El Cazador: Sombras Del Pasado by Drako Zaes at Inkitt
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El Cazador: Sombras del Pasado

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Summary

Trevor es un joven atormentado por sueños recurrentes que lo transportan a un pasado que no reconoce. Fragmentos de una vida que siente extrañamente cercana, pero que no puede recordar. Cada noche, aquellas visiones se vuelven más vívidas, dejando tras de sí preguntas que Trevor no sabe cómo responder y la inquietante sensación de que algo importante se le escapa. Hasta que Anya, su amiga de la infancia y de espíritu indomable, consigue arrastrarlo a una nueva vida como Cazador Real. Lo que comienza como una forma de salir de su rutina pronto se convierte en algo mucho más grande. Misiones, criaturas, armas misteriosas y personas cuyos caminos parecen estar conectados con secretos que Trevor todavía desconoce. Mientras él y Anya se adentran cada vez más en este mundo, Trevor tendrá que aprender a confiar en sus compañeros, enfrentarse a peligros que jamás imaginó y seguir las pistas que aparecen entre sus sueños. Porque quizá aquellos recuerdos no sean simples sueños. Y quizá descubrir quién fue sea mucho más peligroso que descubrir quién es.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Fragmentos

...

—¡Cuidado...! ¡CUIDA...! (palabras ininteligibles)

—¿Me escuchas? Tranquilo... todo va a salir bien. Esa herida tiene solución, solo resiste un poco más... por favor...

La voz se quebró en un sollozo.

—No llores... —una tos ahogada interrumpió sus palabras—. Sabíamos que esto podía pasar... Yo elegí este camino...

La tos le impedia hablar pero esta vez, acompañado por el inconfundible sabor metálico de la sangre.

—No... no creo llegar a tiempo para ver la ayuda... Gracias... gracias por todo, chicos. Siempre hicieron este trabajo mucho más llevadero... aunque yo fingiera odiarlo...

Un último suspiro escapó de sus labios.

—Tenemos que irnos. Alguien se acerca. En nuestro estado no podremos pelear.

El silencio apenas duró un instante.

—¡No...!

Un grito desgarrador rompió el aire.

—¡¡NOOOOOO!!

Las últimas palabras se perdieron entre el llanto.

...

Desperté de golpe.

El pecho me ardía como si acabara de contener el último aliento de otra persona. Permanecí inmóvil unos segundos, respirando con dificultad, mientras aquella voz seguía resonando en mi cabeza.

El mismo sueño.

Siempre terminaba igual.

Me llevé una mano al pecho y, con la otra, aparté las cobijas. El sudor frío empapaba mi frente.

—Otra vez...

Permanecí sentado al borde de la cama hasta que mi respiración recuperó un ritmo normal.

¿Por qué ese sueño volvía una y otra vez?

No conocía a ninguna de esas personas. Ni sus rostros, ni sus nombres. Solo escuchaba sus voces... y, aun así, cada vez que despertaba sentía una extraña presión en el pecho, como si hubiera perdido a alguien importante.

Negué con la cabeza.

—Solo es un sueño...

O eso quería creer.

Me levanté y fui directo al baño. Abrí la llave de la regadera sin siquiera quitarme la ropa. El agua helada cayó sobre mí de golpe.

Cualquiera habría dicho que era una locura.

Para mí era la forma más rápida de despejar la mente.

Cerré los ojos y dejé que el agua arrastrara el cansancio acumulado de otra noche sin descansó.

Cuando terminé, preparé un desayuno sencillo y me senté frente a la mesa con el periódico entre las manos.

Era casi una rutina.

Buscar trabajo.

No encontrar nada.

Suspirar.

Pasar la página.

Lo intenté una vez más.

Nada.

Ni un solo anuncio que valiera la pena.

Dejé el periódico sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Se me acaba el dinero...

La frase salió en un murmullo.

Los pequeños trabajos que conseguía apenas alcanzaban para mantener la casa. Si no encontraba algo estable pronto...

Preferí no terminar ese pensamiento.

Miré alrededor.

La casa estaba completamente en silencio.

Demasiado silencio.

Las horas pasaron sin que ocurriera absolutamente nada.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, salí al pequeño balcón.

