si no fuera él quien acababa de cortar el paso hacía un instante.

Y Alba, detrás de él.

En cuestión de media hora, Bruno:

Se metió tres veces en el barro.

Persiguió palomas en dos ocasiones.

Le olisqueó el helado a un niño.

Se le cruzó a un ciclista.

Se metió de cabeza en un matojo.

Y le tiró la botella de agua a Alba al suelo.

La botella echó a rodar cuesta abajo.

Mientras Alba corría tras ella, Bruno decidió echar a andar en dirección contraria.

Alba se quedó paralizada dos segundos.

«No puedo seguir a los dos a la vez.»

«¿El agua?»

«¿El perro?»

Ganó la botella de agua.

Justo cuando se agachaba a recogerla, oyó una voz a sus espaldas:

—Señorita…

Se le dio un vuelco el corazón.

Se giró.

Bruno ya no estaba.

La correa estaba vacía.

El enganche bailaba al viento en su mano.

A Alba se le mudó el color del rostro.

—No…

Miró a su alrededor.

A la derecha.

A la izquierda.

Detrás de los matorrales.

Nada.

Se le cayó el móvil de las manos.

La pantalla chocó contra el suelo de piedra.

Ni se dio cuenta.

—¡Bruno!

Al resonar su grito por el parque, varias personas se giraron a mirarla.

Nadie había visto a Bruno.

Alba echó a correr.

Se le salía el aire del pecho.

Solo tenía una idea fija rondándole la cabeza:

«Mi primer día de trabajo.»

«La primera hora.»

«Y he perdido el perro del cliente.»

Se imaginó la cara de Federico.

Luego su puntuación en la aplicación.

Luego los dieciocho euros que le quedaban en el bolsillo.

Se le hizo un nudo en la garganta.

Justo al doblar la esquina, divisó a lo lejos una cola dorada.

Bruno caminaba a paso cansino.

Sin ninguna prisa.

Como si no fuera él quien se había extraviado.

Y se dirigía en línea recta hacia un viejo banco pintado de verde en mitad del parque…

Bruno avanzaba majestuoso, como si el parque entero fuera de su propiedad.

No miraba ni a la derecha.

Ni a la izquierda.

Ni le importaba lo más mínimo Alba, que venía corriendo tras él ahogándose.

Alba logró enganchar la correa a falta de dos pasos.

Apoyó las manos en las rodillas para coger aliento desbocado.

—No vuelvas…

Trató de recuperar el aire.

—...no vuelvas a hacerme esto jamás.

Bruno ladeó ligeramente la cabeza.

Luego bostezó.

Un bostezo largo y soberanamente indiferente.

Alba cerró los ojos.

«Fantástico.»

«Ni me toma en serio.»

Bruno volvió a andar.

Fue directo a plantarse delante del viejo banco verde.

Se sentó.

Bueno, no.

Se puso literalmente de guardia.

Irguió las orejas.

Fijó la mirada en el sendero de enfrente.

Inmóvil.

Alba examinó primero el banco.

Madera desgastada.

La pintura verde desconchada por partes.

En un lateral llevaba una pequeña placa metálica.

Pero de lejos no se alcanzaba a leer la inscripción.

—Vamos.

Dio un tirón suave de la correa.

Bruno no se movió del sitio.

Tiró un poco más.

Ni por esas.

Esta vez el perro echó todo su peso hacia atrás.

Alba dio un vaivén hacia adelante sin poder evitarlo.

—No me lo puedo creer…

Una pareja joven que pasaba por allí sonrió.

La chica musitó:

—Ya está otra vez.

Alba levantó la cabeza.

—Perdonen…

Pero la pareja ya se había alejado a buen paso.

Bruno seguía impasible frente al banco.

Pasaban los minutos.

Alba miró la hora.

Ocho minutos.

Nueve.

Diez.

—Mira, Bruno —dijo agachándose sobre las rodillas—. Ninguno de los dos hemos elegido estar aquí con el otro, ¿de acuerdo? Yo tampoco querría estar haciendo esto y tú probablemente tampoco me quieres a mí. Pero podemos acabar estas dos horas sin tirarnos de los pelos.

