El otro Vaden
Siempre he pensado que mis sueños son demasiado grandes para alguien como yo. Tengo dieciséis años y, mientras muchas personas de mi edad todavía intentan descubrir qué quieren hacer con su vida, yo ya imaginé algo que parece imposible: tener mi propia editorial.
Mi nombre es Vaden y soy un joven autor. Todavía me resulta extraño decirlo, porque la palabra “autor” parece pertenecer a personas con años de experiencia, con grandes reconocimientos y con historias que todo el mundo conoce. Yo, en cambio, solo tengo un montón de ideas guardadas en cuadernos, personajes que nacieron de mi imaginación y una esperanza que a veces parece demasiado ambiciosa.
Quiero crear un lugar donde las historias puedan encontrar una segunda vida. Una editorial donde no solo importen los nombres conocidos, sino también aquellas personas que tienen algo que contar y que quizá nunca han tenido la oportunidad de ser escuchadas.
Aunque también debo admitir algo: tener sueños tan grandes puede ser agotador. Hay días en los que pienso demasiado en mi futuro y me pregunto si realmente voy a conseguir todo aquello que imagino. Me preocupa fracasar, descubrir que mis historias nunca llegarán a nadie o que algún día todo el esfuerzo que puse en ellas simplemente desaparecerá.
Tal vez por eso escribo tanto. Porque mientras una historia siga existiendo en alguna parte, aunque sea dentro de un viejo cuaderno en mi habitación, siento que una parte de mí también permanece.
Nunca pensé que escribir una historia pudiera cambiar mi vida. Mucho menos imaginé que una de ellas terminaría encontrándome a mí.
Siempre he sido una persona difícil de entender para los demás. No porque quisiera alejarme de todos, sino porque desde pequeño sentía que mi mente estaba en lugares donde nadie más podía entrar.
Mientras otros buscaban pasar el tiempo saliendo o hablando de cosas simples, yo encontraba tranquilidad en mis propios pensamientos. Me gustaba observar, imaginar y crear historias sobre mundos que no existían.
Tal vez por eso nunca me sentí completamente conectado con el lugar donde estaba.
No odiaba mi vida, pero había momentos en los que sentía que algo faltaba. Como si existiera una versión diferente de mí en algún otro lugar, viviendo una historia que todavía no conocía.
Así que ya tenía claro que quería convertirme en autor y algún día crear mi propia editorial. Era un sueño enorme, quizá demasiado grande para alguien de mi edad, pero era lo único que realmente sentía mío. Crear historias y llegar a lectores que son como yo.
Sin embargo, mientras más escribía sobre otros mundos, más comenzó a crecer una pregunta dentro de mí:
¿Y si esos mundos no fueran solamente imaginación?
Al principio parecía una idea absurda. Una de esas preguntas que aparecen cuando alguien piensa demasiado durante la noche. Pero comencé a investigar sobre teorías de universos paralelos, dimensiones alternativas y la posibilidad de que existieran realidades distintas a la nuestra.
No buscaba una respuesta científica exacta. Lo que me atraía era la posibilidad de que la realidad fuera mucho más grande de lo que nuestros sentidos podían percibir.
Esa curiosidad empezó como un simple interés.
Sin saberlo, estaba acercándome a algo que cambiaría mi vida para siempre.
Durante las noches solía quedarme despierto hasta tarde. Era el momento del día donde sentía que realmente podía ser yo mismo. Sin ruido, sin personas intentando entenderme, sin tener que fingir que todo estaba bien.
Una de esas noches, mientras buscaba nuevas ideas para escribir, terminé viendo un documental sobre teorías relacionadas con los universos paralelos y la posibilidad de que existieran otras realidades más allá de la nuestra.
Al principio lo vi como cualquier otro tema interesante. Algo que podía alimentar mi imaginación para crear una nueva historia. Después de todo, siempre me habían atraído los mundos desconocidos, los lugares que existían más allá de lo que nuestros ojos podían observar.
