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El último invierno de los lobos

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Summary

Le negaron su libertad, su femineidad, su naturaleza. Pero su destino estaba escrito y nadie podría evitarlo. Liv no había nacido para estar encerrada en un castillo, tres corazones la llamaban sin saberlo desde el confín del mundo. Su vida iba a cambiar para siempre. Solo necesitaba valor.

Status
1d ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Pronto caería la noche. Sin embargo, Liv aún no había conseguido cobrarse una sola presa. Cada vez hacía más frío y se le empezaban a entumecer los dedos. Tensar la cuerda de su arco cada vez sería más doloroso, aún así, siguió esperando.

Paciente.

Todo en su vida había sido esperar. Esperar a que ocurriera algo especial, o emocionante, o simplemente algo que mereciera la pena ser vivido.

Hija única de un solitario padre sobreprotector, apenas había entablado relación con un par de hijos de las criadas. Siempre a espaldas de su padre, temerosa de recibir un castigo. No había tenido amigas en su infancia, solía vestir como un chico y llevar el pelo corto. Había recibido lo que se podría llamar "una educación de chicos". Aprendió ciencias e idiomas. Además su propio padre la enseñó a cazar, montar a caballo y luchar con espada.

Pero a partir de la pubertad todo cambió. Cuando su cuerpo empezó a mostrar formas de mujer, su padre se fue volviendo más y más estricto, llegando al momento en el que ni siquiera sus maestros tenian permitido acceder a la casa en la que vivían.

Un día, al cumplir los quince años, el hijo de la cocinera la acorraló en uno de los pasillos del servicio. Era un chico alegre y guapo, a Liv le gustaban sus bromas y la forma en la que se apartaba el cabello de la cara mientras le hablaba. Aquel día, mientras aquel chico le cortaba el paso con su irresistible sonrisa traviesa, Liv conoció un sentimiento que nunca había experimentado antes. Mientras el hijo de la cocinera se acercaba y le ceñía la cintura con sus manos, Liv sintió un calor que le abrasaba desde las mejillas hasta el vientre y los latidos de su corazón desbocado le retumbaban en los oídos. Cuando sus bocas se encontraron y Liv cerró los ojos, algo en su interior había cambiado para siempre. Liv se había convertido en una mujer.

Exploraron sus bocas con ansia, dejando que sus manos se deslizaran explorando sus jóvenes cuerpos, ahogando gemidos furtivos. Fue entonces cuando escuchó unos pasos al fondo del pasillo. Alguien les había descubierto. Entonces no lo sabía, pero aquel instante cambiaría su vida para siempre.

Un crujido interrumpió el hilo de sus pensamientos. Escondida entre la maleza se asomó brevemente para descubrir un bello ciervo que avanzaba confiado. Por fin, la espera tendría su recompensa.

Sin moverse más de lo estrictamente necesario tensó su arco, ya preparado con una flecha, respiró profundamente y se dispuso a disparar. Rápidamente salió de su escondite y disparó. Todo ocurrió demasiado deprisa. El ciervo ya no estaba. Había emprendido la huída justo antes de que Liv se moviera para disparar. Era imposible que se hubiera asustado por ella, debía haber una explicación.

Confundida, sacó una nueva flecha de su carcaj y volvió a tensar el arco. Preparada para disparar a un posible depredador empezó a girar lentamente sobre si misma. No conocía aquel bosque, apenas estaba familiarizada con la fauna de la zona. Podía encontrarse cualquier cosa.

Sin embargo, no fue un depredador lo que le acechaba.

O tal vez si.

El hombre que la contemplaba era un ser majestuoso. Era alto y musculoso, tenía el torso desnudo y la miraba con intensidad. Tenía el pelo negro y la piel bronceada, algo extraño en aquellas tierras, y unos ojos oscuros enmarcados por negras pestañas. Había algo inherentemente salvaje en ese hombre.

Liv no dejaba de apuntarlo con su arco, no porque pensara dispararle, sino porque estaba petrificada. El tiempo pareció detenerse y ninguno de los dos se movía. El desconocido tenía el rostro sereno, no se sentía en peligro. De repente, comenzó a caminar con paso seguro hacia ella. Liv no dejaba de apuntarle pero no fue capaz de disparar. Algo en su interior se lo impedía. Cuando el hombre llegó a donde estaba Liv, le agarró la muñeca con inesperada delicadeza, y le arrebató el arco. Con la otra mano le quitó la flecha de entre los dedos sin dejar de mirarla a los ojos.