Bruno alargó el hocico y le olió la zapatilla a Alba.

Luego giró la cara.

—Gracias. Muy amable.

Justo cuando iba a ponerse en pie, oyó el golpe seco de un bastón a sus espaldas.

Tack. Tack. Tack.

Federico se acercaba a paso lento.

—No le tironees.

Alba se incorporó.

—Es que no se mueve.

—Porque está esperando aquí.

—¿El qué?

—Esperando, y punto.

Federico se sentó en el otro extremo del banco.

Bruno se puso a su lado al instante.

Apoyó la cabeza en la rodilla del anciano.

Federico le acarició las orejas con la mirada perdida.

Estuvieron sin decir ni una palabra durante un minuto.

Dos minutos.

Tres minutos.

Alba primero los observó a ellos.

Luego miró su reloj.

Y otra vez a ellos.

Al final no pudo aguantarse más:

—Llevamos cinco minutos sin hacer nada.

Federico habló sin apartar los ojos del sendero de enfrente:

—Sí estamos haciendo algo.

—¿El qué?

—Esperar.

—¿A quién?

El anciano no contestó.

Se limitó a consultar su reloj.

Justo al cumplir los cinco minutos, se puso de pie.

—Listo.

Bruno se levantó exactamente al mismo tiempo.

Echó a andar sin oponer el menor reparo.

Alba se quedó patidifusa.

El perro que hace un instante no se movía ni a tiros, caminaba ahora como un estudiante modélico.

No pudo evitar despotricar para sus adentros:

«Increíble.»

«Resulta que el problema era yo.»

A medida que se acercaban a la salida del parque, Bruno giró bruscamente a la derecha.

Esta vez se dirigía hacia un pequeño estanque.

—No. Bruno, no.

El perro hizo oídos sordos.

Bajó hasta el borde del agua.

Miró el estanque.

Y acto seguido metió las patas delanteras de lleno.

Chof. Chlaf. Chlup.

Alba echó a correr.

—¡Sal de ahí!

Bruno dio un par de pasos dentro del agua.

Y se sacudió con verdadero deleite.

El agua salió disparada hacia todas partes.

En cuestión de segundos, el chándal blanco de Alba se cubrió de topos marrones.

Hasta en la cara le salpicó barro.

Un niño se echó a reír a carcajadas:

—¡Mamá, mira! ¡El perro ha duchado a la chica!

Su madre intentó aguantarse la risa:

—Lucas, que eso no se dice.

Alba sonrió.

Bueno, intentó sonreír.

Sus músculos faciales querían hacer cualquier otra cosa.

Bruno, por su parte, salió del estanque luciendo tan relajado como si acabara de salir de un spa.

Federico sacudió la cabeza a ambos lados.

—No debiste haber venido vestida de blanco.

Alba se detuvo.

Miró su chándal.

Luego a Federico.

Luego a Bruno.

Y otra vez al chándal.

La frase que le rondaba por la boca casi se le escapa:

«Eso me lo podía haber dicho hace una hora.»

Pero se la tragó.

Veinticinco euros.

Veinticinco euros.

Veinticinco euros.

Siguió caminando en silencio.

Al adentrarse por uno de los senderos estrechos del parque, Bruno volvió a frenar en seco.

Esta vez tenía el hocico pegado al suelo.

Olfateaba el mismo punto con insistencia.

Alba esperó.

Un minuto.

Dos minutos.

Tres minutos.

Al final se agachó.

—¿Es que hay oro enterrado ahí o qué?

Bruno empezó a escarbar la tierra.

En ese preciso instante, una anciana se acercó alarmada:

—¡Ay, cuidado!

Tiraba de la correa de un caniche blanco diminuto.

El caniche, al ver a Bruno, se puso a ladrar descosido.

Bruno alzó la cabeza.

Un segundo.

Dos segundos.

Y con toda la parsimonia del mundo caminó hacia el caniche.

Alba sujetó la correa.

—No…

Llegó tarde.

