001
Sobre la basura de enfrente de su casa, Reno se encontró por segunda vez con Hugo.
Estaba completamente inconsciente: golpeado, con la nariz sangrando y mojado por la humedad que dejaban escapar las bolsas de plástico rotas. Reno lo observó por unos minutos; no tenía prisa por entrar a su departamento pese al frío. Suspiró, se agachó para comprobar si aquel joven —que parecía quizá un poco más joven que él— estaba vivo.
Le tocó el rostro con la mano y estaba helado. Llevaba una bufanda roja puesta que aún mantenía el calor en su cuello; estaba abrigado con un saco de lana viejo, pero parecía haber estado allí tirado sobre la basura desde hacía un par de horas. Cuando Reno alejó su mano tibia, el joven se movió y tosió, adolorido. Reno apartó la mano de inmediato.
—Uriel…
Reno acercó la oreja hasta el rostro del joven para poder oírlo balbucear.
—¿Dónde está Uriel?
—¿Eh? ¿Estás vivo? —Reno lo sacudió—. ¿Cómo terminaste aquí?
El joven abrió los ojos a medias. Probablemente estaba borracho y le costaba mantenerlos abiertos.
—Tú… dos con cincuenta…
Reno se sorprendió de que, a pesar de estar notablemente borracho y golpeado, hubiera sido capaz de reconocerlo. Lo conocía simplemente por su apariencia: era el chico que trabajaba en el café cercano a su departamento. Nunca habían hablado más allá de atenderlo y venderle el mismo café barato de siempre, pero aquel chico siempre recordaba lo que iba a pedir sin que lo dijera. Siempre se estaba mordiendo las uñas mientras esperaba que saliera el recibo de la máquina.
Reno muchas veces pensaba que ese chico quizá era un problema para su jefe: no saludaba ni se despedía de los clientes, pero no parecía hacerlo por mala educación, sino más bien por estar metido en su cabeza, pensando vaya a saber qué.
—¿Necesitás ir al hospital?
—No… creo que no.
—¿Necesitás ayuda para salir de ahí?
—Sí…
Al principio, Reno le tendió la mano, pero se dio cuenta de que ni siquiera tenía fuerzas para sostenerse, así que simplemente lo ayudó a salir del montón de bolsas, levantándolo con fuerza.
—¿Te pido un taxi?
No recibió respuesta. Lo miró a la cara y estaba inconsciente de nuevo; solo se mantenía en pie por el apoyo del cuerpo de Reno, que suspiró, cansado.
El sonido de las llaves resonó en la oscuridad de la habitación. La luz de la calle apenas iluminaba por dónde caminaba Reno mientras intentaba obligar a caminar al joven inconsciente. Encendió la lámpara que había en su sala de estar y dejó caer el cuerpo del chico sobre el sofá viejo. Se sentó en el espacio que sobraba y descansó por un momento; se quitó el abrigo y arrojó su bolso de trabajo al piso de madera.
Estaba agotado aún por su turno de trabajo. Le dolían la espalda y la cabeza; tenía los pies fríos y las manos congeladas. Si fuera por él, se habría dormido allí mismo, sentado en el sillón junto al desconocido que aún olía a basura, pero se puso de pie, le quitó el saco de lana y la bufanda y los arrojó a la lavadora. Le quitó los zapatos y las medias; sus pies estaban congelados, así que encendió la calefacción.
Con un algodón limpiaba la sangre de la nariz y lo pudo observar mejor. Parecía que solo lo habían golpeado en la nariz; tenía el cabello rubio, desordenado, sobre el rostro.
—Qué desastre —murmuró Reno.
El joven apenas abrió los ojos; parecía no enfocar nada. De repente, levantó una mano y le sujetó torpemente el cuello de la camisa, y acortó la distancia que había entre ambos. Sus labios chocaron. No fue un simple roce, sino que se prolongó por un par de segundos. El corazón de Reno dio un vuelco y lo apartó con cuidado. El joven lo observó por un momento y, esta vez, cayó dormido.

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