Una brisa fresca acarició mi rostro.

El aroma de los tulipanes que cuidaba con tanto esmero llenaba el ambiente, mezclándose con el aire de la tarde.

Apoyé los brazos sobre la barandilla.

Desde allí podía ver las luces del reino encendiéndose poco a poco, como pequeñas estrellas descendiendo sobre la ciudad.

Era curioso.

A pesar de vivir rodeado de tanta belleza...

Nunca lograba sentirme realmente en paz.

Permanecí allí varios minutos, dejando que el viento despeinara mi cabello.

Quizá mañana sería diferente.

Quizá...

Esa noche me acosté con el mismo pensamiento de siempre.

Esperar que los sueños me dejaran descansar.

Pero, en el fondo...

Sabía que volverían.

...

—De ahora en adelante formarán un equipo.

La voz era firme, autoritaria.

—A partir de este momento dependerán el uno del otro. Aprendan a confiar en su compañero, porque llegará el día en que esa confianza marcará la diferencia entre vivir... o morir.

Hubo un breve silencio.

Entonces otra voz, mucho más cálida, rompió la tensión.

—Me alegra que seas tú.

Una pequeña risa escapó entre aquellas palabras.

—Haré todo lo que esté en mis manos para protegerte.

...

Abrí los ojos lentamente.

El techo de mi habitación volvió a aparecer ante mí mientras el eco de aquella voz terminaba de desvanecerse.

Solté un largo suspiro.

—Otra vez ella...

Era extraño.

A diferencia del primer sueño, aquel nunca me producía miedo. Al contrario. Había algo en esa voz que transmitía una tranquilidad difícil de explicar, como si perteneciera a alguien que, de alguna manera, hubiera formado parte de mi vida.

Pero seguía siendo un sueño.

Nada más.

Me incorporé despacio y estiré los brazos por encima de la cabeza.

—Pensarlo demasiado no servirá de nada.

Hoy tenía asuntos más importantes.

La despensa estaba casi vacía y necesitaba comprar provisiones antes de que los precios subieran otra vez. Con un poco de suerte, también encontraría algún trabajo temporal durante el recorrido.

Me vestí, tomé una pequeña bolsa de tela y salí de casa.

En cuanto abrí la puerta, el aire fresco de la mañana me recibió.

El aroma de la tierra húmeda aún permanecía en el ambiente después de la lluvia de la noche anterior. A lo lejos, las campanas de la iglesia anunciaban el inicio del día, acompañadas por el incesante canto de los pájaros.

Entrecerré los ojos.

El sol ya comenzaba a elevarse sobre los tejados.

—Qué buen día... Aunque sigo prefiriendo cuando está nublado.

Eché a andar por el sendero de tierra que conducía al pueblo.

A esas horas apenas había gente en las calles. Era justo como me gustaba.

Silencio.

Sin empujones.

Sin conversaciones ajenas.

Solo el sonido de mis propios pasos.

No fue hasta acercarme al mercado cuando aquel silencio desapareció poco a poco.

Las voces de los comerciantes comenzaron a mezclarse con el murmullo de los primeros compradores.

El olor a pan recién horneado se abría paso entre el de las especias y las frutas frescas. Algunos puestos apenas terminaban de acomodar su mercancía, mientras otros ya atendían a los clientes más madrugadores.

Esbocé una leve sonrisa.

Había llegado a tiempo.

Con menos gente, comprar sería mucho más rápido.

Recorrí los puestos habituales adquiriendo solo lo necesario. Harina, verduras, algo de carne seca y unas cuantas provisiones que me permitieran permanecer varios días sin volver.

Cuando terminé, revisé el contenido de la bolsa.

—Harina... verduras... sal...

Moví ligeramente la cabeza.

—Creo que no olvido nada.

Estaba a punto de marcharme cuando una voz rompió el bullicio del mercado.

—¡Oye! ¡Espera!

La voz se perdió entre el bullicio del mercado.

Seguí caminando. Lo más probable era que llamaran a otra persona.

—¡Detente, idiota!

Me detuve en seco.

Esa voz sí la conocía.

