I. La Alameda

Santiago, 24 de abril de 1933.
Eran las 10 de la mañana y Francisco Bedoya estaba sentado en el Parque Inglés, frente a la Iglesia de San Francisco. Se encontraba realizando uno de sus pasatiempos favoritos: simplemente observar la vida cotidiana de la ciudad; ancianos alimentando palomas, gente apurada por llegar a su lugar de trabajo, los universitarios conversando de política en las calles, niños jugando y los buses góndola transportando a personas apiñadas de un lugar a otro. Francisco tenía su lugar favorito junto a una hermosa fuente cuyo sonido le transmitía una profunda serenidad. Además, le recordaba a su infancia, cuando solía girar trompos allí junto a sus amigos.
Hace poco había terminado de visitar la pastelería de su familia ubicada en la calle Dieciocho, casi llegando a la Alameda, frente al Palacio Iñiguez. Era una de las más populares del sector y la principal fuente de ingresos familiar. A pesar de los graves efectos de la crisis económica, la pastelería mantenía una fiel clientela. Su padre, Benjamín, atendía el local junto algunos empleados, amigos de la familia Bedoya. Francisco tenía su platillo favorito: té y kuchen de manzana. Después de ello, caminaba hacia el Parque Inglés, o si el calor era demasiado, lo hacía en tranvía. Allí preparaba su mente para trabajar con claridad en la tarde. Su labor como detective requería una gran fortaleza y frialdad mental. La última semana no había sido muy ajetreada, pero el domingo anterior recibió una carta en donde se le informaba sobre un llamativo asesinato de una joven en la Recoleta. El asesino dejó unos extraños símbolos rayados en la pared de la habitación donde ocurrió el crimen.
Francisco comenzó su carrera como detective en 1928. En un principio se dedicaba a crímenes comunes y lo hacía con gran eficacia, sin embargo, en mayo de 1929, logró resolver un caso ligado a brujería. En las faldas del cerro San Cristóbal fue encontrado el cadáver de un hombre que había sido sometido a un amarre amoroso y se autoinfligió una grave herida con puñal estando fuera de sí. Nadie creyó que esa fuera la causa, pero Francisco siempre tuvo una especial intuición para mirar más allá de lo lógico, nunca ignoraba una sola pista. Finalmente la evidencia le dio la razón y la perpetuadora fue arrestada, su hogar fue inspeccionado y se hallaron todo tipo de objetos ligados a la brujería. Poco después, Francisco fue contactado por una misteriosa agencia gubernamental especializada en la investigación de casos ligados con lo oculto. Al principio pensó que se trataba de una broma, pero resultó ser real. Sucede que Santiago siempre fue hogar de personas que decían tener contacto con el más allá. Brujas y excéntricas sectas existieron en la ciudad durante siglos, pero con la llegada de la modernidad éstos se adaptaron y continuaban haciendo el mismo daño de siempre. Para lidiar con esto, en 1925 fue creada la Agencia Estatal de Investigación Especializada (AEDIE), la cual centralizó a numerosas organizaciones dedicadas a tratar este tipo de casos. Públicamente era una simple agencia de inteligencia, pero sólo el gobierno y quienes la integraban conocían su verdadero propósito. Rápidamente, Francisco se convirtió en uno de sus más destacados detectives. Sólo sus hermanas Blanca y Piedad sabían a qué se dedicaba realmente. Su padre Benjamín y su hermano mayor, Manuel, imaginaban que tan solo era un simple detective. El objetivo de todo este secretismo era no alarmar a la población y que la sociedad funcionara sin ninguna clase de paranoia.
Francisco sacó del bolsillo interior de su chaqueta una libreta negra en la que solía anotar ideas, pistas o simplemente dibujar lo que observaba a su alrededor. Iba a comenzar a esbozar posibles teorías acerca del crimen cuando escuchó una voz familiar.
“¡Francisco!".