Sus caras estaban a pocos centímetros de distancia. Su musculoso pecho emanaba calor. Un calor que parecía recorrer todo el cuerpo de Liv, que ya no sentía el frío de aquel bosque.

De repente otro crujido. El hechizo se rompió. Ambos giraron la cabeza para localizar el origen, Liv no pudo verlo. En cambio aprovechó la distracción para salir corriendo. Desarmada como estaba, era su mejor opción.

No sabía por qué corría, el desconocido no se había mostrado hostil. Sin embargo, siempre le habían enseñado a tener miedo de los extraños. A los hombres. Al deseo.

Pero su huída fue en vano. El hombre la agarró por la cintura y con sorprendente facilidad la inmovilizó echándose el cuerpo de su presa al hombro. Ella se resistió. Dió patadas al aire y torpes puñetazos que rebotaban en el musculoso cuerpo de su captor, que echó a andar con seguridad a través de un bosque cada vez más oscuro.

********

En la oscuridad, Liv perdió la noción del tiempo. Pensó en razonar con su captor mientras caminaba con ella a cuestas, pero no supo qué decirle. Su mente divagó por los múltiples escenarios posibles de lo que ocurriría a continuación.. Intentó prepararse para lo que le esperaba, pero la incertidumbre era demasiado grande.

Pensó que si ese hombre hubiera querido forzarla lo podría haber hecho en la soledad del bosque. Después pensó que tal vez quisiera torturarla o secuestrarla para abusar de ella siempre que quisiera. Todo lo que pensaba era demasiado horrible, por lo que decidió dedicar sus pensamientos a esperar alerta hasta encontrar la oportunidad de escapar.

Era noche cerrada cuando llegaron a una construcción de piedra. Liv no pudo ver la envergadura del edificio debido a la oscuridad y a su postura boca abajo colgada del hombro de ese hombre misterioso. Accedieron a lo que parecía una caballeriza tenuemente iluminada con antorchas y después recorrieron una serie de pasillos con grandes ventanas emplomadas por las que entraba la luz de la luna. A juzgar por el suelo (de lo poco que podía ver desde su posición), de marmoles de diferentes colores formando diseños geométricos, se trataba de un palacio o al menos una casa de alguien de alto rango.

El captor abrió por fin una puerta al final de un pasillo y accedieron a un salón iluminado por una gran chimenea. Entonces se desembarazó del cuerpo de Liv y la depositó cuidadosamente de pie en el suelo. Le dolían las costillas por el incómodo paseo pero recordó que debía concentrarse en escapar. El enorme hombre le dió la espalda y se encaminó a la chimenea, entonces Liv vió que durante todo el camino había traído su arco y las flechas en una mano. Los dejó en el suelo y siguió avanzando hacia la chimenea. Esa era su oportunidad.

Corrió a toda velocidad hacia el arco y se lanzó al suelo, rodó y acabó de rodillas empuñando el arco cargado. Sin pensarlo ni un segundo disparó a la enorme espalda de su secuestrador.

Sus ojos no dieron crédito de lo que sucedió a continuación. No pudo explicar cómo sucedió porque ocurrió demasiado rápido para verlo, pero tras disparar el arco, el hombre ya se había girado de medio lado y sujetaba la flecha en el aire.

No era posible. Nadie puede moverse tan rápido.

Una risa burlona surgió de uno de los sillones que se disponían en torno a la chimenea.

—¿Qué es lo que has traído esta vez Bram? Cuando me dijiste que salías de caza no pensé que te referías a esto...— Dijo el hombre del sillón

—Estaba en el bosque prohibido— Dijo su secuestrador, Bram.

Era la primera vez que hablaba en presencia de Liv y su voz le pareció que provenía del fondo de una sima. Sin embargo su tono era calmado, teniendo en cuenta que acababan de intentar matarlo.

—Pues casi te caza ella a tí.— El hombre del sillón se levantó—Eres muy valiente, y sin duda has despertado la curiosidad de mi hermano. Pero, ¿Por qué estabas en nuestro bosque?

Si Bram era el hombre más grande que Liv había visto nunca, el que ahora le miraba con una media sonrisa era el más guapo que había visto jamás. Tenía el pelo rubio y la mandíbula marcada. Unos dientes blancos que mostraba con una sonrisa pícara iluminaban su cara. Vestía con elegancia casaca y camisa, aunque ésta estaba medio desabrochada. Parece que habíamos interrumpido su momento de descanso.