Al girarme, la vi abrirse paso entre la gente mientras corría hacia mí. Agitaba un brazo con insistencia, intentando llamar mi atención. Cuando por fin llegó, se inclinó hacia delante con las manos apoyadas sobre las rodillas, jadeando sin control.

—H-hola... T-Trevor... Q-qué bueno... que te encuentro...

Esperé pacientemente a que recuperara el aliento.

—Respira primero.

Anya levantó una mano, pidiéndome unos segundos. Tras varias respiraciones profundas consiguió incorporarse de nuevo.

—Ahora sí... Hola.

Una ligera sonrisa apareció en mi rostro.

—Hola, Anya.

Ella cruzó los brazos y me observó de arriba abajo.

—Es raro verte por aquí, pequeño ermitaño.

—No soy un ermitaño.

—¿Ah, no? Entonces explícame por qué casi nunca te veo por la ciudad.

Me quedé pensativo unos segundos.

—Porque procuro comprar todo lo necesario de una sola vez. Así no tengo que salir tan seguido.

—Eso confirma mi teoría.

—¿Qué teoría?

—Que eres un ermitaño.

La seguridad con la que lo dijo me hizo suspirar.

—Solo me gusta la tranquilidad.

—Y esconderte del mundo.

—Eso también.

Anya soltó una pequeña risa.

—Sigues siendo igual de raro.

—Y tú sigues siendo igual de escandalosa.

—¡Oye!

Antes de que pudiera reaccionar, dio un paso al frente y apoyó su frente contra la mía con un ligero golpe.

—¡Ay!

Me llevé una mano a la cabeza.

—¡Any! Eso dolió.

Ella no se apartó.

Con el ceño ligeramente fruncido, me sostuvo la mirada durante unos segundos.

—Necesitas salir más. Hablar con gente. Dejar de encerrarte en esa cueva melancólica que llamas casa.

Su expresión era tan seria que, por un instante, olvidé que todo había empezado como una broma.

Retrocedí un paso.

—¿Viniste solo para sermonearme? Porque, si es así, prefiero irme.

Me di la vuelta dispuesto a marcharme.

—¡Espera!

Su voz sonó mucho más suave.

Cuando la miré de nuevo, evitaba mi mirada mientras jugueteaba nerviosamente con sus dedos.

—Perdón... En realidad llevo toda la semana buscándote. Quería hablar contigo de algo importante.

Fruncí el ceño.

—¿Y por qué no fuiste a mi casa? Sabes perfectamente dónde vivo.

—¿Cómo que por qué no fui...? Si siempre...

Su voz se interrumpió cuando algo llamó mi atención.

Debajo de la capa que llevaba sobre los hombros asomaba apenas un pequeño símbolo.

Sonreí de lado.

—No me digas...

Anya tragó saliva.

—¿Qué ocurre?

Señalé discretamente el borde de su capa.

—Te uniste a los CR.

Sus ojos se abrieron de golpe.

—¿¡Cómo lo supiste!? ¡Se supone que nadie debe saberlo hasta la ceremonia!

Miró de un lado a otro con evidente nerviosismo, intentando cubrir el emblema con ambas manos.

No pude evitar soltar una pequeña risa.

—Anya... tu intento de esconderlo es bastante malo.

—¿En serio?

Su rostro perdió el color.

—¿Crees que alguien más lo vio? Si llega a saberse antes de tiempo podría meterme en un problema y...

Antes de que su imaginación siguiera empeorando la situación, apoyé una mano sobre su hombro.

—Tranquila.

Esperó mi respuesta casi sin respirar.

—Nadie más lo ha visto.

Se quedó inmóvil.

—Solo pude notarlo porque estaba justo frente a ti.

Durante unos segundos permaneció en silencio.

Finalmente dejó escapar todo el aire que había estado conteniendo.

—Qué susto...

Su tensión desapareció de golpe mientras acomodaba con mucho más cuidado la capa para ocultar por completo el emblema.

—No vuelvas a hacerme pasar un susto así, Trevor.

—No prometo nada.

Ella resopló con una mezcla de alivio y resignación.

Al menos, volvía a sonreír.

Anya dejó escapar un largo suspiro de alivio y apartó mi mano con delicadeza.