Era Elsa. Una joven con la que mantenía un peculiar romance desde febrero de ese mismo año cuando la conoció en el bar ‘El negro bueno’ ubicado cerca de Ahumada. Compartieron una agradable conversación y se mantuvieron en contacto.
“¡Elsa! Por fin apareció“, dijo él.
Ella lo observó sorprendida, “Mish, pero si es usted el que no me ha escrito cartas desde hace días”.
“¿Por qué siempre tan misteriosa? Extrañé bailar tango con usted este fin de semana”, respondió Francisco mientras la invitaba a sentarse a su lado. Elsa accedió.
Ella acomodó su elegante sombrero cloche rojo. “Lo sé y lo siento mucho... pero he estado muy ocupada. De hecho vine al centro sólo para comprar algunas cosas que necesito en el hogar. Además, una chica siempre tiene sus secretos. Nunca lo podrá resolver todo, detective Bedoya”. Elsa tampoco conocía la labor exacta de Francisco.
“Señorita Zabalegui ¿acaso no sabe que está hablando con el mejor detective de la capital?“, respondió él con tono juguetón.
Ella sonrió. “Pues si usted es el mejor me pregunto cómo serán los demás”. Ambos rieron.
Después de ponerse al día, caminaron juntos hacia Ahumada para comprar lo que Elsa andaba buscando y pasaron casi una hora entera paseando y coqueteando sutilmente.
“Francisco, este fin de semana estaré disponible para salir. Espéreme este viernes en el lugar de siempre, a la misma hora. Prometo que llegaré“, dijo Elsa.
“Está bien, confiaré en su palabra”, respondió él.
Tras despedirse con un abrazo y un suave beso en la mejilla, Elsa tomó el tranvía con dirección a Vicuña Mackenna. Se asomó por la ventanilla y movió su brazo mientras desaparecía en el horizonte. Francisco la observaba mientras sonreía de forma inconsciente. Elsa era una mujer muy peculiar. Él no sabía mucho sobre ella, dónde vivía o a qué se dedicaba. Elsa no compartía demasiada información sobre su vida privada, pero sentía una profunda atracción hacia ella. A pesar de que, en ocasiones, ella desaparecía durante días y volvía a aparecer como si nada, tal como ocurrió esa mañana. Sin embargo, esa chica le enseñó la faceta aventurezca y bohemia de Santiago. Le encantaba su energía, espontaneidad y despreocupación. No se afanaba en resolver el aura de misterio que la envolvía. No era una clase de misterio inquietante, sino uno que no era necesario desvelar pues la hacía más atractiva.
Lo único malo de encontrarse con Elsa era que Francisco perdía su concentración. No pudo volver a elaborar teorías sobre el crimen, además, ya era hora de almorzar por lo que decidió dirigirse a la Universidad de Chile para reunirse con su hermana Blanca. Desde que ingresó a estudiar leyes el año anterior, se volvió rutinario almorzar con ella en un delicatessen de dueños italianos que se encontraba en la calle Arturo Prat.
Blanca era una destacada estudiante, gracias al apoyo financiero de su abuela materna pudo cumplir su sueño de ingresar a la universidad. Ella sabía que era un auténtico privilegio y pocas mujeres podían alcanzar su posición, por lo que daba lo mejor de sí en sus estudios. Francisco llegó un poco antes del horario de salida de Blanca, por lo cual compró el periódico y se sentó a leerlo frente a la universidad. Sólo se hablaba de economía y desempleo, nada alentador. Con tantos presidentes que pasaron por La Moneda el año anterior, el futuro del país parecía incierto. Para un detective de su clase la ansiedad era aun peor, pues conocía amenazas invisibles. Irónicamente el ajetreo de la ciudad lo distraía de sus pensamientos negativos. En ese momento su hermana se asomó por la entrada principal de la universidad. La identificó de inmediato gracias a su característico traje de color verde inglés. Él no fue a recibirla porque tuvo un romance con una de las amigas de Blanca y las cosas no terminaron bien, no se podían ver ni en pintura. Se cubrió el rostro con el periódico.