Pero conforme avanzaba el documental, algo dentro de mí comenzó a cambiar.
La idea de que pudiera existir otra versión de la realidad dejó de parecerme solamente una teoría. Comencé a preguntarme cómo sería vivir en un lugar completamente diferente, conocer personas que jamás habían visto nuestro mundo y descubrir si realmente estábamos limitados a una sola existencia.
Esa misma noche encontré un podcast donde varias personas hablaban sobre experiencias relacionadas con viajes interdimensionales. Algunas historias parecían imposibles, otras simplemente extrañas, pero todas tenían algo en común: la sensación de que había algo más allá de lo que conocíamos.
Yo no sabía si creerlo.
Probablemente una parte de mí pensaba que era absurdo.
Pero otra parte quería descubrirlo.
Durante los siguientes meses empecé a investigar todo lo que encontraba. Leía teorías, escuchaba testimonios y buscaba cualquier explicación que pudiera acercarme a una respuesta.
Intenté diferentes métodos. Algunos eran completamente ridículos cuando los veía después, pero en ese momento cada intento representaba una posibilidad.
Y todos fallaron.
Una noche tras otra volvía a despertar en mi habitación, exactamente en el mismo lugar donde había comenzado.
Llegó un punto donde pensé que quizá solo estaba persiguiendo una idea imposible.
Pero seguí intentando.
Porque había algo dentro de mí que no aceptaba la idea de que nuestra realidad fuera todo lo que existía.
Durante meses empecé a intentarlo. Inventé métodos, creé teorías y busqué cualquier posibilidad que pudiera acercarme a aquello que parecía imposible.
La mayoría de mis intentos terminaban en fracaso, pero había algo que me mantenía insistiendo: los sueños.
Con el tiempo comencé a tener sueños lúcidos donde estaba en otros lugares, en realidades que parecían completamente diferentes a la mía. Lo extraño era que no se sentían como simples sueños. Eran demasiado detallados, demasiado reales. Podía sentir el ambiente, escuchar las voces de las personas e incluso recordar cada pequeño detalle cuando despertaba.
Había momentos en los que era imposible distinguir dónde terminaba el sueño y dónde comenzaba la realidad.
Y, aunque nunca lo admití completamente, esos momentos me hacían feliz.
Porque cada vez que intentaba viajar, siempre tenía el mismo destino en mente: una dimensión donde mi mayor sueño ya se había cumplido.
Una realidad donde mis historias habían encontrado a miles de personas. Donde tenía lectores que esperaban cada nuevo libro, seguidores que conocían mi nombre y una editorial dedicada a aquello que siempre me había fascinado: los misterios, lo desconocido y el mundo paranormal.
Era la vida que siempre había imaginado.
Solo que aun no existía en mi realidad.
En esos sueños comencé a llevar conmigo mis propias historias. Los libros que escribía en mi mundo los compartía en aquella dimensión o los volvía a crear desde cero, y cada vez ocurría algo más extraño: esas historias que para mí solo eran ideas guardadas en cuadernos se convertían en grandes éxitos.
Por primera vez podía ver lo que siempre había querido lograr.
Una prueba de que mis sueños podían convertirse en algo más.
Aunque todavía no sabía que, a veces, encontrar aquello que más deseas puede traer preguntas que nunca imaginaste responder.
Era bastante hermoso ver cómo las personas en esa dimensión apreciaban lo que hacía. Ver mensajes de lectores esperando mis próximos libros, personas hablando sobre mis historias y saber que algo que había nacido dentro de mi mente ahora significaba algo para otros.
Sin duda, era una de las mejores sensaciones que había experimentado.
Tal vez porque mi vida en el mundo real era completamente diferente.
No tenía demasiadas cosas que me distrajeran. No había grandes reuniones, salidas constantes ni momentos que cambiaran mi rutina. La mayor parte del tiempo estaba solo, acompañado únicamente por mis pensamientos, mis escritos y esas largas noches donde imaginaba cómo sería mi futuro.