—Será mejor que lo oculte bien. Se supone que, por ahora, solo nuestros compañeros saben esto.

Mientras hablaba, acomodó la capa con torpeza hasta cubrir por completo el emblema. Solo cuando estuvo segura de que ya no se veía, volvió a mirarme.

Tomó aire una vez más.

—Entonces...

Incliné ligeramente la cabeza.

—¿Entonces qué?

Una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro.

—¿Vendrás conmigo?

Parpadeé un par de veces.

—Espera... ¿Conmigo a dónde?

Su expresión cambió al instante.

—¿Cómo que "a dónde"? A los CR, tonto.

La miré durante unos segundos sin decir una palabra.

—Un momento... ¿Me estás invitando a unirme?

—Pues claro.

Respondió como si fuera la cosa más obvia del mundo.

No pude evitar soltar una pequeña risa.

—Yo pensé que solo habías venido a presumirme que te aceptaron.

Anya infló ligeramente las mejillas.

—También quería presumirte un poquito...

Desvió la mirada con una sonrisa culpable.

—...pero esa no era la razón principal.

Crucé los brazos.

—¿Y qué pasa si digo que no?

Su sonrisa desapareció.

Por primera vez desde que llegó, pareció realmente insegura.

Bajó la mirada.

—No pasará nada...

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Pero sé que no vas a decir que no.

Volvió a levantar la vista.

Sus ojos brillaban con una mezcla de esperanza y nerviosismo que resultaba imposible ignorar.

—¿Verdad?

Solté un largo suspiro.

Era increíble.

No importaba cuánto intentara resistirme; siempre encontraba la manera de convencerme.

Negué con la cabeza.

—Está bien... Ganaste.

Una enorme sonrisa iluminó su rostro.

—Aunque espero que esto no termine metiéndome en problemas.

—¡Sabía que aceptarías!

Exclamó dando un pequeño salto de felicidad.

No pude evitar sonreír.

A veces era demasiado fácil hacerla feliz.

Anya sonrió con orgullo.

—Somos amigos desde hace mucho. Sé perfectamente cómo convencerte.

Solté una pequeña risa.

—Eso es justamente lo que me preocupa.

Ella respondió con otra sonrisa, llena de esa confianza que siempre la caracterizaba.

—Además, cuando éramos niños pasábamos el día jugando a ser ellos. Me prometiste que, cuando fuéramos mayores, entraríamos juntos a los CR.

Aquellas palabras despertaron un viejo recuerdo.

Podía verme corriendo junto a ella por los campos, empuñando ramas como si fueran espadas y fingiendo salvar el mundo.

Sonreí sin darme cuenta.

—Qué tiempos aquellos...

Levanté la vista hacia Anya.

—Es cierto. Lo prometí...

Hice una breve pausa.

—Pero...

Su sonrisa desapareció al instante.

—¿Qué quieres a cambio?

Preguntó con un suspiro de resignación.

No pude evitar reír.

—Nada del otro mundo.

Levanté un dedo.

—Solo una condición.

Ella esperó en silencio.

—Si para entrar hay que llenar montañas de formularios, tú te encargas de todo el papeleo.

Anya me observó durante unos segundos.

Después estalló en una carcajada.

—¡Eres un gran tonto!

Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Que no habrá ningún papeleo para ti.

Parpadeé.

—¿Cómo que no?

Anya dio un pequeño paso al frente y, con una sonrisa de oreja a oreja, levantó el índice para señalarme.

—Porque ya eres mi compañero.

Me quedé inmóvil.

—...¿Qué?

Ella asintió, orgullosa.

—Cuando organizaron los equipos sobró un lugar. Me dieron permiso para elegir a una persona.

Hizo una pequeña pausa.

—Y te elegí a ti.

Me rasqué la cabeza, intentando procesar lo que acababa de escuchar.

Luego la miré entrecerrando los ojos.

—Espera un momento...

Se puso rígida.

—¿Qué?

—Pequeña traidora.

Parpadeó confundida.

—Hace apenas unos minutos me recordaste aquella promesa de la infancia...

Crucé los brazos.

—Y ahora descubro que viniste a buscarme porque necesitabas un compañero.

