Capítulo 1
Todas las mañanas Idris Arias se levantaba apenas salía el sol, una rutina mantenida durante los treinta y cinco largos años de su vida, no obstante, hoy era distinto. Su cuerpo abandono la cama a las ocho y cuarto, se colocó las pantuflas de su madre y camino con ese feo habito de arrastrar los pies, que por supuesto su madre trato de corregir desde hacía tiempo al intercambiarle los zapatos por unos ortopédicos del tamaño de un ladrillo. Mantenía su mirada castaña al frente, perdida en un punto inexistente. De inmediato entró al baño, porque tenía tremendas ganas de orinar. Sostuvo con firmeza el pedazo de carne, por definición, de un hombre, guiando el chorro amarillento directo a la boca del escusado sin fallar un milímetro. Poco comparable era el olor amargo de sus orines al esparcido por toda la casa.
Tras ello se adentró a la cocina, abrió el refrigerador y saco una bolsa de carne junto con un paquete de queso americano y algunas verduras. Idris era como esos pájaros recién nacidos a quienes se les daba de comer directo en la boca, su madre se las había apañado para hacerlo de esa forma. Así que cuando encendió la estufa sin miedo a quemarse los dedos, cosa obvia para muchos, en su caso era similar a jugar la ruleta rusa con un arma de fuego y una bala. Podía respirar el peligro en cada acción cerca de la hornilla encendida.
—Ya está, solo falta la fridera.
¡Ten cuidado, te vas a quemar tus preciosos deditos cariño!, le diría su madre, asegurándose de alejarlo de la estufa.
«Si, claro. Mírame bien mujer, este es un hombre», pensó él.
Al cabo del caso, no tenía el valor de decirlo en voz alta.
Colocó la fridera a fuego bajo, a su vez comenzó a cortar la carne en pequeños trozos antes de ponerla en la tolva del molino de carne, queriendo aprovechar el tiempo de forma eficaz al hacer las dos cosas a la vez. Después de unos minutos el gran hombre se dio cuenta del error en el orden de las acciones, pues ni bien iba por la segunda tanda, cuando casi se asfixia por el humo del aceite quemándose en la sartén. Inaceptable. Este despiste era impensable para un genio de su calaña. Su madre lo hacía parecer tan fácil todas esas veces al prepararle el desayuno a primera hora de la mañana y Verónica —su guapa ex prometida de cabellos rubios y figura de modelo— también tenía esa extraña habilidad. De igual manera él debía tenerla, o eso creía. Si no pisas una cocina, no esperes saber la diferencia entre un cuchillo de carne y uno de pescado.Pero no hay que darle más vueltas, si al final Verónica le cocinaría, aun así, no estaría mal ayudarla de vez en cuando. Ya se imaginaba la escena, todo ocurría en una cocina minimalista, como a ella le gustaban, con Verónica cocinando el desayuno y el detrás de ella siendo el mejor asistente de cocina, mientras sus futuros hijos jugaban en la sala.
Todo podría ser, excepto su madre.
Bajo el asfixiante aroma de condimentos combinado con el nauseabundo hedor en la habitación, Idris contemplo con magnificencia su obra terminada. Era la madre de todas las hamburguesas, tenía tres rodajas de carne tierna, tomate, lechuga, cebolla y sobre todo un montón de queso amarillo rebosándole por los costados. Si su madre la viera, seguro la lanzaría al bote de basura sin pensársela dos veces. Bueno su madre no estaba y él podía hacer lo que se le pegara en gana, llevo el plato hasta la sala dejándolo en una mesita de centro hecha de roble. Posteriormente se sentó en el viejo sillón rojo de terciopelo, justo frente al televisor de plasma. Otra cosa más a la lista interminable de su madre. Busco el control y lo hallo debajo del almohadón de su madre con la frase bordada “el amor de mi vida es mi hijo”.
—Si tan solo no fueras tan rígido serias perfecto —dijo como si esperara entablar una plática que no fuera consigo mismo, de igual forma tiró el almohadón al piso para colocarle los pies encima.
