Capitulo 0.1: Hasta los cimientos
La lluvia caía sin piedad sobre el callejón, golpeando la basura acumulada contra los muros como si quisiera enterrarla. Un auto negro, demasiado limpio para ese lugar, se detuvo frente a una puerta de metal reforzado.
Ron bajó del auto. Traje ostentoso, paso decidido, sin una sola gota de duda en la mirada. Caminó hasta la puerta y golpeó tres veces.
—Sin límites —dijo, antes de que nadie preguntara.
El callejón pareció contener el aire. La puerta se abrió y una voz educada, casi de mayordomo, respondió desde la oscuridad:
—Bienvenido, señor.
Al fondo del sótano había otra puerta. Ron la cruzó y el frío quedó atrás de golpe: música, risas, copas chocando. Una fiesta de gente que nunca hacía fila para nada.
Avanzó entre la multitud sonriendo, saludando con la cabeza a un par de conocidos, hasta que chocó con una mujer. El hombro de ella no cedió ni un milímetro, como si fuera de piedra bajo la tela. Ron se giró para disculparse, pero solo vio una melena rubia perderse entre los cuerpos.
—Extraño —murmuró, y se encogió de hombros. En una fiesta como esa, extraño era la norma.
La presentadora subió al escenario. El telón rojo cayó detrás de ella como una cortina de sangre seca.
—Buenas noches a todos —dijo, con esa voz melódica que usaba solo para esto—. Preparen sus billeteras. La carne tierna ya está lista.
El telón se abrió. Sobre el escenario, un grupo de personas —jóvenes, viejos, de todas las edades— vestía ropa que no les pertenecía, ropa demasiado fina para gente que apretaba los puños y se tomaba de las manos entre sí. La presentadora caminó hasta un joven de no más de dieciocho años, alto, delgado, y lo tomó del brazo como quien exhibe un trofeo.
—La primera carne está lista para la subasta.
Las manos se alzaron. Los números subieron rápido. Pero Ron no miraba al joven: tenía los ojos clavados en una chica al fondo, pupilas dilatadas, aferrada a su propia ropa como si eso pudiera protegerla de algo.
—Cien mil dólares —dijo, sin levantar apenas la voz.
Nadie ofreció más. La venta se cerró entre aplausos, como si acabara de ganar una subasta de arte.
Cuando la fiesta empezó a apagarse, guiaron a los compradores hacia el "comedor". Una mujer tomó del hombro a su nueva adquisición —un anciano tembloroso— y le sonrió con una dulzura que no encajaba con nada de lo que estaba pasando.
—Ven, querido. Todo va a estar bien —le dijo, y esa mentira sonó casi tierna.
Ron ya estaba en su habitación con la joven. Cerró la puerta y se frotó las manos.
—Ponte cómoda —dijo—. Prepárate para una buena cena.
Ella retrocedió hasta chocar con la pared, temblando, sin poder tragar saliva. Ron se acercó saboreando de antemano lo que venía. Entonces su nariz se arrugó.
Humo.
Antes de que pudiera pensar en qué significaba eso, algo golpeó la puerta con fuerza. Otra patada. Y otra. Ron apenas alcanzó a dar un paso hacia ella cuando la madera reventó hacia adentro.
Una mujer rubia entró con un vestido verde manchado, una pistola en una mano y una palanca de metal en la otra. Ron abrió la boca para decir algo —una amenaza, una súplica, no llegó a saberlo ni él— y no salió nada.
—Tú… —alcanzó a decir.
La bala le entró en la rodilla antes de que terminara la palabra. Cayó gritando, y la palanca hizo el resto: le partió la cabeza como si fuera una fruta demasiado madura.
La mujer miró a la joven, todavía temblando contra la pared, y con un gesto seco de cabeza le indicó que la siguiera.
Afuera, la fiesta ya no existía. Solo quedaba fuego, cuerpos partidos, gente muerta a mitad de una copa. La presentadora se arrastraba bajo una mesa, tratando de no gritar mientras miraba de reojo a un hombre con el pecho abierto en canal.
Llegó a la puerta principal. Los guardias ya la esperaban, armas en mano.
—Fíjate bien al mirar —le dijo uno al otro.
No pudo terminar. Una bala le atravesó el cráneo.
El segundo guardia levantó la vista hacia la mujer rubia, detrás de la cual se amontonaban los rescatados. Apretó los labios y disparó. Ella no se movió. Los balazos le entraban en el cuerpo, la sangre le corría por la ropa hasta el suelo, y aun así siguió caminando hacia él.
El guardia retrocedió, con la mano temblando sobre el gatillo.
—¿Qué mierda eres…?
No hubo respuesta. Solo otro paso hacia adelante.
Un segundo guardia, escondido detrás de una mesa volteada, le apuntó con la escopeta y sonrió.
—Buenas noches, preciosa.
Disparó. La cabeza de la mujer estalló y los rescatados se quedaron mirando los restos volar por el aire, boquiabiertos, sin poder procesar lo que veían. El guardia bajó el arma, se rió, se limpió el sudor de la cara con el dorso de la mano.
Entonces el cuerpo de la mujer —el cuerpo sin cabeza— volvió a moverse.
Los pedazos de cerebro y hueso se arrastraron por el suelo como si tuvieran voluntad propia, reagrupándose, reconstruyéndose.
—Eso es imposible —dijo el guardia, retrocediendo, ya en el suelo—. ¡Imposible!
La mujer terminó de recomponerse. Su mirada, otra vez entera, se clavó en él. La palanca le atravesó el pecho de lado a lado, y un segundo después su bota le aplastó el cráneo contra el cemento.
Subió a la superficie con los rescatados detrás, en silencio. El frío de la noche los golpeó a todos por igual. Arriba ya había militares y bomberos esperando, avisados de un "incendio accidental" que apagaban sin demasiado apuro. Los militares se ocuparon de poner a salvo a la gente que salía del sótano.
Nadie se acercó a la mujer.
Solo un soldado, el general quien iba en su propio Jeep, la mujer vio al general y se subió con el sin decir ningúna palabra esa noche.








