Prólogo
Jeremy
El aire en el campamento siempre olía a pino seco. Afuera había empezado a lloviznar. El silencio en la cabaña era absoluto, pero no estaba vacío; lo sostenía el leve repiqueteo contra las ventanas. Eso me dio paz. Contrastaba con el ruido que los demás hacían horas antes. Lo prefería así: el momento justo en que las luces se apagaban y dejaba de ser el hijo del pastor Mark para ser solo un cuerpo ocupando una litera. Prefería estar aquí antes que en cualquier otro lugar.
Pero el silencio no duró para siempre. El tenue sonido de la paz se rompió. La puerta de la cabaña se abrió con un golpe sordo. Una ráfaga de viento frío se coló en el interior. No fue el monitor; era Theo. Era solo un chico, pero la luz de la pantalla del celular que sostenía contra su pecho lo hacía parecer un fantasma aterrorizado. Se acercó a la cama de Kevin y el peso de su angustia pareció hundir el suelo de madera.
—Kevin... —susurró Theo con la voz rota—. Es Abby. Está en el teléfono.
Me quedé inmóvil. Contuve la respiración. Los demás chicos en la habitación dormían profundamente, ajenos al drama que se desataba a pocos metros. Kevin se incorporó de un salto; había algo en la urgencia de su hermano que no admitía preguntas. Me sentí como un intruso, un espectador no invitado en una tragedia privada.
—¿Qué pasa? —La voz de Kevin era ronca, cargada de ese instinto protector que siempre me había intimidado un poco.
No escuché lo que Abby decía al otro lado, pero vi el efecto. Vi cómo los hombros de Kevin se tensaron hasta parecer de piedra. Vi cómo su mano temblaba mientras sostenía el teléfono contra su oreja.
—¿La drogaron? —soltó Kevin en un siseo que cortó el aire como un cuchillo—. ¿En una fiesta? ¿Dónde está papá?
En ese instante, el nombre de Bethany flotó en la oscuridad de la cabaña. Era la hermana de Kevin. No éramos cercanos, pero la recordaba perfectamente.
Mi lugar siempre fue la última fila, detrás de la consola de sonido o del lente de la cámara. Era el sitio perfecto: me permitía ser útil para la iglesia y, al mismo tiempo, invisible para la gente. Nadie te pide que pases al frente a dar un testimonio si tienes los dedos ocupados ajustando los niveles de los micrófonos, tomando fotografías o vigilando que el proyector no falle.
Desde ahí, mi vista siempre terminaba en las últimas filas de sillas, donde se sentaba ella. Bethany siempre parecía estar contando los segundos para poder irse.
Escuchar lo que le había pasado me provocó un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con la cena del campamento. Sentí una punzada de culpabilidad.
Kevin se pasó una mano por la cara, desesperado, mirando a la nada.
—No le digas a nadie, Theo —advirtió Kevin, y su mirada se desvió un segundo hacia mi litera.
Cerré los ojos con fuerza, fingiendo que el sueño me había ganado, pero ya era tarde. El secreto se había instalado en la habitación. Bethany, la hija del Pastor Lucas, ya no era solo la hermana de mi amigo. Ahora era el resultado de lo que el hermetismo le hace a las personas.
¿Tendría yo algo de culpa? Fui testigo de su soledad desde mi propio rincón pero nunca hice nada. Fui parte de ese silencio cómodo de la iglesia, de los que solo asienten y siguen con su trabajo. Pude haber sido su amigo, pude haberme acercado al terminar el servicio y decirle un simple "hola", pero preferí quedarme detrás de los cables y las luces, observando cómo se marchaba rápido en cuanto decían el "amén" final.
Y mientras Kevin sollozaba en silencio bajo las mantas, yo me quedé mirando el techo, preguntándome cómo alguien tan pequeña podía cargar con un mundo que se empeñaba en aplastarla.
Semanas más tarde, Kevin me pidió lo imposible. Quería que me acercara a ella, que intentara "conectar", como si yo tuviera algún talento especial para restaurar a la gente.
No entendí por qué me lo pedía a mí, como si yo realmente pudiera marcar una diferencia o tuviera las palabras que quizás él no encontraba. Pero entonces recordé todas las veces que la tuve a un par de metros en la iglesia y preferí ignorarla; recordé mi propio silencio.
Así que acepté.
No hubo una gran reflexión ni un plan para salvarla.
Simplemente dije que sí porque, al final del día, no sé decir que no.
Que Dios me ayude.