Los dos perros se lanzaron el uno contra el otro.

Los ladridos rebotaron por todo el parque.

El caniche chillaba fuera de sí y Bruno se abalanzaba con todo su corpachón.

Las dos mujeres tiraban en direcciones opuestas mientras las correas se enredaban entre sí.

Alba dio un paso.

Le resbaló el pie en el barro.

Intentó mantener el equilibrio.

Imposible.

Cayó de espaldas sobre el césped.

Miró al cielo.

Una nube cruzaba despacio sobre su cabeza.

A su alrededor, la gente iba de un lado a otro.

Los perros ladraban.

Un niño aplaudía.

Y Alba, por primera vez desde que se había mudado a Madrid, pensó para sus adentros con total nitidez:

«A lo mejor tendría que haber estudiado Veterinaria en vez de Psicología.»

Al llegar a la salida del parque, Federico apoyó el bastón en el bordillo de la acera.

Bruno se detuvo al unísono.

Por primera vez en dos horas, la correa se destensó.

Alba echó los hombros hacia atrás.

Tenía el brazo derecho completamente insensible.

La palma de la mano le ardía, al rojo vivo por la fricción de la correa.

Federico sacó el móvil.

Pulsó varias veces en la pantalla.

El teléfono de Alba vibró.

Tarea finalizada. Se han ingresado 25 € en tu cuenta.

……….

Unos segundos después, el anciano sacó del bolsillo un pañuelo de papel todo arrugado.

Le limpió las comisuras de la boca a Bruno.

Luego miró a Alba por primera vez.

—¿Vienes mañana también?

Alba se quedó a cuadros.

«¿Yo?»

«Yo a este perro me lo cruzo de lejos y me cambio de acera en cero coma.»

Aun así, esbozó una ligera sonrisa.

—Si la aplicación me asigna el trabajo...

Federico asintió con la cabeza.

—Bien.

Se dio la vuelta.

Ni un gracias.

Ni un hasta luego.

Bruno, en cambio, se giró un segundo al alejarse y miró a Alba.

Y le dio un meneo a la cola.

Uno solo.

Alba sonrió.

«Vale...»

«O sea que este era el verdadero sueldo del día.»

Se quedó mirándolos hasta que Federico y Bruno se traspapelaron entre el gentío.

Luego abrió la aplicación del banco.

El saldo marcaba ahora 43,42 €.

Se quedó mirando la pantalla un buen rato.

Cuarenta y tres euros.

El alquiler del mes seguía quedando a años luz.

Le rugieron las tripas.

El olor a mixto recién hecho saliendo del quiosco de la entrada del parque le llegó directo a la nariz.

Echó un ojo a la lista de precios:

Sándwich: 7 €.

Café: 2,50 €.

Se volvió a meter el móvil en el bolsillo.

«Ni de coña.»

«Como en casa.»

Justo cuando iba a echar a andar, la aplicación le mandó otra notificación:

Tienes nuevas tareas cerca de ti.

Le picó la curiosidad y la abrió.

Pasear perro.

12:30.

18 €.

A un kilómetro.

Otra oferta más.

14:00.

22 €.

Media hora.

Y otra.

17:00.

35 €.

Raza grande.

Alba se mordió los labios.

Se le quedó el pulgar congelado sobre la pantalla.

Le daban tirones los hombros.

Le ardían las plantas de los pies.

El chándal blanco era ya una manta de manchas marrones.

Y aún le chorreaba agua del estanque por el pelo.

Apagó el móvil.

Dio tres pasos.

Se frenó.

Se dio la vuelta.

Volvió a abrir la aplicación.

Hizo cuentas rápidamente:

Dieciocho.

Veintidós.

Treinta y cinco.

Y los veinticinco que ya tenía en el bote.

Total...

Cien euros redondos.

Se le escapó una risotada.

Estaba tan reventada que la risa se le quedó a medias.

—Bueno, ya que me voy a pasar el día entero de pingo por el parque...

Levantó la cabeza y miró las copas de los árboles del Retiro.

—De aquí no me vuelvo a casa sin sacarme los cien pavos.

