Introducción
LIBERA ME
Elisabet Andreu Ponce
Libera me, Domine, de morte aeterna,
in die illa tremenda:
Quando caeli movendi sunt et terra,
dum veneris iudicare saeculum per ignem.
Líbrame, Señor, de la muerte eterna,
en aquel tremendo dia.
Cuando temblarán los cielos y la tierra.
Cuando vienes a juzgar al mundo con el fuego.
Responsorium: Libera Me (Misa de difuntos del ritual católico)
Una enorme y pesada puerta se cerró a mis espaldas provocando un estruendo debido al eco que provocaba el silencioso edificio. Todos los presentes se giraron. Un centenar de rostros fijaron su atención en mí. De inmediato comenzaron a cuchichear sobre mi presencia allí y sobre lo ocurrido en los últimos días.
Sus gruesos muros se alzaban para al fin encontrarse y crear una sucesión de arcos de medio punto. La ornamentación era sencilla, se limitaba a la existente en los capiteles de las pilastras y al encintado de los arcos. En la cabecera del templo, tras el altar, presidía una sencilla cruz de madera con un Cristo crucificado y, sobre ella, una imagen de la Virgen colocada dentro de un nicho. En las naves laterales algunos frescos de artistas locales alegraban los muros en su parte superior.
A pocos pasos de mí pude ver a mi tía, mi tío y mis primas. Sus habituales miradas de simpatía hacia mí habían sido sustituidas por otras de recelo y desconfianza. Me abstuve de saludarles y seguí caminando. En breve comenzaría el funeral.
Llegué a la primera fila y me senté junto a Cris. Mi hermana era una chica joven, de veintidós años, aunque su estatura era más parecida a la de una adolescente. Yo, en cambio, con catorce años ya le sacaba una cabeza, por lo que vernos juntos resultaba ser, como poco, curioso. Su larga cabellera le cubría el rostro y los brazos por completo.
Lloraba, y ni la miré ni intenté consolarla. Estaba petrificado, con mi mirada fija en los dos ataúdes de madera maciza que se encontraban frente al altar. Sentí un agudo dolor punzante que aumentaba en mi pecho, mi respiración se aceleró y me empezó a invadir el calor. Alcé mis manos temblorosas y comprobé que estaba sudando. Temí caer desplomado, pero de repente la sensación desapareció. Me encontraba bien. El dolor que había intentado reprimir por la reciente perdida había dejado de importar.
Al fin, giré la cabeza para enfrentar su mirada y le sonreí.
—¿Por qué lloras? —musité. Vi cómo mi hermana apartaba las manos que le habían tapado el rostro hasta ese momento, mirándome desconcertada.