Anya bajó lentamente la mirada.

Durante unos segundos no dijo nada.

Cuando volvió a hablar, su voz era mucho más baja.

—Cuando cumplí la edad suficiente quise decírtelo...

Respiró hondo.

—Pero estabas pasando por un momento muy difícil.

Sentí cómo desaparecía todo rastro de enfado.

—No quería presionarte.

Guardó silencio.

—Lo siento.

Negué con la cabeza.

—No.

Di un paso hacia ella.

—No tienes nada que lamentar.

Su mirada volvió a encontrarse con la mía.

—Gracias por pensar en mí.

Sonreí.

—Y si de verdad era un sueño que compartíamos desde niños...

Extendí una mano hacia ella.

—Entonces será mejor cumplirlo.

Anya no respondió.

Simplemente se lanzó hacia mí y me abrazó con fuerza.

Por un instante dudé.

Después correspondí al abrazo.

Era cálido.

Sincero.

Y, por alguna razón, sentía que hacía mucho tiempo que ninguno de los dos necesitaba ese momento.

—Fuiste la primera persona en la que pensé.

Murmuró sin separarse de mí.

—Siempre imaginé que llegaríamos juntos.

Suspiré.

—Supongo que nunca tuve escapatoria.

Una pequeña risa escapó de ella.

—No.

Levantó la cabeza para mirarme.

—Ya había dado tu nombre.

No pude evitar negar con una sonrisa.

—Lo imaginaba.

Permanecimos unos segundos más en silencio.

Fue entonces cuando volví a ser consciente del mundo que nos rodeaba.

Las conversaciones del mercado.

El aroma del pan recién horneado.

Las especias.

El ir y venir de la gente.

Y, sobre todo...

Las miradas curiosas dirigidas hacia nosotros.

Me aclaré la garganta.

—Creo que llevamos demasiado tiempo abrazados.

Anya dio un pequeño salto hacia atrás, completamente sonrojada.

—¡E-es verdad!

Apartó la mirada, avergonzada.

No pude evitar soltar una risa.

—¿Qué te parece si vamos a comer algo?

Como si el destino quisiera responder antes que ella, mi estómago rugió con fuerza.

Anya volvió a reír.

—Creo que eso respondió por ti.

Horas después, tras compartir una comida sencilla y conversar de cualquier cosa menos de los CR, emprendimos el camino de regreso.

Al llegar a la bifurcación donde nuestros caminos se separaban, Anya se detuvo.

Su expresión volvió a ponerse seria.

—Debo informar que ya tengo compañero.

Asentí.

—Pensé que ya lo habías hecho.

—Quería asegurarme de que aceptarías antes de decir nada.

Sonreí.

—Tiene sentido.

Anya dio unos pasos hacia atrás.

—Entonces... nos vemos mañana.

Antes de que pudiera responder, salió corriendo.

—¡Oye!

Se giró solo un instante.

—¿Qué pasa?

—No llegues tarde.

Me dedicó una sonrisa traviesa.

—El que siempre llega tarde eres tú.

Y volvió a echar a correr.

Observé cómo su figura desaparecía entre las calles del pueblo.

Hasta que ya no pude verla.

Solo entonces emprendí el camino de regreso a casa.

Mientras caminaba, una idea no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

"Mañana..."

Apreté con fuerza la bolsa de las compras.

Al llegar a casa, acomodé las compras y preparé algo sencillo para cenar. El cansancio de la jornada comenzó a pesar sobre mi cuerpo, así que, una vez terminé, me dirigí a mi habitación.

Mientras me recostaba, no pude evitar pensar en todo lo que había ocurrido durante el día.

«Mañana será un día diferente... Lo presiento.»

Cerré lentamente los ojos.

«¿Era esto lo que estaba buscando?»

La pregunta permaneció unos instantes en mi mente.

«¿Qué acabo de hacer...?»

El silencio de la habitación pareció responderme.

«¿En qué me he metido...?»

Poco a poco, la oscuridad terminó por envolverme y caí en un sueño profundo.

...

—Gracias a nuestro desempeño hemos llegado hasta el grado Élite. Somos el mejor equipo... ¿no es así, Z... y T...?

...

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