Me gustaba imaginarme como alguien mayor, alguien que había logrado todo aquello que soñaba desde adolescente: un autor reconocido, dueño de una editorial elegante, rodeado de historias y con una vida construida a mi manera.
Incluso imaginaba compartir esa vida con alguien.
Durante mucho tiempo tuve una idea bastante clara de la persona que quería encontrar. No buscaba simplemente compañía; quería a alguien que pudiera comprender mi forma de ver el mundo. Alguien que amara la filosofía, la ciencia, las preguntas sin respuesta, las conversaciones profundas y esos momentos de tranquilidad donde dos personas pudieran sentirse acompañadas incluso estando en silencio.
Recuerdo que una vez tomé un cuaderno viejo y escribí con detalle cómo imaginaba a esa persona. Sus gustos, su forma de pensar, la manera en que quería sentirme a su lado. Era extraño, pero escribirlo me hacía sentir que algún día podía existir.
En cierta forma, imaginarlo era una manera de acercarme a esa vida que todavía no tenía.
Sin embargo, había algo curioso sobre aquella dimensión a la que siempre intentaba llegar.
A pesar de tener todo lo que había soñado, nunca aparecía una pareja en ella.
Era reconocido, tenía una editorial enorme, vivía rodeado de lujos y había convertido mi pasión en mi profesión. Era una persona seria, dedicada y completamente enfocada en su trabajo.
Pero seguía estando solo.
Y aunque aquella versión de mí parecía tenerlo todo, había una pequeña parte que seguía sintiendo un vacío que ni todos los libros publicados ni todo el reconocimiento podían llenar.
Seguía intentando llegar a esa dimensión.
El día que finalmente ocurrió, no fue diferente a los demás.
Esa fue la parte más extraña.
Después de tantos meses intentando encontrar una forma de llegar a otra realidad, imaginé que, si algún día lo lograba, sentiría algo especial. Pensé que habría una señal, algo que me avisara que estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.
Pero no ocurrió nada de eso.
Solo fue una noche más.
Me acosté como siempre, con la misma habitación, los mismos pensamientos y la misma duda que me había acompañado durante meses: si realmente existían otros mundos o si solamente estaba intentando encontrar una respuesta a algo que quizá nunca la tendría.
Cerré los ojos esperando otro sueño lúcido.
Otro intento.
Otra ilusión.
Pero cuando desperté, algo se sentía diferente.
Durante unos segundos no abrí los ojos. Me quedé quieto, intentando reconocer los sonidos a mi alrededor. Esperaba escuchar mi habitación, el ruido habitual de mi casa o cualquier cosa que me confirmara que seguía en mi realidad.
Pero no escuché nada conocido.
El aire era diferente.
La temperatura era diferente.
Incluso la sensación de estar acostado no era la misma.
Abrí los ojos lentamente.
Y por primera vez en mi vida, no estaba soñando.
Me quedé observando el lugar donde estaba. Mi mente intentaba encontrar una explicación lógica, cualquier respuesta que pudiera devolverme la tranquilidad.
Quizá era un sueño demasiado real.
Eso era lo más sencillo de aceptar.
Porque admitir la otra posibilidad significaba aceptar que todos esos meses de intentos, teorías y fracasos habían servido para algo.
Significaba aceptar que realmente había encontrado una forma de ir a otro mundo.
Me levanté lentamente y observé cada detalle a mi alrededor. Todo parecía pertenecer a una realidad diferente, pero al mismo tiempo había algo familiar en ella.
Era exactamente como la había imaginado durante meses.
La ciudad, las personas, el ambiente...
Era la dimensión que siempre había buscado.
La realidad donde mis sueños parecían haberse cumplido.
Pero había un pequeño detalle que no podía ignorar.
Por primera vez, no había despertado.
Y por primera vez, no podía regresar.