Al encender la tele se transmitía de forma puntual a las nueve “las sombrías aventuras de Billy y Mandy” en el canal cinco. Una caricatura acerca de dos niños de inequivalente amistad, vinculados en un contrato con la muerte y teniendo aventuras poco ortodoxas para las madres católicas de los 2000, era evidente su rotunda prohibición por diabólica. ¿Y ver a un tipo martirizado en una cruz no lo era?, vaya que lo era si tenías cinco años y no conocías al hijo de dios. En los últimos segundos del final de la introducción, Idris ya se encontraba hundido en el sillón, solo estiro parte de su cuerpo con el objetivo de alcanzar el plato de comida. Sus largos dedos envolvieron la hamburguesa casi por completo. El queso derretido, el vapor del pan, la grasa despedida por la carne frita y el sudor de sus manos se fundían en sus palmas, contrario a lo esperado, el pan de trigo humedecido por distintos fluidos dejo caer considerables migajas de camino a la boca. En su primer bocado, su boca tuvo un espasmo parecido al éxtasis de llegar al punto más alto del placer e Idris lo hizo notar de inmediato al dejar salir de sus finos labios, los mismos gemidos que Verónica le provocaba con una buena felación en los días donde anduvieron de novios a escondidas de su madre. Esa vez el espeso liquido lechoso se le escurría por la comisura de sus labios hasta su cuello, similar al queso amarillo de la hamburguesa. Al menos a ella no le salpico la camisa. Idris siguió masticando con la boca bien abierta, otro de sus malos habidos incorregibles, el simple hecho de ver trozos deformes de comida dar vueltas en una viscosa saliva amarillenta y de olor rancio era repugnante. Ni él mismo era consiente de esa asquerosidad.
Afuera el día aún se mantenía apacible con el suave viento moviendo las sábanas puestas en el tendedero, justo en el balcón de la recamara de Idris y su madre. En ese preciso momento, el teléfono fijo en la sala reprodujo de manera automática un buzón de voz, rompiendo de manera involuntaria la frágil cúpula de silencio en toda la casa.
—Señora Margaret Torres le recuerdo que en su anterior cita al centro de salud Altozano se ha dejado el bolso. No olvide tomar sus medicamentos y su próxima cita. —dijo la voz de la recepcionista, seguido de un bip demasiado agudo para el delicado oído de Idris.
No le dio la menor importancia, No obstante, la recepcionista le hizo recordar la asistencia impecable de su madre. Posterior al abandono de su esposo por una mujer más joven, la vida de su madre se concentró en su propia conservación y el bienestar de su único hijo. Esas fijaciones no evitaron las arrugas en su piel, la creciente papada en su cuello, la inutilidad de su hijo y, sobre todo, su inminente final. De todos modos, su madre no volvería a ir a ese lugar. Más bien, no podría hacerlo.
Un total engorro esa mujer.
Minutos después se levantó del mullido sillón, dejando caer la otra mitad de su comida al suelo. Camino de vuelta a la habitación, sumergiéndose en el vacío silencioso de la casa. El olor de su madre seguía ahí, aun palpable. Dejo caer su pantalón sobre los mosaicos azulados del piso, su camisa quedo echada sobre el lavabo hasta que se deslizo y se encontró con sus pantalones. Acto seguido se metió a la ducha, la piel morena se le erizo ante el repentino contacto helado del agua. Todo por ver a Verónica, se decía así mismo para no huir del baño frio.El zumbido de la regadera logro ahogar el sonido de las sirenas de policía acercándose, no tardarían en llegar a la casa. El par de policías bajarían de la patrulla, ajustarían sus cinturones antes de atender la queja por mal olor. Tocarían a la puerta, por su parte Idris no les abriría por estar ocupado aseándose. Al irrumpir dentro de la morada se cubrirían la nariz deseando arrancársela. Confundidos ante una limpieza casi pulcra, uno buscaría el origen de la peste y el otro a los dueños de la casa. El primero se escabulliría hasta la cocina y hurgando entre trastos encontraría las partes incomibles de Margaret envueltas en una bolsa negra de basura.