Aceptó la primera oferta.

Luego la segunda.

Y la tercera.

El móvil vibró tres veces seguidas:

Tarea confirmada. Tarea confirmada. Tarea confirmada.

Alba tomó aire.

—Vamos al lío...

Hoy no soy psicóloga.

Hoy soy maratoniana profesional de perros.

Cuando el sol del atardecer empezó a esconderse entre los edificios, Alba subía la escalera de la corrala casi a rastras.

Falló tres veces al intentar meter la llave en la cerradura.

Al abrir la puerta, el piso estaba a oscuras.

Hasta el silencio parecía fatigado.

Dejó caer el bolso junto a la puerta.

Se le fue el equilibrio al intentar quitarse las zapatillas.

Se agarró a la pared como pudo.

Llevaba un calcetín empapado del todo.

El otro, cubierto de barro.

Fue al baño y se miró al espejo.

Al ver su propio reflejo, le dio la risa floja.

El chándal blanco de por la mañana ya no tenía nada de blanco.

De las rodillas para abajo era marrón puro.

Los bajos llevaban churretones verdes de césped.

En el muslo luciendo una huella bien marcada de barro.

Y entre el pelo se le había quedado enganchada una hojita.

Tenía regueros de barro seco por la cara.

—Si me viera mi madre... —dijo sacudiendo la cabeza—. Que se cree que me vine a Madrid a ejercer de psicóloga.

Abrió la nevera.

Se la quedó mirando largo rato.

Baldas desiertas.

Medio limón.

Una botella de agua.

Un bote de kétchup empezado.

Y al fondo del todo, un tomate triste.

Cogió el tomate.

Le dio la vuelta.

Tenía un golpe pocho en un lado.

Lo lavó bajo el grifo.

Le dio un mordisco.

El chasquido retumbó por toda la cocina en mitad del silencio.

Se terminó el tomate apoyada en la encimera.

Al tragar el último bocado, se le cerraban los ojos de puro agotamiento.

Seguía teniendo un hambre canina.

Pero no le quedaban fuerzas ni para calentarse una sopa.

Tiró el pedúnculo del tomate a la basura.

Fue directa al baño.

Abre el grifo de la bañera.

El agua caliente empieza a subir despacio.

Se desnudó.

Cogió el chándal blanco en la mano.

Lo miró un momento.

Y soltó una carcajada. Una de verdad.

—A ti no me te vuelvo a poner en la vida.

Encestó el chándal al cubo de la ropa sucia.

Se metió en la bañera.

En cuanto el agua caliente le tocó los hombros, el cuerpo se le quedó fofo.

Cerró los ojos.

Bruno.

El estanque.

Las palomas.

El caniche ladrando.

Federico.

Todo se le empezaba a mezclar en la cabeza.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí metida.

Cuando el agua empezó a quedarse templada, se puso en pie a duras penas.

Se encasquetó una camiseta vieja.

Se sentó en la cama.

Sacó de la mochila un cuaderno negro pequeño.

Abrió la primera página.

Escribió despacio debajo de la fecha:

Lunes.

Sostuvo el bolígrafo un momento.

Luego añadió frases cortas:

Bruno. No ponerse chándal blanco.

Dejó un renglón en blanco.

Anciano cascarrabias.

Otro renglón.

El mismo banco.

Se detuvo.

Se llevó la parte trasera del boli a los labios.

Y añadió:

Esperan cinco minutos.

Se quedó mirando esa frase un buen rato.

Le puso un signo de interrogación debajo casi sin darse cuenta.

Escribió una línea más:

Ni idea del motivo.

El bolígrafo se le escurrió de los dedos.

El cuaderno le cayó sobre el pecho.

Apoyó la cabeza en la almohada.

En la habitación solo quedaba el eco lejano de una sirena desde la calle y la noche madrileña entrando por la ventana abierta.

La lámpara seguía encendida.

El cuaderno seguía abierto.

Antes de que se secara la tinta, la mejilla de Alba rozó el borde de la página.

Ella ni se enteró.

Se había quedado frita al instante.



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