La habitación en la que desperté era exactamente como la había imaginado.
Durante unos segundos pensé que mi mente estaba jugando conmigo. Que quizá seguía dentro de uno de esos sueños lúcidos que había tenido tantas veces, pero había algo diferente. Esta vez todo se sentía demasiado real.
La habitación era elegante, oscura y completamente de mi estilo. Las paredes negras, los detalles cuidados y la enorme cama con sábanas oscuras que parecían absorber la luz de la mañana hacían que aquel lugar pareciera sacado de una de mis propias ideas.
Era extraño.
Estaba en un sitio que parecía pertenecerme, pero al mismo tiempo jamás había estado ahí.
Me quedé unos momentos observando todo a mi alrededor hasta que algo llamó mi atención: la ventana.
Me acerqué lentamente y miré hacia afuera.
Un bosque.
Mi casa estaba rodeada por un bosque enorme, silencioso y apartado de todo. Era exactamente el tipo de lugar donde siempre había imaginado vivir: lejos del ruido, lejos de las personas, en un espacio donde pudiera escribir y perderme en mis propios pensamientos.
Pero entonces noté algo.
Esto no era una casa.
Era una mansión, en una dimensión totalmente diferente.
La emoción y el miedo aparecieron al mismo tiempo.
Sentí escalofríos recorrerme todo el cuerpo.
Había pasado meses intentando llegar a un lugar como ese, pero una parte de mí todavía esperaba despertar en cualquier momento.
Me levanté rápidamente y fui al baño.
Incluso ese lugar parecía pertenecer a la vida que había imaginado. Era elegante, amplio y mucho más lujoso de lo que estaba acostumbrado a ver.
Entonces levanté la mirada.
Y me vi en el espejo.
Durante unos segundos no pude decir nada.
La persona que estaba frente a mí era yo... pero también era alguien que nunca había sido.
Era la versión de mí que durante años había imaginado en mi mente.
Mi rostro tenía rasgos más definidos de los que recordaba. Mi mandíbula estaba marcada, mis facciones eran más maduras y mi mirada parecía diferente, más intensa. Mi cabello era negro, lacio y corto. Tenía un corte elegante. Mis ojos oscuros hacían que mi expresión pareciera mucho más seria.
Mi piel era clara, casi como porcelana, y mi cuerpo tenía la complexión que siempre había deseado: no exageradamente musculosa, pero sí fuerte, tonificada, con una apariencia que reflejaba seguridad.
Me quedé mirando mi reflejo intentando entender lo que estaba pasando.
No solamente había llegado a otra realidad...otra dimensión.
Había llegado a una donde incluso yo parecía haber sido diseñado según mis propios deseos.
Y eso, en lugar de tranquilizarme, me hizo preguntarme algo que nunca había considerado:
Si esta dimensión podía darme todo lo que siempre había querido...
¿Qué más había cambiado?
Todo aquello era demasiado extraño. Necesitaba comprobar si realmente estaba ahí o si mi mente había llevado los sueños lúcidos demasiado lejos, así que decidí meterme a bañar.
Mientras me quitaba la ropa, no podía dejar de mirar mi cuerpo. Seguía siendo difícil aceptar que aquella persona que veía frente a mí era yo. Era el cuerpo que durante tanto tiempo había imaginado tener, pero ahora podía verlo y sentirlo como algo completamente real. No sabía cómo reaccionar. Una parte de mí quería emocionarse y otra seguía esperando despertar en cualquier momento.
Abrí la ducha y dejé que el agua cayera sobre mí. El calor me ayudó un poco a tranquilizarme, aunque mi cabeza no dejaba de pensar en todo lo que estaba ocurriendo.
La casa era exageradamente lujosa. Todo parecía nuevo, perfectamente cuidado y elegido de acuerdo con mis gustos. Los materiales, los muebles, el baño, las paredes, incluso los productos que había sobre los estantes eran cosas que jamás habría podido permitirme en mi mundo.