—No...no soy de por aquí...—acertó a contestar. Parecía estupida ante esos dos imponentes hombres. Intentó serenarse —...quiero decir que no sabía que el bosque estuviera prohibido. Solo estaba cazando.

—Ya veo...—Ahora ambos estaban más cerca de ella y la miraban con atención. Su interlocutor la miró sin disimulo de arriba abajo. Liv sintió un escalofrío. La sonrisa de del hombre de la casaca se hizo más ancha. Era verdaderamente guapo.

—Disculpa nuestros modales. Este gigante es Bram. Yo me llamo Lysander...

—Dejad que me vaya— Interrumpió Liv—por favor. No volveré por aquí.

—No es tan fácil. Existen normas y tú las has violado. Pero si no tienes malas intenciones no debes tenernos miedo—Intervino Bram.

—Ja ja ja, sí...parecía aterrada cuando te disparó por la espalda. Verdaderamente eres una chica especial. ¿Podrías obsequiarnos con tu nombre?—La voz de Lysander era cálida como un una manta nueva.

—Me llamo Liv. Llevo dos años viajando sola desde el sur. Me gano la vida con mi trabajo y vendiendo lo que cazo. Nunca he buscado problemas.

Una enorme puerta al fondo se abrió con un estruendo. Liv calló inmediatamente. Entró un tercer hombre con un abrigo de pieles. Se distinguieron sus rasgos al acercase a la zona iluminada por la chimenea. Era alto y fuerte aunque no tanto como Bram, la fuerte mandíbula estaba cubierta de una barba incipiente. Todo en él desprendía magnetismo. Apenas posó un segundo sus ojos sobre Liv, pero ella sintió como si su corazón se saltara un latido. ¿Que demonios le pasaba? Estaba cautiva en un lugar desconocido y ella no hacía más que pensar en lo atractivos que eran esos hombres.

Una sola mirada bastó para que los demás se explicasen.

—La encontré cazando en el bosque-

—Y la trajiste aquí

—Debió pensar que falta demasiado para el solsticio- dijo Lysander entre risas.

—No es eso—Bram parecía ofendido.

El tercer hombre se giró hacia Liv

—Lo sé— Se quitó el abrigo y lo dejó en un sillón. Se quedó en mangas de camisa. Como Lysander, la llevaba desabrochada mostrando unos pectorales fuertes y algo de vello castaño.

Se acercó observándola con detenimiento. Siguió avanzando hasta que se quedó a pocos centímetros de ella. Su olor era embriagador, olía a madera y a tormenta. Sus ojos eran verdes y brillaban con inteligencia. Y había algo más en ellos que Liv aún no podía descifrar.

Miró a sus dos compañeros. Parecían estar comunicándose sin palabras. El tercer hombre asintió levemente como para sí y comenzó a desnudar a Liv.

Liv temblaba pero no se resistió. Quería gritar, quería defenderse. Pero se encontraba sometida a aquellos ojos verdes. Había una especie de fuerza invisible que le anulaba la voluntad. Se sintió a merced de ese hombre que la miraba como si fuera un objeto frágil y peligroso. Su dominación no se basaba en la fuerza, era algo extraño y poderoso que Liv nunca había sentido. Y aunque no fuera así ¿Qué otra opción tenía?

Lo hizo de manera metódica, sin prisa. Empezó a desanudarle la chaqueta corta de cuero que llevaba sujeta con un cordón. Desabrochó y le bajó los pantalones y la sujetó de la mano para ayudarla a quitarselos. Por último le sacó la fina camisola por la cabeza dejándola completamente desnuda. Ella no trató de cubrirse.

El hombre lanzó un leve suspiro observándola. A Liv iba a estallarle el corazón. Sentía una profunda excitación al estar desnuda frente a esos tres desconocidos. Se preguntó si ellos lo notarían. Se preguntó también si ellos sentían lo mismo.

Bram y Lysander también se acercaron. Ya no había espacio para bromas. Los tres estaban muy serios y estudiaban en la distancia cada centímetro del cuerpo de la chica. El tercer hombre, levantó la mano, le recogió el cabello tras la oreja y apartó con cuidado la melena que le caía por la espalda colocándola sobre un hombro. Lysander y Bram caminaron en torno a ella como lobos antes de atacar.

—No tiene la marca— dijo Bram.

—Te quedarás con nosotros —dijo el hombre.


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