Capítulo 1-Silencio absoluto
Ariel tenía diecisiete años y una vida perfectamente organizada. Estudiaba violín todos los días con un único objetivo: ingresar al Conservatorio Allegro. Vivía solo en un pequeño departamento que sus padres le pagaban mientras preparaba su audición. Eran estrictos y rara vez estaban presentes, así que Ariel había aprendido a depender únicamente de su disciplina. La música clásica era prácticamente toda su vida.
Aquella tarde salió únicamente a comprar brea para su arco. Sin embargo, en un callejón que juraría no haber visto antes, encontró una pequeña tienda de antigüedades.
En el rincón más oscuro, encontré un extraño estuche hecho de madera petrificada. Al llevarlo al mostrador, el anciano dueño de la tienda simplemente lo miró a los ojos, empujó el estuche hacia él junto con un recipiente pequeño que contenía brea de muy buena calidad, y negó con la cabeza, dándole a entender que se lo llevara gratis. A Ariel se le erizó la piel ante la extraña y silenciosa actitud del hombre. Sin embargo, siendo alguien tan estructurado y correcto, sacó unos cuantos billetes, los dejó sobre la mesa y salió apresuradamente con el estuche bajo el brazo y su nueva brea.
Ya en la seguridad de su departamento, con el ruido constante del tráfico de la metrópolis de fondo, Ariel abrió el estuche. El violín no tenía un barniz brillante; su madera era oscura, similar a la obsidiana mate. Intrigado por la tensión perfecta de sus cuerdas, tomó su arco, lo pasó sobre la brecha, se acomodó el instrumento en el hombro y dio un tirón fuerte y decidido.La nota no solo sonó, sino que impactó en la realidad. En ese exacto segundo, el caos ruidoso de la ciudad desapareció por completo. Ariel sintió un vacío antinatural en sus oídos, un agujero negro de silencio sepulcral. Al levantar la vista, vio que una gota de agua del grifo había quedado suspendida en el aire. Las partículas de polvo flotan estáticas. El movimiento atómico a su alrededor se había congelado. No era música solista; el violín recordaba vidas pasadas y había invocado la misma Disonancia que paraliza la vida.
De repente, las paredes temblaron y una grieta en el suelo de su habitación se abrió y se vendió por sí sola tras un golpe violento. La fricción entre el tiempo detenido y la magia brutal de la tierra fue demasiada. Ariel sintió un fuerte mareo, su visión se nubló y, soltando el arco, cayó al suelo completamente desmayado mientras el tiempo y el ruido de la ciudad volvían a correr de golpe.
Ariel abrió los ojos lentamente. Lo primero que sintió fue el frío del piso contra la mejilla y un dolor punzante en la cabeza. El ruido incesante del tráfico de Ciudad Cadencia volvía a entrar por su ventana, constante y monótono. Se frotó la cabeza, desorientado, esperando ver la grieta en el piso que se había cerrado sola o la gota de agua suspendida en el aire. Pero la habitación estaba impecable. El agua corría normal por el grifo y el suelo no tenía ni un solo rasguño.
Se incorporó con pesadez y su mirada viajó de inmediato hacia su cama. Su corazón dio un vuelco, pero luego se detuvo por la confusión. Allí estaba. El violín de madera oscura descansaba perfectamente acomodado dentro de su estuche de madera. El arco estaba asegurado en su lugar, como si Ariel nunca lo hubiera sacado para tocar.
Su respiración se calmó. «Magia... el tiempo detenido... qué estupidez», pensó, pasándose una mano por el rostro. Su mente rígida y estructurada encontró rápidamente la respuesta lógica. Faltaban muy pocos días para su audición en el conservatorio. Llevaba semanas durmiendo poco, consumiendo demasiada cafeína y ensayando hasta que le dolían los dedos. El agotamiento finalmente le había pasado factura. No había invocado ningún agujero negro de silencio. Simplemente había sufrido una baja de presión y se había desmayado por el cansancio extremo. Y en los segundos que estuvo inconsciente, su cerebro sobre exigido había inventado toda esa alucinación.
Convencido de su propio diagnóstico, Ariel se puso de pie, caminó hacia la cama y cerró el estuche de piedra con un golpe seco. Decidió que lo mejor era dormir un par de horas antes de volver a practicar. Sin embargo, mientras se quitaba los zapatos para recostarse, su lógica perfecta ignoró un pequeño detalle que habría destrozado su teoría: atrapado en la suela de su bota, había un rastro de polvo brillante y cristalizado que no existía de forma natural en ninguna parte de la ciudad.



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