Y entonces apareció otro problema.
No sabía cómo regresar.
Había pasado meses intentando llegar a aquella dimensión, pero nunca había pensado demasiado en lo que ocurriría si realmente lo conseguía. Siempre había supuesto que despertaría cuando quisiera, como sucedía con mis sueños lúcidos.
Pero esta vez no estaba soñando.
Por más que intentara convencerme de lo contrario, seguía sintiendo el agua sobre mi piel, el suelo bajo mis pies y el aire frío entrando por la ventana del baño.
Mientras me duchaba, comencé a pensar en algo todavía más extraño.
¿Qué pasaría si pudiera llevar todo esto conmigo?
No me refería a la casa ni a los objetos. Pensaba en la vida que tenía frente a mí.
Si había conseguido llegar hasta allí, quizá también podía descubrir cómo hacer que aquello existiera en mi verdadera realidad. Quizá podía aprender de aquella dimensión y encontrar una manera de conseguirlo todo en mi mundo.
Me quedé mirando las paredes del baño, observando cada detalle con atención. Los materiales, las texturas, la distribución, la forma en que estaba construido todo.
Entonces pensé:
“Esto ya es mío. Esto ya me pertenece en mi mundo y no solamente aquí.”
Tal vez era una idea absurda, pero en ese momento me pareció completamente lógica.
Si quería que mi vida cambiara, tenía que cambiar también la manera en la que pensaba.
Ya no podía comportarme como el mismo chico inseguro que había llegado hasta allí. En aquella dimensión, aparentemente tenía veinticuatro años, dirigía una editorial y vivía rodeado de lujos.
El problema era que, detrás de todo eso, seguía siendo yo.
Un chico de dieciséis años que no sabía absolutamente nada de manejar una empresa.
Eso me hizo reír un poco.
Había conseguido viajar a otra dimensión y lo primero que me preocupaba era que probablemente no supiera cómo dirigir mi propia editorial.
Mientras terminaba de bañarme, seguí observando todo a mi alrededor. Los productos que había en el baño, las marcas que nunca había podido comprar, los materiales del suelo, los muebles y hasta la comodidad de aquella ducha me parecían increíbles.
Era extraño encontrarme disfrutando de cosas tan pequeñas.
Cuando terminé, salí de la ducha y me envolví en una toalla. El aire estaba bastante frío y caminé descalzo por el suelo.
Entonces me detuve.
El piso estaba completamente limpio.
Ni una sola mota de polvo.
Puede parecer una tontería, pero para mí era increíble. En mi casa estaba acostumbrado a encontrar polvo en diferentes lugares, así que poder caminar descalzo sin preocuparme por ensuciarme los pies era una de esas pequeñas cosas que jamás habría imaginado valorar.
Salí del baño y comencé a buscar el vestidor.
Cuando lo encontré, no pude contener un grito de alegría.
Era enorme.
Había ropa perfectamente acomodada, zapatos, accesorios y una cantidad absurda de trajes. La mayoría eran negros, aunque también había prendas en tonos vino y otros colores oscuros.
Era exactamente mi estilo.
Nunca me había cansado del negro y, sinceramente, dudaba que algún día fuera a hacerlo.
Pasé por lo menos treinta minutos mirando mi ropa.
Me probé cuatro trajes diferentes y después intenté combinar un par de conjuntos que, sinceramente, no sabía muy bien cómo usar. Aun así, con aquel nuevo cuerpo todo parecía quedarme mejor de lo que esperaba.
Terminé optando por algo bastante sencillo, aunque seguía teniendo ese aspecto elegante que parecía caracterizarme en aquella dimensión.
Supongo que ser guapo tenía ciertos privilegios.
Me vestí completamente entusiasmado. Todo aquello seguía pareciendo un sueño.
Sin embargo, cuando terminé de arreglarme y me quedé frente al espejo, apareció nuevamente la misma pregunta que había estado intentando ignorar desde que desperté.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora?