Blanca se despidió de sus amigas y se dirigió donde estaba su hermano. Golpeó el periódico con su bolso.
“Oye, ya llegué“, dijo ella.
Francisco bajó el periódico y la miró seriamente. “Así veo”.
“Sabes, en algún momento debes hablar con ella. Es incómodo que deba separarme del grupo para reunirme contigo”, respondió Blanca.
Francisco hizo una mueca con la que dio a entender que no estaba seguro de ello. “No lo sé. No quiero añadir otra preocupación a mi vida. No después de la carta que recibí ayer”.
Blanca abrió sus ojos sorprendida. “Cuéntamelo todo”. Moría por saber más.
“Por mientras caminemos”. Francisco se puso de pie y se dirigieron al delicatessen italiano.
El interior del local era muy acogedor. Los dueños provenía de la región de Liguria y numerosos cuadros decoraban las paredes. Cada uno de ellos representaban pintorescas escenas de la costa italiana. Y para qué hablar del olor, una exquisita mezcla de pastas, albaca y salsa de tomate. Pero lo que más le gustaba a Francisco era la amabilidad de los dueños, don Giovanni y doña Alessandra. Ellos eran buenos amigos de su padre. De hecho, le ofrecían descuentos especiales a los miembros de la familia Bedoya.
“¡Niños! Ya los echábamos de menos”, dijo doña Alessandra al verlos entrar al local. Fue a recibirlos y les dio un cálido abrazo a ambos.
Doña Alessandra los dirigió hacia el lugar donde siempre se ubicaban, junto a la ventana. Una vez que se acomodaron, hicieron sus pedidos. Francisco ordenó pasta con salsa genovesa y Blanca fideos al pesto.
“Ahora cuéntame ¿Qué decía la carta?“, preguntó Blanca llena de ansias.
Francisco sonrió, “No tienes nada de paciencia, hermana. Debes trabajar en eso, el papá te lo ha dicho muchas veces y, como futura abogada, te servirá un montón”.
Ella le dio una patada por debajo de la mesa para que soltara la información de una buena vez.
“¡Oye, me dolió!“, dijo Francisco sobándose la tibia izquierda. “Está bien”. Francisco bajó la voz. “...como te conté, ayer recibí una carta de la agencia. Resulta que los vecinos de un conventillo ubicado en Recoleta se quejaron ante carabineros por un olor a podredumbre que emanaba de una habitación. Cuando la policía investigó el lugar se encontraron con una finada... la habían degollado y sacado los ojos”.
“Dios mío...“, exclamó Blanca haciendo la señal de la cruz.
“También habían unos extraños símbolos dibujados con sangre en la pared, al parecer tienen alguna relación con el ocultismo. Por eso se involucró la agencia. Debo ir a revisar el lugar, Gabriel Núñez me acompañará“, dijo Francisco.
Blanca comenzó a tocar su collar de plata. Hacía eso cuando estaba nerviosa o preocupada. “Francisco, el caso me dio escalofríos. Que bueno que irás con Gabriel, por lo que has contado en el pasado puedo deducir que es uno de los mejores agentes”.
Francisco notó la preocupación en la voz de su hermana. “Tranquila, tienes razón. Además, la escena está clausurada para civiles. Sólo efectivos policiales pueden ingresar. El cadáver ya está en manos del servicio médico legal, pero eso no es de mi incumbencia, otras personas lo examinarán”.
Para calmar los ánimos, ambos se tomaron un refresco y hablaron sobre el panorama cultural que ofrecía la capital. Ya eran pasadas las 3 pm y Francisco encaminó a su hermana hasta la Biblioteca Nacional. Allí, Blanca solía estudiar y leer hasta el atardecer. Por su parte, Francisco tomó el tranvía hasta La Moneda para ponerse manos a la obra con la investigación. Su jornada recién había comenzado.