No sabía si tenía trabajo.
No sabía cuál era mi rutina.
No sabía qué personas conocía.
Ni siquiera sabía qué día era.
Lo único que tenía claro era que, de alguna manera, aquella versión de mí ya había construido una vida.
Y si tenía una casa como aquella, tanta ropa, tantos lujos y una apariencia que parecía corresponder a alguien mucho mayor, entonces debía existir una explicación.
Probablemente ya tenía mi editorial.
El problema era que yo no tenía ni la más mínima idea de dónde estaba.
Cuando terminé de observarme en el espejo, pensé que quizá había una solución bastante sencilla a todo aquello. Si aquella versión de mí tenía una casa así, una editorial y una vida completamente construida, seguramente tendría algún ayudante, alguien que pudiera explicarme qué estaba pasando.
Con esa idea en mente, salí de mi habitación buscando la sala.
O, al menos, intentando encontrarla.
Apenas crucé la puerta, me quedé nuevamente sorprendido.
Todo era incluso más moderno que mi habitación. Me encontraba en un segundo piso y desde allí podía observar parte de la enorme mansión. Los muebles tenían diseños minimalistas y predominaban los tonos neutros, creando una combinación extrañamente elegante. Todo parecía haber sido colocado exactamente donde debía estar.
Mientras caminaba por el pasillo, algo llamó mi atención.
Justo al lado de mi habitación había una puerta perfectamente cerrada.
No sabía qué había detrás, pero sentí curiosidad.
Intenté abrirla y, para mi sorpresa, cedió con un pequeño golpe.
La habitación que encontré detrás era completamente diferente al resto de la casa.
Me quedé parado en la entrada.
Las paredes laterales estaban cubiertas por estantes de libros que llegaban prácticamente hasta el techo. Había libros de ciencia, marketing, filosofía, neurociencia, espiritualidad y temas que reconocí inmediatamente. Incluso había libros relacionados con el autismo, todos perfectamente acomodados por secciones, temas, colores y categorías.
Era exactamente como siempre había querido organizar una biblioteca.
Sin embargo, los libros relacionados con las ciencias espirituales ocupaban una parte enorme de la habitación. Había tantos que parecía que aquella versión de mí había dedicado años enteros a estudiar aquello.
Y entonces entendí algo.
Aquella habitación no era solamente una biblioteca.
Era una representación de mí mismo.
Al fondo había un escritorio completamente vacío. Sobre él solo había una libreta y una de esas antiguas plumas que se utilizan con tinta.
Nada más.
Era sencillo, pero extrañamente reconfortante.
Detrás del escritorio había un ventanal enorme cubierto parcialmente por unas cortinas negras que dejaban entrar muy poca luz. No había lámparas ni focos encendidos. En su lugar, varios candelabros sostenían velas que iluminaban tenuemente la habitación.
Era completamente innecesario.
Y precisamente por eso me encantaba.
Nunca me habían gustado demasiado las luces fuertes.
Cerca de la entrada había también una pequeña sala circular, parecida a esos espacios que uno encuentra en los bares más lujosos, con asientos alrededor de una mesa baja. Era una mezcla extraña entre antigüedad y elegancia moderna.
Me acerqué lentamente, observándolo todo.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero por primera vez desde que había despertado sentí algo diferente.
Tranquilidad.
Aquel lugar tenía una vibra distinta al resto de la casa.
Era silencioso, oscuro y estaba lleno de cosas que realmente me interesaban.
No tenía ninguna duda.
Ese lugar me pertenecía.
Cerré la puerta detrás de mí, decidido a no seguir explorando todavía.
Entonces escuché algo.
Un teléfono vibrando.
Me quedé completamente quieto.
El sonido venía de algún lugar de la casa.
Y por alguna razón, tuve la sensación de que aquella llamada podía explicarme muchas de las cosas que todavía no entendía.








